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El Blog de Noé Vázquez

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Joyce, Piglia y el lenguaje




Por: Noé Vázquez.

Somos una mera cuestión de probabilidad, un resultado de ciertas permutaciones, de ciertas matemáticas, la Humanidad es un milagro, una feliz conjunción. También podemos decir que todo libro es posible, solo hay que darle su tiempo y su espacio. Pensando en probabilidades descubrí una enunciación muy conocida respecto a esto que viene del «teorema del mono infinito» planteado por primera vez por Bórel-Cantelli, en este se afirma que un mono inmortal tecleando un máquina de escribir por un tiempo infinito podría producir finalmente cualquier texto dado, la probabilidad es mínima, claro está, pero decir que algo es muy poco probable equivale un poco a decir que algo (como teclear Hamlet) es extremadamente improbable y aun así, es más improbable que las leyes de la estadística sean violadas.

Creo que todos hemos visto repetida esa idea, la de producir una obra punto por punto, palabra por palabra, coma por coma, también en Borges (sí, una vez más), en Pierre Menard autor del Quijote (Ficciones, 1944), el personaje principal logra escribir letra por letra esa obra cervantina como resultado de una investigación filosófica. He leído ese texto borgeano una y otra vez sin agotarlo, en él, la reescritura del Quijote será el resultado de esa investigación, perdiendo las etapas intermedias, que para un filósofo tradicional viene a ser una serie de volúmenes en la que se relata el proceso. En La biblioteca de Babel, la existencia de un libro está relacionada con el mero arte combinatorio, con la enunciación automática de su posibilidad: ahí, en esos tomos se encontrará en todos los idiomas nuestra historia personal y la historia del cosmos, «la relación verídica de tu muerte» (La biblioteca de Babel). Si todo libro es posible, también se nos enseña que todo lenguaje es convencional y, como afirma Roland Barthes, que toda palabra es catalizable con el contexto en el que se desenvuelve. Cada palabra es signo y garabato, conocimiento y caos a un tiempo. Todo lenguaje es invención de los interlocutores, en su intercambio de códigos, en la semántica, en el momento de la escritura o del habla. Borges, en La biblioteca de Babel parece advertirlo de súbito y hace la siguiente pregunta:

«Tú que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?»

Como todo libro es posible, la biblioteca babélica engendra el cuento borgeano que leemos, las novelas de Ricardo Piglia, el Ulises de Joyce, el texto que escribo en este momento, una sucesión de signos sin ningún significado, la misma sucesión de signos entendidos en un lenguaje (y luego en otro, y en otro), todo lo mencionado arriba convertido en un simple mamotreto escrito en una lengua aun desconocida, los mismos textos mencionados que refieren una historia terrible e indeseable para mencionar, lo enumerado que refiere una historia feliz y agradable, lo desconocido de lo desconocido de estas líneas…

Decidí mencionar a Piglia porque él sabe algo de esto, en La ciudad ausente (1992), se advierte una serie de reflexiones sobre el lenguaje, esto me hizo recapacitar sobre la obra joyceana y su importancia en la literatura contemporánea, en esta novela, Piglia hace aparecer como un guiño de ojo, el nombre de la hija alienada de James Joyce por medio una leyenda en un muro: «Viva Lucía Joyce»; como yo espero que muchos sepan, la hija de Joyce padecía de esquizofrenia, las etapas de su enfermedad parecen haberse petrificado en la imaginación de Piglia, y como algunos dicen, en los arrebatos verbales del Ulises. En el arte novelístico de Piglia la ciudad de Buenos Aires es engendrada en la telaraña de un sueño de palabras dichas por una máquina que habla, que trama sus historias en competencia y antagonismo con las verdades y las ficciones de un Estado totalitario, una Sherezada mecánica inventada por Macedonio Fernández para perpetuar a su esposa muerta Elena Obieta, o Elena Bellamuerte. La narradora es una simple metáfora de nuestra realidad: un conjunto de ruidos, de señas, de lenguajes, una Babel confusa que pierde a sus habitantes en el delirio. Parece que todo es lenguaje, lo que se expresa en espacios, en sonidos, en formas, en la misma ciudad que habitamos, en los pormenores de nuestra civilización. La hija de Joyce que aparece como un grafiti en esa ciudad dickiana y caótica refiere y refleja la confusión que heredamos; Joyce sobrevive en su obra, trata de ordenar el caos del lenguaje; su hija se ahoga en un delirio de palabras. El hilo conductor de la esquizofrenia verbal es retomado por Piglia, quien funde y asocia esta locura con sus propias mitologías, pensemos por ejemplo, en el cuento La loca y el relato del crimen que aparece en su colección de relatos Prisión perpetua (1988), historia que está basada en la comprensión de la psicosis del lenguaje para la resolución de una investigación criminal.

En La ciudad ausente, una de las premisas es que la palabra y las historias tramadas pueden engendrar la realidad. Lo que conocemos como «realidad» es una construcción muchas veces creada por los medios de comunicación, se privilegia la percepción o la apariencia de las cosas sobre la «verdad» o «realidad verdadera» de una serie de eventos. El universo engendrado es verbal, como en la misma premisa de Wittgenstein para quien se delimitan los alcances de nuestra percepción de lo real con los marcos de los límites de nuestro pensamiento expresado en palabras, la relación del lenguaje con la realidad alcanza niveles de intimidad que también son expresados en Joyce, pero el lenguaje tiene sus límites. Una premisa muy básica sobre la lógica es que la mayor parte de las cosas que sabemos sobre el mundo provienen de testimonios humanos, y esta relación con la realidad proviene del discurso. Así, para Wittgenstein, el lenguaje es mundo y de alguna manera «estamos en el lenguaje», el lenguaje nos consiste en la medida en que reflexionamos sobre las cosas que nos rodean. Esa carga privada y condensada que tienen las palabras en su significación es parte de la técnica de Joyce y que Piglia reconoce al atribuir al lenguaje el carácter de personalidad y paisaje en su narrativa. Alguien alguna vez mencionó que las «etimologías son el psicoanálisis de las palabras», digamos que su historia privada, Joyce llevará las palabras al diván para que cuenten sus relatos.

Reflexionando sobre esto, la lengua hablada, escrita, inventada, entrecruzada es la seña de nuestro paso por la cultura, celebra en su intercambio la universalidad de lo que somos, relación de hechos de nuestro diálogo con el pasado, las palabras traen en sí mismas la impronta de sus viajes, de sus arduos peregrinajes, de los países visitados, y todo esto pretende converger en un solo día, el 16 de junio de 1904, el día al que se refiere la novela de James Joyce, Ulises. Esta novela, notable por su extensión, refiere una conjunción que trata de agotar los pormenores del sueño de la palabra escrita y hablada en la cultura de ese momento. Estamos en Dublín, que por el momento será el centro del universo. Ese día, Leopold Bloom, pasará por ese sendero que nos refleja a todos: el arte, la evolución del lenguaje; la narración de su desplazamiento por la ciudad será la fotografía del mundo en ese momento convertido en palabra. Ulises revela una intención de saqueo y acopio de la tradición, y también, una necesidad de recuperación. Joyce hace eco de la premisa de que el arte puede y debe reflejarlo todo sin limitaciones, sin ser morboso. En esta obra vemos el lenguaje como urgencia de referir los pormenores del mundo en el tráfago de las personas y en el tumulto de la ciudad. En Ulises se condensa el universo lingüístico del inglés en sus distintos estilos y manifestaciones: poesía, formas arcaicas de la lengua, dramaturgia, lenguaje periodístico, lenguaje satírico, homenajes, plagios, chistes privados, ensayos, enumeraciones triviales, monólogos, textos filosóficos, pequeños tratados. Ulises es conjunción y confluencia, entrecruzamientos constantes. Según Dietrich Schwanitz, en su generoso libro sobre la importancia del saber cultural La cultura, lo que hay que saber (2002), «…Joyce quiere recordarnos que nuestra cultura es un país atravesado y bañado por dos ríos: uno de ellos nace en Israel, el otro en Grecia. Y los ríos son dos textos fundamentales que alimentan nuestra cultura con ricas historias…»

De esa forma, hay ríos que consagran la memoria. Hay malicia en los nombres,  Bloom es el verbo florecer, que se asocia con brotar, surgir, proliferar, abundar; pero también pienso en la raíz latina aperire de donde viene «abrir» que se relaciona con el brote de las flores en Europa y que la cultura latina lo ubica en la primavera. De esa manera, el lenguaje en Ulises florece, pero también, es correcto decir que se desborda en sus afluentes como en una crecida para ser un rumor que estalla en los oídos. Es nuestro ruido como civilización, como humanidad. Ulises actúa como un centro de gravedad o polo magnético. El monólogo de Molly Bloom, la permisiva esposa de Leopold, funciona en la estructura de la novela como un símbolo de la fecundidad y de la atracción: es Innana, Astarté, Afrodita, fertilidad e impulso en estado puro, automatismo que navega las aguas de un psiquismo inconsciente, la fuerza de la crecida que habrá de inundarlo todo para volver a florecer.

El ensayo de Edmund Wilson titulado James Joyce (1931) representa una de tantas maneras en la que la crítica puede lograr que el gran público se interese por una obra que está más allá de los prejuicios o de las trampas de la moralidad que la censuraron y provocaron cierta controversia luego de la aparición de la novela en Estados Unidos. Wilson explica la obra de Joyce, en lo particular, el Ulises, cuya estructura parece no tener un parangón en la literatura hecha anteriormente, o una referencia hacia la cual atenerse o dirigirse, descubre sus características que la vuelven innovadora, Wilson es una especie de «lector de muestra» (término que se lo debo al blog de Gerardo Lino), su nivel de lectura alcanza a descubrir el valor artístico de la obra, extrae la esencia de la misma para desprejuiciar a sus futuros lectores. Wilson nos demuestra que el crítico no necesariamente debe ser un censor especializado en descubrir fallos o erratas, o un erudito capaz de sepultar una obra en una interpretación ininteligible construida con una jerga especializada y sacada del ámbito de la lingüística que al simple curioso o lector común le parece soporífera. Si Ulises fue en su momento una impostura que inició la Edad del Caos, Wilson contribuyó a familiarizarnos con ella.



Lo que Wilson descubre en su ensayo con respecto a Joyce tiene un poco que ver con Piglia. Veamos, él reconoce esa «carga privada» que Joyce le otorga a las palabras, hay algo de onírico e inconsciente en ellas, se confunden con el sueño, se convulsionan sus significados y adquieren «otra realidad». Este elemento privado y psicológico de las palabras lo vemos también en La ciudad ausente, en ese universo onírico-dickiano-paranoide, Macedonio Fernández ayudará a inventar la máquina parlante con la premisa de omitir aquellas palabras cuya carga de significados refieran a la fallecida Elena Bellamuerte, ahí es donde descubre los llamados «nudos blancos», que son una especie de núcleos verbales, más tarde, a través de un universo de palabras, Macedonio buscará la forma de engendrar un mundo en donde exista la esposa desaparecida, revivirla con la pura fuerza del lenguaje; las palabras destruyen el mundo pero también, con sus variaciones, con sus permutaciones y combinaciones, es dable engendrarlo de nuevo. Sí, otra vez Borges, quien retoma el conocimiento de la cábala para revelarlo en sus cuentos. Hablar es reproducir la realidad, pero también, en el caso de Joyce, ir hacia el «psicoanálisis de las palabras» a través del lenguaje de los sueños. Para Wilson, Joyce se beneficia de Freud, reconoce la importancia de los estados oníricos del lenguaje y de las «palabras híbridas»:

«Nos hallamos bajo el nivel de los lenguajes específicos, en la región donde surgen todos los lenguajes y donde tienen su origen todos los impulsos motores de la acción»

En Ulises, esa necesidad de referir y nombrar condujo a Carl Gustav Jung a considerar la obra como un impulso «que lleva al lenguaje a los límites de la patología, de una especie de esquizofrenia verbal monstruosa» (¿Quién es Ulises?, 1932). En esta famosa carta, un poco estudio y ensayo, Jung habla de la obra de Joyce desde la molestia y el escepticismo, pasando al desconcierto, para culminar con una especie de vindicación crítica de la misma obra. Para Jung, Joyce es un «profeta negativo» y su obra, Ulises, es una novela que no dice nada, sino que más bien es «un objeto de arte que actúa, que incide». Jung también descubre en la obra un «alma colectiva» y un «yo voluminoso». Para Jung, Joyce es más «sinfónico que narrativo», hay un dejo de decepción en las palabras de su ensayo. Edmund Wilson, mucho más agudo en la percepción de la obra descubre sus misterios, afirma que lo que Joyce realiza (y aquí radica su cualidad de innovador) es traspasar técnicas del simbolismo: monólogos interiores en medio de escenas realistas. Es decir, el método joyceano será:

«…hacer de cada uno de los episodios una unidad independiente que mezclará las distintas series de elementos de cada cual – las mentes de los personajes, el lugar donde se hallan, el ambiente que los rodea, la sensación del momento del día–».

Los escenarios del Ulises son esa conjunción que funde psicología con paisaje a un nivel de intimidad no visto antes; otra cualidad por la que ha sido reconocido es la de asociar una especie de temporalidad interior con una suerte de tiempo psicológico. Se dice que esa técnica la había tomado del filósofo Henri Bergson, quien también influenció a Proust.

La obra de Ricardo Piglia de alguna manera recupera el legado de Joyce, lo hace constantemente en sus novelas y ensayos, aporta una interpretación que incluye la valoración del lenguaje como engendrador de realidades, como mecanismo de ficcionalización, de generador de utopías (basta decir un «te amo» a alguien y construimos un mundo). Lo vemos en esa serie de símbolos relacionados con La Isla del Lenguaje o la Isla del Finnegans, una de las ficciones engendradas aleatoriamente por la Sherezada mecánica de Macedonio. Como todo lenguaje es convencional, en esa Isla se hablan indistintamente varias lenguas, dependiendo del día, así, una declaración de amor dicha en un lenguaje, será una declaración de odio dicha en otro. La importancia de la novelística pigliana radica en su intento de hacer confluir tanto el estigma borgeano, como las formulaciones de Wittgenstein y el legado joyceano. Si el lenguaje puede mentir, para Piglia, la multiplicación del lenguaje y su convulsión creará una fisura que destronará el imperio de las ficciones del Estado, se desvanece la ilusión de lo real cimentado en la retórica del poder en turno. Si cada palabra ha sido algo distinto en el pasado o ha representado una realidad distinta, saberlo de alguna manera vulnera la presentaneidad que tenemos y padecemos al «consistir dentro del lenguaje».    


PARA SABER MÁS:

Barthes, Roland. El grado cero de la escritura. Ed. Alianza Editorial. Madrid. 2011.
Borges, Jorge Luis. Ficciones. Coll. El libro de bolsillo. Ed. Alianza Editorial. Madrid. 1982. 
Joyce, James. Ulises. Ed. Lumen. Barcelona. 1972.
Piglia, Ricardo. La ciudad ausente. Coll. Narrativas Hispánicas. Ed. Anagrama. 1992.
Piglia, Ricardo. Prisión perpetua. Editorial Sudamericana. Buenos Aires. 1988.
Schwanitz, Dietrich. La cultura, todo lo que hay que saber. Ed. Taurus. Madrid. 2002.
Wilson, Edmund. James Joyce. Penguin Random House. Grupo Editorial. España. 2003.

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viernes, 1 de julio de 2016

Las chambitas y los días. Borges en la biblioteca Miguel Cané.




Por: Noé Vázquez.

Todo empieza con alguien que conoce a alguien. El primo de un amigo, un conocido, un compadre, que no un compadrito, ya que ellos se cuecen aparte. Si te llamas Borges y quieres tener un empleo tal vez sea conveniente un amigo llamado Adolfo Bioy Casares y otro de nombre Francisco Luis Bernárdez, así con ello, Jorge Luis Borges tendrá un medio de subsistencia en la Biblioteca Pública Miguel Cané. Ciertos testimonios dicen que en su primer día se apresuró con el trabajo para terminarlo a tiempo. “Calma che Borges” —habrían de decirle—“Si seguís con ese ritmo de trabajo nos van a despedir a todos”. Borges se lo toma con paciencia. Ya habrá tiempo para todo.

Los días transcurren, anodinos, abyectos, todos iguales, no es posible diferenciarlos, los marca la monotonía, el hartazgo. Sus compañeros de trabajo lo detestan, alguien, cuyo nombre será preciso olvidar lo recordará por su soberbia. Están hartos de él, pero su repulsión les llegará hasta la desesperación en años posteriores. No faltará quien diga: “Estamos hartos de Borges”. Otros pensarán en él como un subalterno mediocre. Alguien más, dicen que fue “El Rufián” Bogdano, se sorprendió de ver escrito en alguna partida enciclopédica de la Espasa de 1931, la foto con su nombre: “Jorge Luis Borges, poeta y literato argentino”. ¿Será posible que existan dos personas el mismo nombre y que se parezcan tanto? Borges trata de aclararlo, no miente, "soy yo", habrá de decir. Desde luego, nadie le cree. Borges no dará después mucha luz sobre el asunto, no le interesa, sabe que eso no es importante. El mundo está lleno de incautos que como polillas se incrustan en la luz de la fama. Tal vez, uno de esos días se presentaron en la biblioteca sus amigas socialités, tan fifís, tan elegantes, tan upper class colmándolo de atenciones, de distinciones, señalándolo como uno de los suyos; después de todo, nadie escapa a un poco de esnobismo. Las empleadas de la biblioteca miran la escena, se cuestionan: “¿Quiénes son? Qué señoritas tan elegantes”, — pensarán ellas—. Tiene razón Proust cuando dice que el esnobismo es el aquel pecado sin remisión que mencionaba San Pablo.

El ambiente es sórdido, vulgar, hay intrigas, maledicencias, Borges se refugia en algún sitio apartado. Imagino sus tardes en esos años, sólo podemos suponer el flujo de su pensamiento que rescata algunos mitos como aquel en el que la creación es producto del caos y que sería la base de uno de sus cuentos más conocidos, cito una parte: “El Universo, algunos lo llaman biblioteca…”. Borges imagina argumentos, como en el Tema del traidor y del héroe donde cree que la imaginación justificará sus “tardes inútiles”. ¿Qué tan “inútiles” para la literatura argentina fueron esas tardes? El ambiente de esa “ilegible biblioteca de los arrabales del sur” que menciona en El Aleph, le dio a Borges la posibilidad de crear los momentos más fascinantes y memorables de la literatura latinoamericana. Borges, que imaginaba el Paraíso como la morada de una biblioteca no fue dichoso ahí, y es fácil adivinar por qué, para él, el ciudadano promedio no tenía más interés que el fútbol y los chistes soeces. Borges les reprocha en silencio su incuria, su falta de ambiciones culturales y espirituales. Pero hay buenos momentos, instantes de reflexión, de cavilaciones que no cesan. Borges piensa en un universo sin Dios, lo notamos en sus historias, lo concibe como ausencia, y también, como personaje. El empleado Borges se sabe ignorado, de alguna forma desairado, humillado por un trabajo para el que se siente sobrado. Casi ciego, con unas gafas estrambóticas, de fondo de botella, acerca la mirada a los textos como si quisiera entrar en la dimensión de sus páginas, la vista ya no da para más. Se conforma, no le gustan las quejas, las demostraciones demasiado efusivas, los exabruptos dramáticos, insiste en guardar siempre la compostura, la caballerosidad, el porte. Sabe de lo heroico que hubo en sus antepasados enterrados en el cementerio de La Recoleta. Parafraseando: no hay lágrimas no hay reproches. Borges se conforma: “Si el amor, la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otro, que el cielo exista aunque mi lugar sea el Infierno, que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que un instante, en un solo ser Tu enorme biblioteca se justifique”. La lotería de Babilonia, La muerte y la brújula, Las ruinas circulares son obras que surgieron en esas distracciones que Borges buscaba en su trabajo. Robando tiempo, aprovechando sus ocios de empleado municipal, sacando subrepticias notas mentales, llevándose textos a su casa. 

Veinte años no es nada, y nueve años son un día, un largo día que un día termina, vaya, un suspiro. Es el tiempo que Borges lleva ahí trabajando. Entonces Juan Domingo Perón sube al poder. En 1946, otro empleado cuyo nombre insistimos en desdeñar, lo acusó de ser un “un anglófilo liberal y un obtuso antinazi”. Borges quiere que lo saquen de ahí a patadas, lo desea desde el primer día. Trabajar es la opción que tomamos para sobrevivir, lo otro es saltar por la ventana, como quería Franz Kafka, empleado de una compañía de seguros, quiero acordarme, Assicurazioni Generali. Perón se lo concede: Borges llega cierto día, y como cualquier día se deja llevar por la gravitación de la rutina pero no lo dejan continuar: Acaba de recibir su nuevo nombramiento: “Inspector de gallinas y conejos del mercado municipal”. Borges declina. Las dictaduras carecen de imaginación, les falta sentido del humor, sus agravios son burdos, nos dicen mucho de quien los confiere, de su nulo sentido del humor, de su intolerancia. Los caminos de la humillación son extraños, tortuosos, intrincados. El gobierno peronista reflejaba esa monotonía que sólo saben dar las dictaduras, los que hablan de un Borges acomodaticio, o poco comprometido se equivocan. 

La Biblioteca Municipal sigue ahí, la mencionan en las guías de turista para que la gente llegue a ver el sitio en donde trabajó Borges, el gobierno hizo algunas remodelaciones para situar los momentos del escritor en cierto espacio. Dicen que en este lugar trabajó y le asignan un cubículo, ponen ahí una máquina de escribir que es casi una chatarra, colocan algunos textos para que se diga que el ahí “estuvo” el literato, claro, los empleados que lo conocieron saben que eso es falso, se trabajaba en toda la biblioteca, ordenando, catalogando, redactando fichas, localizando textos, qué se yo. Uno a uno llegan los dévots incautos que creen sentir la presencia borgeana en ese lugar, la han visitado escritores como Juan Villoro, Jorge Edwards. “Bonita la biblioteca”—podrán decir, casi con amabilidad. Ilegible, discreta diría yo, y no faltará algún vecino despistado que diga que lleva treinta años viviendo ahí y apenas descubrió que había una biblioteca más o menos importante. 

Los cuentos de Borges hablan de Borges leyendo, pocos sospechan que esas lecturas venían de un tiempo en que la revelación lo encontraba trabajando, de las epifanías que llegaban en un interludio del trabajo. Se escribe porque es inevitable, se escribe de cualquier forma, lo sabía Faulkner quien pudo haberlo hecho a la intemperie y en una carreta volteada; se escribe a como dé lugar, incluso sin la pluma en la mano mientras despachas gasolina como lo hacía Raymond Carver; o bien, como un oscuro contador público metido en la bóveda de algún complejo industrial de la Goodrich-Euskadi, como dicen, lo hizo Juan Rulfo, y otros dicen que era agente viajero, habrá que creerle a Arreola; y al escribir este nombre pienso a éste, el Arreola nuestro de cada día trabajando en una sucesión de roles y personalidades como un auténtico Frégoli de las chambas: vendedor ambulante, maestro de trigonometría —de la que no sabía nada, todo estaba en su memoria, dice él—, encuadernador, declamador ocasional, actor de radionovelas, corrector de pruebas, y lo de lo que me vaya acordando cuando abandone esta página; no nos detiene la necesidad de sobrevivir, Henry Miller en su trilogía Plexus, Nexus y Sexus refiere hasta el cansancio una sucesión de empleos ocasionales en los que nunca destacaba. No todos los escritores podían tener su “chambita”, otros eran tan inadaptados que difícilmente lograron encontrarla, todo se fue en trabajos informales, ocasionales, me refiero a H.P. Lovecraft, quien debido a su falta de adaptación al mundo que le rodeaba, vivió hasta el final de sus días frugalmente y murió con lo justo…

Volviendo a Borges, creo que fue una de sus amigas Silvina Ocampo quien, ante los apuros del escritor, que se había quedado sin su medio de subsistencia le mencionó: “Pero, un escritor de su categoría, estoy segura que se puede ganar la vida dando conferencias”. Así, Borges se convirtió en conferencista en algunas provincias argentinas y uruguayas, a pesar de su timidez, su tartamudez. “Anímese Borges, échese unas cañas y verá como todo se resuelve”— pudieron haberlo dicho—. Y aquí empieza la tradición del Borges oral, que para algunos, representa otra parte de su literatura. Para Borges, “cualquier hombre puede leer cualquier libro”, tal y como se menciona en La muerte y la brújula, no puede haber declaración más igualitaria acerca de la cercanía que nos propone el escritor con respecto a su obra; imposible sostener la idea de un Borges soberbio. Para nosotros, lo que un hombre puede hacer lo puede hacer otro. Creo que él lo hubiera dicho mejor: “Somos agradablemente, los otros”, por eso transmigramos e imaginamos las tardes en esa biblioteca de los arrabales del sur. 





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martes, 31 de mayo de 2016

A propósito de Bartlebly




Por: Noé Vázquez.

Partiendo de la idea expresada por Borges de que el cuento Bartleby, the Scrivener. A Story of Wall Street, prefigura a Kafka pensemos en algunos similitudes con los personajes kafkianos, entre lo absurdo y lo inverosímil de los personajes de Kafka nos encontramos con la profunda soledad de éstos, la casi ausencia de identidad, la reducción de su nombre a su mínima expresión, la ausencia de antecedentes de los mismos. El personaje kafkiano se presenta como venido de ninguna parte, su falta de antecedentes lo vuelve casi anónimo. Pero persisten, no se rinden, son una presencia que parece contraponerse a los escenarios absurdos que los rodean. K. nunca deja de buscar la forma de encontrarse con el Señor del Castillo, sitio donde ha sido contratado como agrimensor; Joseph K en El proceso jamás abandona la esperanza de encontrar alguna luz sobre el juicio que se le sigue. El personaje de Melville se presenta cierto día a la Oficina Legal donde habrá de laborar. El narrador nos advierte sobre lo innecesario de cualquier indagación sobre la vida del mismo, la información es exigua y poco veraz. Todo es “nebuloso rumor”, y ya la misma palabra “rumor” nos remite al ruido desde su raíz latina, que no es más que la imagen de la opacidad, de la bruma que hay en toda información que no puede ser apresada. Si algún día llegamos a saber algo sobre Bartleby, será by the graveyard. Melville se asegura de mantener siempre la ambigüedad de la historia, tal vez con el propósito de concebirla como una simple interrogante. 

Así, el amanuense Bartleby se presenta al narrador quien advierte las características del contratado: “Reveo esa figura: ¡pálidamente pulcra, lamentablemente decente, incurablemente desolada!”. Al fin y al cabo un individuo silencioso y casi etéreo que nos remite a cierto personaje de Dostoiesvsky, el príncipe Mishkin, de la novela El príncipe idiota, un joven que parece minimizarse y negarse hasta los niveles del absurdo, su condición parece reducirlo ante los demás y ser un simple objeto de las fuerzas que le rodean. Los personajes kafkianos contraponen su insignificancia a un mundo incomprensible e inefable gobernado por leyes oscuras. No es posible comunicarse directamente con el Señor del Castillo, al final se le dirá al futuro agrimensor que en realidad jamás buscaron tener un agrimensor ahí, lo cual sólo ahonda el misterio. Tampoco Joseph K logra comunicarse con los jueces anónimos y ocultos que dirigen su proceso. El personaje de Bartleby empieza a laborar como escribiente, al principio todo parece ir bien, pero gradualmente el narrador advierte que el escribiente se resiste a realizar tareas más allá de lo indispensable con el argumento de que “prefiere no hacerlo”. Esta apatía lleva al narrador a los límites de la exasperación. Con el tiempo el narrador, que es el agregado de la Suprema Corte y cuyo trabajo es realizar copias de legajos busca la manera de conservar a Bartleby a pesar de su aparente falta de interés por el trabajo. 

Es poco probable que Kafka conociera el texto de Melville para recibir un influjo del mismo. A veces ciertas intuiciones sólo se presentan en individuos distintos, como ideas que parecen transmigrar. Por poner un ejemplo: contra aquellos que veían en Faulkner las huellas de la escuela psicoanalítica de Freud, aquel se defendía diciendo que a Freud nunca lo había leído pero que, en su descargo “Shakespeare nunca lo leyó, Hermann Melville tampoco lo leyó y dudo mucho que Moby Dick lo haya leído”. Si pensamos en el individuo kafkiano, éste se ha empequeñecido frente a las formas insondables del mundo y nos señala con su incertidumbre el sitio inmenso e incesante donde se da cita toda forma de incomprensión y de soledad. Cada hombre, se dice, está sólo frente al Universo, pero nunca más solo que en esos mundos de Kafka quien pudo haber heredado esa sensación de aislamiento como una tradición o atavismo de los judíos. Un sentimiento de abandono frente a un Dios que los dejó morir de hambre en el guetto como los perros de Constantinopla, y que una y otra vez no los rescató de los progroms constantes o de la expulsión de los países donde habían logrado medrar. Bartleby, durante el curso de la narración siempre está solo, su trabajo es impecable pero se niega a hacer más, ante cada petición de su empleador continúa con la misma letanía ya acostumbrada: “Preferiría no hacerlo”. La resistencia pasiva de Bartleby conmueve al narrador quien a lo largo de la historia busca justificar los actos del escribiente. Bartleby insiste en hacer determinadas tareas pero omitir otras sin dar ninguna explicación; con el tiempo, incluso deja de escribir. El agregado de la Suprema Corte hará hasta lo imposible por deshacerse de él. Bartleby sigue empeñado en visitar la Oficina y permanecer todo el tiempo ahí, inclusive los domingos. La persistencia de Bartleby, un hombre frugal al que no se le conocen amigos, vicios, distracciones o pasatiempos, hace que el dueño de la Oficina tenga que trasladar la misma a otro sitio para deshacerse de su propio empleado, quien se queda impasible en las escaleras de la misma. Con el tiempo viene la calma. Pero el narrador se da cuenta de que los nuevos inquilinos de la Oficina se han encontrado con un individuo que acostumbra decir que “preferiría no hacer” lo que se le ordena. El ciclo se repite. Lo despiden, Bartleby se niega a abandonar el edificio, se queda impasible en las escaleras, el personaje terminará sus días en la cárcel bajo los cargos de vagancia. El narrador prefiere no seguir hablando, dice, casi sesgadamente que se negó a comer y que falleció por inanición, él mismo le cierra los ojos. Lo mató su apatía, su inmovilidad, su tristeza. 


Quienes prefiguran algo lanzan hipótesis, se anticipan, suponen. Kafka anticipó la insignificancia de los individuos en los regímenes totalitarios del siglo XX. Esa cancelación de la singularidad y la unicidad humana también la veía Alfonso Reyes: “cuando volvamos a ser hormigas, incapaces del individuo, incapaces del arte y del espíritu”. Thomas Mann prefigura un destino terrible para Europa y esto es algo que se ve claramente en su obra La montaña mágica; Stefan Zweig, en la década de los treinta del siglo pasado ya veía venir la destrucción, huye de Europa, y completamente desesperanzado se suicidaría en Brasil; en los cafés de Viena durante el imperio austro-húngaro ya se escuchaba el rumor de una gran guerra. Algunos ubican novelescamente a Kafka y a Hitler en la misma ciudad (Praga, 1909) y frecuentando los mismos cafés (Ricardo Piglia en Respiración artificial), y van más allá diciendo que uno influyó en el otro. Suposiciones, rumores, hipótesis. Elucubraciones que no carecen de lógica. El filósofo Henri Bergson decide no convertirse al catolicismo por una razón que le parece justa: quiere estar del lado de los que habrán de ser vencidos ¿Cómo lo sabe? No lo sabe, lo intuye, se adelanta a los hechos que la Historia habrá de validar. Bartleby, una obra de 1856, ya parece anticipar el individuo kafkiano que ya es el hombre modesto, silencioso, pasivo e insignificante enfrentado a las oscuras potestades de los gobiernos totalitarios como el del nazismo. 

Lo inefable gobierna el mundo kakfiano, el ogro en forma de Estado policiaco, o de organización secreta. Los personajes kafkianos ya parecen vivir las purgas estalinistas y la burocracia interminable y eternizada, los gobiernos dictatoriales, la estupidez que supone la cancelación de toda iniciativa individual. En este mundo distinguimos leyes no escritas, vagas, no expresadas y mudables. La soledad trae aparejada la incomunicación. Hay un mutismo expresado por los Señores del Castillo que se refleja en esos edificios públicos de construcción maximalista como bestias gigantes destinadas a mostrarnos qué tan pequeños somos. Carentes de vida, intimidantes, se parecen a esas construcciones absurdas que aparecen en el cuento de Borges, El inmortal. Lo terrible de una construcción así es que es una creación humana. Nos dice que algo se nos quedó en el camino mientras perseguíamos sueños de progreso. Goya diría que “el sueño de la razón engendra monstruos” y mientras caminamos por los pasillos de esas construcciones grises y frías, (hospitales u oficinas de gobierno) en nuestro interior (que nos recuerda que nuestra soledad y miedo es lo único que cuenta) somos en ese momento Josef K., Gregorio Samsa, K. o cualquier alter ego o trasunto de esa conciencia personal y luego universal que (centrípetamente) se sabe insignificante ante un mundo que no comprende. ¿Habrá pensado Melville en eso? No lo creo. Sin embargo no lo sabemos.


Otro rumor, dentro de los rumores alrededor de Bartleby, referido por el narrador. Antes de llegar la Oficina del agregado de la Suprema Corte, Bartleby había trabajado en la Oficina de Cartas Muertas de Washington. Este oficio consistía en clasificar cartas que ya no llegarían a su destinatario por la ausencia o muerte de éste. El narrador se pregunta: 

“¡Cartas muertas!, ¿no se parece a hombres muertos? Concebid a un hombre por naturaleza propenso a una pálida desesperanza. ¿Qué ejercicio puede aumentar esa desesperanza como el de manejar continuamente esas cartas muertas y clasificarlas para las llamas?”

Cartas de amor dirigidas a la indiferencia sorda del destinatario que ya no está para recibirlas o que no quiere hacerlo. Cartas sin una contraparte real, viva, en la cual puedan “realizarse” como mensajes vitales. Cartas que nombran separaciones, infinitas distancias entre un ser humano y otro. Quemar cartas es semejante a quemar personas, ese sencillo acto sólo consolida la incomunicación perpetua y el drama de toda ausencia. Imaginamos el narrador y nosotros ese vacío eterno y fulminante en esos mensajes. Cada individuo expresa con su sola existencia una carta de amor hacía todo aquello que lo rodea como una forma de indicar que es bueno estar vivo, que siempre habrá esperanzas para todo. Cartas, al fin, que parecen personas con la impronta de un anhelo cancelado, al fin y destinado al fuego para su destrucción. Nuestros actos marcan una despedida constante hacia los demás, no cesamos de hacerlo, de enviar el mensaje de que tal vez ésta no sea la última vez que nos veamos, que ya habrá otros momentos, otras oportunidades. Nada tan duro como aquella frase: “No nos volveremos a ver” que ya anticipa la muerte. En el siglo XX, más que humo de cartas quemadas en el horno por un empleado subalterno, vimos el humo de las chimeneas de Auschwitz. También sabemos del vacío que existe entre los demás y nosotros, y nuestra irremediable incomunicación. Este silencio, expresado también en Kafka, parece aglutinarse como una alegoría en el personaje de Bartleby, “pulcro”, “decente”, pero también “desolado”. En el personaje se condensa el aislamiento y la infelicidad, la inmovilidad y la pesadumbre, la melancolía y la indiferencia. Bartleby se conforma con un trabajo monótono, carece de ambiciones y tiende a la inacción. Pero también sabe que todo esfuerzo más allá de lo indispensable es fútil. Como el personaje kafkiano se vuelve insignificante. Pero en Bartleby se resume ese sentimiento de abandono al que el orden externo nos ha sometido.

Los personajes kafkianos poseen una resistencia pasiva, pero esta resistencia está muy lejos de ser tan nihilista como la de Bartleby a quien la inercia lo convierte casi en un objeto portátil al que hay que trasladar de un lado a otro porque ya no cumple la función social a la que supuestamente está designado, de esa forma, es conducido a la prisión. En Kafka vemos una obstinación ingenua y esperanzada. Cuando en La metamorfosis Gregorio Samsa o el insecto en el que se ha convertido muere, su despojo es barrido como simple basura de la casa, sin embargo, hasta el último momento parece seguir con sus preocupaciones habituales sobre el dinero, o sobre las clases de violín que le está pagando a su hermana. En el cuento Ante la ley el personaje que espera en la Puerta resiste hasta el final, jamás abandona su puesto; en otra historia El artista del hambre el ayunador persiste en su idea de ser admirado por su manera de resistirse a la comida, aún cuando lo están retirando de su jaula para confundirlo con la paja y ser barrido completamente para que su espacio sea ocupado por una pantera. La pasividad de Bartleby parece ser completamente indiferente, no falta quien ve cinismo en su conducta. Quiere vindicar su necesidad de fracaso, de autolimitación, de inacción eterna. Su actitud es un rotundo No a todo cuanto le rodea, inclusive a sí mismo. 


Para Melville, no había mucho que decir acerca de Bartleby, no hay una declaración de intenciones respecto a su personaje, lo deja huérfano de padre y sólo se conforma con decir: “publíquenlo por separado”. El autor señala esa ambigüedad con frases como “se podrían decir muchas cosas acerca de Bartleby” como una forma de sacar de sus casillas a los lectores y aprisionarlos en una dinámica de suposiciones, de rumores, de especulaciones sin fin. Bartleby podría escribirse con minúsculas como un sustantivo y decir que fulano de tal es un simple bartleby porque es incompetente, no habla, pasa su tiempo en inextricables ensoñaciones, es la burla de todos, es torpe, de habla lenta y poco fluida, su pasividad es exasperante, trabaja poco y desde hace tiempo se ha convertido en un estorbo. Después de todo, la palabra se parece mucho término del argot “bartolo” que indica a un individuo de naturaleza pasiva y torpe; pero también se parece a “bártulos” que son los enseres y bultos que se llevan de un lado a otro casi como un estorbo. Para Borges, Kafka “arrojaba una luz ulterior sobre la obra de Melville”. Pensándolo bien, nunca sabremos quién es Bartleby.



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martes, 24 de septiembre de 2013

Divagaciones en torno a El Aleph

Borges y groupies literarias

Por: Noé Vázquez
Para mi Gilberta

1
Como la mayoría, he temido perder las cosas valiosas que forman nuestra vida, entre otras cosas, mi memoria. La muerte es aquella analfabeta a la que le preguntas algo y no recuerda, la muerte es una manera más de olvidar lo que para nosotros tiene sentido; atesoro y temo perder la memoria de algunos versos tristes que terminé rompiendo; la tarde aquella en la que un "sí" me convertía en rey del mundo; alguna noche lejana en el trópico en la que fumaba un habano de marca Romeo y Julieta; aquellos días en los que descubría a Thomas Mann y leía por primera vez La Montaña Mágica; esas horas largas y ociosas en las que, refugiado en alguna biblioteca pública, nadie pudo interrumpir ese encuentro mío con las páginas de Terra Nostra de Carlos Fuentes; ahora lo ven, nuestra memoria es el humo del un habano Romeo y Julieta que desvanece poco a poco la muerte; temí, en fin, perder la memoria de un cuento en particular, temí que dejara de ser mío, temí no volver a saber de él porque nuestras memorias son una forma más de saber de nosotros mismos, de ser nosotros mismos, temí perder El Aleph de Jorge Luis Borges.

2
Todo empieza con una mujer que muere y el olvido natural que nos provoca la entropía del universo, su movimiento constante, ese universo que luego de su muerte "ya se apartaba de ella". Naturalmente que hay una mujer en el cuento de Borges, no podría ser de otro modo; la Commedia de Dante tiene a su Beatrice de Portinari, la comedia dantesca es un pretexto para encontrarse con la amada, para volver a verla; la Comedia Humana balzaciana es un alarde de querer nombrarlo todo, aun a las mujeres que habitan esa ciudad de páginas y páginas; por qué no pensar en un aleph, un objeto mágico que lo contenga todo simultáneamente. Y todo empieza con el deseo de volver a ver a Beatriz Viterbo.

3
Es sabido que a Borges lo inspiraba Estela Canto, se distraía con ella en las calles de Buenos Aires; la pretendía, trataba de conquistarla, coqueteaba con ella;  estamos en la década de los cuarentas, el cuentista argentino tiene el mismo trabajo (que algunos llamarían trivial) que le asigna a Carlos Argentino Daneri en el cuento: "ejerce no sé que cargo subalterno en alguna biblioteca ilegible de los arrabales del sur", dice, y Borges, a semejanza de Carlos Argentino, posee un cargo de segundo orden en la Biblioteca Miguel Cané de Buenos Aires y no me extrañaría que estuviera en los arrabales del sur. No creo que Estela Canto vea a Borges como un hombre muy cabal, tal vez lo admire un poco y nada más y aún así, este amor ideal y no correspondido inspira un cuento casi del culto, una historia que inspira las mayores polémicas y las devociones más encendidas. A Estela Canto se le recuerda más por el ser el amor de Borges, las musa de carne y hueso, que por sus novelas y traducciones.

4
Beatriz Viterbo muere, es verdad, Borges suspira, tal vez con alivio: "muerta podría consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación". El narrador busca pretextos para visitar la casa que habitó Beatriz con su primo Carlos Argentino, se vuelve un visitante asiduo y objeto de "las graduales confidencias de Carlos". El personaje de Argentino es un molde en el que vierte sus desavenencias con el carácter nacional de sus contemporáneos, su nacionalismo cursi, el hablar pomposo, la ampulosidad y la pedantería; es una crítica feroz al carácter argentino, por eso nos obliga a odiar al primo de Beatriz, pero creo que Borges también lo odia porque vivió con Beatriz, porque ella pudo amarlo; tal vez siente envidia porque sospecha que ella lo amó alguna vez. Luego de la experiencia abrumadora que le provoca el aleph trama su venganza contra Carlos, la razones pueden ser varias, una de ellas, la correspondiencia obscena entre Beatriz y Carlos.

5
Hay una Beatrice en todo cuento. Lo sabe hasta el más humilde vendedor de escabeche, lo sabe hasta el más bajo de los carretoneros y hasta el más pobre se siente un poco menos humilde cuando piensa en la que ama o amó alguna vez y también, hasta el más acaudalado se siente como un miserable aguador cuando recibe un desaire de aquella a la que adora. Pero amar es querer entregar lo que no se tiene a alguien que no existe y probablemente, a alguien que no se debe; como todos, como yo mismo, Borges idealiza a su Beatrice: "esta vez no trataría de justificar mi presencia con módicas ofrendas de libros, libros cuyas páginas finalmente aprendí a cortar para no comprobar, meses después que estaban intactos". La distinción, cultura y sofisticación que el narrador Borges le asigna a su Beatrice es irreal e infundada por sus sentimientos. Lo sabe fría objetivamente el narrador que expone y expulsa sus demonios, hace que lo sepamos nosotros cuando la describe en las fotografías que estudia en la abarrotada salita: "Beatriz de perfil, en colores, Beatriz con antifaz..." Las fotografías dan un orden cronológico que nos dejan conocerla y no nos gusta lo que vemos: Beatriz es fría, distante, superflua, frívola, distraída, incapaz de empatía con los demás. Cherchez la femme! diría esa frase ideal para cuentos policíacos pero la mujer solo vive en la ilusión de quien la ama. Con el paso del tiempo, Borges terminará por olvidar los rasgos de Beatriz. Destino inevitable para las cosas que alguna vez llegamos a amar, como la memoria que pierdo poco a poco en medio del humo del tabaco.

6
En mis noches de insomnio, que son las más frecuentes, se me eriza la piel solo de pensar en la ciertas reliquias abandonadas en la oscuridad de alguna bodega: algún ejemplar no catalogado de un First Folio de Shakespeare, el arca de la alianza (la verdadera, la apócrifa, la desconocida, que más da), algún sax contralto que fue de Charlie Parker; y disculpen lo caótico de mi enumeración, también pienso en el manuscrito del El Aleph (porque yo también tengo algo de fanático) que se encuentra en la Biblioteca Nacional de Madrid y que Estela Canto le vendió a Sotheby´s en treinta mil dólares. Me enloquece la idea de que los estudiosos valoren las posibilidades de la escritura borgeana por medio de los interlineados, las tachaduras, las anotaciones al margen, las líneas alternas que forman el cuento, los pasajes posibles. Leer el manuscrito, del que existe una versión facsimilar, supone el encuentro con el momento mismo de la creación; del mismo modo que los Primeros Folios nos dan qué pensar sobre los trabajadores que lo elaboraron, este cuento canónico inspira una sensación de vértigo, la idea de que por un momento podemos asomarnos al torbellino de una imaginación tocada por el genio.

7
Borges se asomó al abismo, a los círculos diversos del paraíso y del infierno a un tiempo, pero, a diferencia de Dante, no se encontró con Beatriz, sino con sus despojos. Hay algo de traidor en un universo que se burla de nuestros afanes de ser siempre fieles a nosotros mismos. Piensa que al bajar los escalones de la casa de la calle Garay y ver "una esfera tornasolada de casi insoportable fulgor" comienza su desesperación de escritor porque ese objeto conjetural es inaprensible, inefable, escurridizo; imposible describirlo. Borges lo intenta en una serie de enumeraciones que forman uno de los momentos más dramáticos y conmovedores de la literatura. El lenguaje es lineal, sucesivo; lo que propone que se ve en esa esfera es simultáneo. Ve millones de actos "deleitables o atroces". Todos en un mismo punto.

8
Al ver todas las cosas, Borges se cura del intento vano de idealizar a Beatriz, se desvanece su modelo platónico e ideal de la mujer que ama:
"Vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino."
 "Vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido en vida Beatriz Viterbo"
De ser el ideal de la mujer amada a la visión del cadáver en descomposición. Sin odio no hay amor. Borges quiere olvidarse de su Beatrice. Tal vez la mayoría esté de acuerdo conmigo en que sin deseo no hay decepción. Borges es ese gran escritor sudamericano que sólo pudo ser ese gran escritor porque no podía ser el rey de la diversión nocturna, el dandy, el Don Juan de las letras argentinas, porque quería tener a Estela Canto y ésta, pragmáticamente, lo despreciaba; o bien, porque quería ser como Bioy Casares y no podía.

9
Llega un momento en que el escritor ya no puede despojarse del mito del escritor, del personaje que él mismo ha creado. Estoy acostumbrado a ver al verdadero Jorge Luis Borges dentro de sus cuentos. Mi ensoñación de lector puede más que mi objetividad: si pasa en los cuentos de Borges, es que Borges estuvo ahí y lo vio; pero también, creo que cuando Borges "entra" al cuento El Aleph no lo hace para engañar a nadie sino para revelar de sí mismo, de su obsesión por ciertos objetos míticos, de su amor no correspondido por Estela Canto; después de todo, ficcionar no es engañar.

10
Concebida como una metáfora sobre el insomnio algunas veces, otras, como el reflejo de una obsesión por la memoria, El Aleph se encuentra con sus lectores que también buscan a su Beatrice en su sueños, que la hojean en las páginas de algún cuento. Todos nos dirigimos a algún lugar donde, primero, ésta dejará de existir porque la olvidaremos algún día, porque "nuestra memoria es porosa para el olvido" y algún día yo también dejaré de conocer de memoria este cuento (ya lo empiezo a olvidar gradualmente), desvanecido como el humo de aquel habano Romeo y Julieta.


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miércoles, 12 de mayo de 2010

Una semblanza de Jorge Luis Borges






Borges. Todo hombre es el centro de un Universo


Por: Noé Vázquez.

Fue su imaginación feliz, libre de todo compromiso la que nos entregó esas páginas de prosa deslumbrante. Con una escritura depurada, una economía del lenguaje, eficiente y libre de afectaciones Jorge Luis Borges abordó temas que quizá hubieran desanimado a otros. Existe en la obra borgeana la invocación y el rescate de los hitos más notorios de la cultura: Grecia, los presocráticos, Platón, la historia del cristianismo, Roma, la filosofía árabe, la tradición judía, la historia de las literaturas germánicas, la poesía del Siglo de Oro en España, el Renacimiento, la Edad Media, Shakespeare, Cervantes, Las Mil y una Noches, la literatura inglesa, las sagas germánicas. Todos estos rumbos se vuelven recurrentes en distintos relatos como En busca de Averroes, La lotería de Babilonia, La Biblioteca de Babel, Pierre Menard, autor del Quijote, El inmortal, El Aleph, La muerte y la brújula. Borges nos enseñó (o mejor dicho, nos hizo recordar) que cada hombre es todos los hombres, que cada ser es su propio centro en el Universo, que no hay nada nuevo bajo el sol y que cada novedad no es nada más que un puntual y acertado olvido (como quería Francis Bacon). Retomó la doctrina que todo evento no es más que una repetición, versión o perversión (como esboza en Biografía de Tadeo Isidoro Cruz o El jardín de los senderos que se bifurcan.). Sus temas eran variados y recurrentes: Dios, el infinito, las bibliotecas legendarias, la muerte, los laberintos, la eternidad, la teología, las doctrinas filosóficas, los misterios del universo, los tigres (que le apasionaron desde su niñez). Él decía que toda su obra era una recapitulación o una incesante recuperación de esos temas apenas esbozados en la poesía de su juventud, una manera de revisitar las obsesiones que permanecían en el tintero. En el interlineado de la obra borgeana siempre se adivina la presencia de algo insondable, inabarcable (Dios, el infinito, la eternidad, la muerte). Quién no recuerda esta frase: “algo que no me atrevería a llamar azar rige estas cosas”. En sus cuentos, su erudición jamás ocultaba sus fuentes, incluso las presumía. Su obra se nutre de la misma literatura, la cual difunde y le hace recobrar actualidad. Puede haber muchos temas en la obra borgeana, lo que es un hecho es que el gran tema de su obra es la misma literatura y la experiencia de Borges como lector quien siempre se enorgullecía de ser un gran lector más que un gran escritor.

No hay autor que me parezca más universal que Borges, desde su condición de escritor latinoamericano podía manifestar una cultura cosmopolita sin que su circunstancia de porteño, de argentino pudiera limitarlo y podía ser un argentino sin que su cosmopolitismo nos pareciera una señal de afectación, de pose. Sus alcances son mayores, su prosa, en una etapa madura, mucho menos alambicada y adinerada que en su juventud, parece situar cada adjetivo en su mejor oportunidad, en su mejor momento y hacer que cada frase parezca aligerada y al mismo tiempo eficaz. Dando uso a una economía del lenguaje y poder de síntesis, una prosa depurada que parecía vertida (según algunos) de la literatura inglesa. Otros muchos pudieron (o quisieron) ver gestos de caballerosidad en su pluma dada una ausencia notoria de apasionamientos y de exabruptos, de muchas señales de modestia con su condición de escritor insólito y notorio. Hay en Borges una forma de honestidad que lo ponía a salvo de la autocomplacencia. Los temas borgeanos y sus obsesiones forman una literatura que es subproducto de la misma historia de la literatura, su sustento son las noches y tardes ociosas del lector de todos los tiempos. El tema de la obra borgeana es también el de la historia de la lectura. Desde Homero hasta el mismo Borges, el lector fascinado también aparece en las paginas borgeanas, Borges lector también es un personaje de sus cuentos. Con frecuencia lo vemos mostrándose deudor ya sea de una cita o frase, de un espejo, de un dicho de Bioy Casares o Macedonio Fernández, de un sueño, de una lectura de su niñez, del tema propuesto por alguien más, de un manuscrito perdido y encontrado en alguna obra notoria, de alguna enciclopedia apócrifa. Confiesa haber fatigado enciclopedias, atlas, compendios, toda clase de obras. El Borges lector inspiró un personaje del libro de Umberto Eco El nombre de la rosa, este personaje, Jorge, era un monje ciego que había leído miles de libros. El culto a Borges estaba en su apogeo en la fecha en que apareció la novela.

Podemos considerar toda la obra borgeana como una especie cuadro sinóptico con forma de espina dorsal desde donde podemos desviarnos lateralmente para conocer las múltiples lecturas que la engendran. Así, basta una referencia, por ejemplo, a William Blake o Thomas Browne para ir en busca de tales obras. Así la obra de Borges engendra su tipo de lector particular. El lector de Borges buscará las obras filosóficas, la literatura inglesa, la Biblia, el Cábala, Las mil y una noches, las sagas germánicas o la épica gauchesca; concibo la obra borgeana como un sistema de lectura o un sistema de coordenadas para llegar a otros territorios literarios.

Borges fue el peregrino ciego que vagó por muchas universidades del mundo dando conferencias o viajando por varios países recibiendo distinciones de monarcas y jefes de estado. Se convirtió con el paso de los años en la personificación del culto al libro como fetiche, como ideal. Imposible no a asociar a Borges con una biblioteca. Según Ricardo Piglia en El úlitmo lector Borges inventó al lector como héroe a partir del espacio que se abre entre la letra y la vida. Borges es el personaje lector. Los cuentos borgianos hablan de Borges leyendo.

También es cierto que no le bastaban los libros escritos, existentes. Era necesario el libro imaginario, la creencia romántica de su existencia. Así, Tlön es el texto perdido y por lo tanto, digno de ser encontrado. El texto perdido y encontrado tiene relación con la imaginería romántica del lector. Así como la imaginación romántica del personaje quijotesco llámese Alonso Quijano, Mme. Bovary o Ana Karénina, los lleva a vivir lo que han leído, el lector en estado puro busca el texto por el texto mismo, olvidándose de su propia vida, como si el libro este tuviera un valor intrínseco capaz de otorgar placer estético: puede ser el bibliófilo que valora el manuscrito raro, la edición prima, las cartas apócrifas, la edición legendaria, el incunable. La historia universal de la destrucción de los libros engendra la saga de la búsqueda del manuscrito perdido, del libro raro. El lector puro sentirá fascinación por las obras no escritas de Venerabilis Beda, las obras perdidas de Aristóteles, las tragedias destruidas de Sófocles en la biblioteca de Alejandría. Siempre el libro inexistente, deseado por su rareza, por su no existencia.

Pero este movimiento hacía dentro del libro contradice el espíritu romántico tradicional que busca los campos abiertos, se regodea de su inadaptación social, añora los paraísos perdidos, elogia la rebelión, evoca las Arcadias y se reencuentra con la naturaleza. Se busca el libro como un sitio seguro y burgués (allá aquellos que decidan vivir lo que leen en los libros), el libro es el amigo incapaz de traicionarnos, la biblioteca es la oscura cueva kafkiana o la torre de marfil de Montaigne o Goethe, las madrugadas silenciosas de Proust. La lectura es el Santo Grial fuera del tiempo y de las exigencias materiales. Nuevamente, de acuerdo con Piglia, el lector es un monje en busca de la sabiduría, de una verdad que sólo se encuentra en los libros.

Así, el libro podrá concebirse como ruidosa soledad, camino y guía a un tiempo, excusa para el insomnio, mapa de otros libros, cápsula del tiempo, amante clandestino, sitio de encuentros, cómplice de dudas y certezas, depositario de existencias pasadas, bosque de palabras, instrumento del retorno, geografía donde ubicamos voces perpetuas… Desde la invención de la imprenta y su posterior desarrollo a partir del siglo XV, la lectura inicia un proceso que la convertirá en un fenómeno de masas. Desde que ser humano nace como lector a partir de la invención de la escritura, tiempo de vida no sólo es el tiempo de sobrevivir precariamente, también es el tiempo de acceder a mundos más allá de lo formal. La lectura es una forma de celebrar el espíritu y la memoria de la Humanidad. La muerte es la gran analfabeta, la separadora del hombre de su biblioteca. La biblioteca es la nave que nos permite atravesar incólume, intacto, la dictadura del tiempo. Toda forma de cultura escrita es un ejercicio de mnemotecnia, una manera de no olvidar lo que somos.

Siempre hay otro libro, el libro posible, el libro que hubiera sido y que no fue escrito. Si para algunos no hay peor libro que el que no se escribe, para Borges, el único libro verdadero es aquel que no fue posible emprender. Hubo libros que no escribió Macedonio Fernández o el mismo Borges, hay quien dijo que, por ejemplo, Los detectives salvajes es el libro que hubiera deseado Borges escribir, yo pienso que es El péndulo de Foucault el libro posible de Borges pero también creo que el libro posible es una especulación vana, un tanto ociosa (y tal vez por eso, digna de asociarse con la literatura). Para Piglia, la subjetividad del lector en su soledad ruidosa se vuelve la protagonista. El lector es el héroe de las batallas y los continentes literarios, lo es como un Robinson Crusoe quien, con una Biblia en la mano logra vencer su desasosiego y su locura. El lector héroe logra transplantar su la civilización a cualquier lugar; Alonso Quijano es un héroe romántico, lector que emprende una epopeya; o El Salvaje de la novela de Huxley Brave New World quien es el héroe trágico y shakespereano.

Pero especular una novela de Borges es suponer a un Borges novelista, lo cual es impensable, pero, ya que él creó la figura de un Pierre Menard reescribiendo El Quijote podemos tomarnos la libertad de imaginarlo a él escribiendo tal novela. Novelar es crear un cosmos que lo incluye todo: la tiendita de las esquina, el perro sarnoso en el pórtico y el borracho durmiendo la mona en la banqueta; el cuento es una operación de supresión del detalle a través de generalizaciones: un bosque de utilería y siempre reciclable para otras historias que siempre es "el bosque" como idea general y no como particularidad, una "hada madrina" que como actriz de segunda, siempre se repite en una escena u otra; una "oveja negra" como símbolo de la particularidad y unicidad que hay en todo. Un rey es todos lo reyes. Al hablar de una rosa abarcamos todas la rosas del mundo. Siempre el símbolo, la alegoría, la noción generalizante. Para qué crear un mundo con sus detalles si podemos, con un nombre cualquiera y dar una idea sobre él. Ahí está la esencia del cuento.

En la novela corta de Vladimir Nábokov descrita como endemoniadamente ingeniosa, La verdadera vida de Sebastian Knight el autor juega con la idea de que cualquier persona puede ser Sebastian Knight, él autor mismo, el lector, el narrador, quien al final llega a la conclusión de que él Sebastian Knight. Cualquier persona puede llegar a ser otra con sólo poner atención en las ondulaciones de las almas….Esta idea de transmigraciones también está en Joyce quien hace que Odiseo recorra las calles de Dublín como Stephen Dedalus.

Cualquiera puede ser Sebastian Knight: duplicidad y ubicuidad en el ajedrez de los roles literarios. El knight o caballero del ajedrez es la única pieza que puede saltar sobre otra y dar la apariencia de estar en dos lugares al mismo tiempo. En la novela de Nábokov se es Sebastian Knight como una forma de empatía, de transmigración. Ser uno mismo es también ser otro. Para Borges "somos el pasado, somos nuestra sangre, somos la gente que hemos visto morir, somos los libros que nos han mejorado, somos gratamente los otros". En la obra borgeana se es un ser humano como generalidad, paradigma o prototipo, modelo para armar e intercambiar, patrón de muestra sobre quien se puede integrar una personalidad, cimiento desde donde se construye un carácter. Carlos Fuentes en Terra Nostra utiliza un proceso semejante de amalgamamiento y transmigración donde cada personaje es una especie de ejemplar engarzado en un relato (por momentos sólo se puede concebir al personaje a través de su relato), una especie de arquetipo o modelo. En este esquema de consolidación varios reyes españoles pueden ser uno solo; varios pintores barrocos se sintetizan en un solo personaje. Otro ejemplo es el de Virginia Woolf quien en Orlando pudo crea un personaje que empieza a vivir como hombre en la época victoriana y en un lapso de cuatrocientos años se transforma en mujer. Para qué crear personajes masculinos y femeninos para una historia que abarca cuatrocientos años, basta uno solo: hombre y mujer sucesivamente.

Si la novela construye una especie de imago mundi a partir de las palabras, el cuento es el medio a una sabiduría espontánea. El poder de condensación o amalgamamiento del cuento nos lleva un estado de iluminación súbita. Si la novela es el viaje lleno de sinuosidades (el espejo que se pasea por el sendero, según Stendhal), el cuento es atajo, la captura instantánea de alguna verdad furtiva o inasible, el encuentro rápido con esa verdad que muchas veces es una revelación íntima para cada lector, en este sentido se parece mucho al verso. En el cuento borgeano predomina una suerte de afán o intención discursiva que propone cierto convencimiento al lector: sus cuentos abordan la discusión, la enunciación, el corolario, el teorema, la refutación, la dialéctica, el discurso filosófico; en cada cuento se plantea la existencia de un pequeño universo, el cuento sabe articular una forma de conocimiento esotérico que no siempre puede ser falso. Decir que no se tienen suficientes lecturas para entender a Borges es una excusa poco convincente, se pueden seguir las tramas de los cuentos borgeanos aun siendo un profano, basta poner atención.

Hay en Borges una celebración rigurosa (aunque suene antagónico) y recurrente de los paradigmas de la cultura universal y de la historia del pensamiento. Una exaltación de la imaginación de todos los tiempos, cada hombre que alguna vez ha imaginado desde el origen del hombre, está contemplado en la obra borgeana, no de forma enunciativa, desde luego, sino de manera sucinta, implícita en alguna frase, basta enunciar la idea de alguien que lee, crea, o imagina, o alguien que es leído, creado o imaginado, bastan unas cuantas líneas para exponer la imagen de un mundo, basta un resumen o un comentario para la dar la idea de que un libro existe o ha existido (procedimiento que pudo haber tomado de Carlyle en el Sartor Resartus).

En la sucesión de temas borgeanos se da cita en sus obras primeras el rescate de un criollismo que lo ponía en contacto con la mitología cuchillera del barrio, las historias del hampa lunfarda y del arrabal porteño, los lances entre compadritos, los ánimos exaltados al calor de unas cañas, el slang del barrio. Otro Borges retomará temas históricos que piensa que le conciernen: gestas heroicas de sus antepasados, el eterno conflicto entre civilización y barbarie que se dio en Argentina en su proceso de conquista. Abordará la trama policiaca y la metafísica. En cada cuento y en cada poema utilizará el cuestionamiento y la indagación siempre señalando la existencia de un misterio que no nos es posible dilucidar. La literatura de Borges resalta las preocupaciones filosóficas de siempre a través de historias que muchas veces son tramas policiacas como es el caso de La muerte y la brújula donde la resolución de un misterioso nos puede conducir a la muerte y todo ejercicio de vida también es parte de un juego que se repite sin cesar dando variaciones a los eventos. Todo ha sido, sólo basta recordarlo; todo puede repetirse aunque no con los mismos roles de los personajes. En el mundo borgeano basta un escritor: Homero, William Shakespeare, Cervantes…todos comparten el mismo arquetipo platónico, todos son uno y basta una sola personalidad de escritor que se va moldeando a través de varias generaciones tal y como se menciona en El inmortal cuyo protagonista es el mismo autor de La Odisea. En Pierre Menard, autor del Quijote, un escritor de segunda fila decide volver a escribir El Quijote letra por letra como si él fuera Cervantes, no estamos hablando de una nueva versión del Quijote sino de la mismísima obra vuelta a escribir de forma idéntica. Tal procedimiento linda con el absurdo y la locura, Borges justifica a su personaje Pierre Menard diciendo que su labor es “el término final de una demostración teológica y metafísica –el mundo eterno, Dios, la causalidad, las formas universales…” Podemos notar en el cuento cierta ironía, cierta sorna ante los ejercicios intelectuales que, después de todo, terminan siendo meros capítulos de la historia de la filosofía.

Otros cuentos buscan una correspondencia con la teoría de la armonía preestablecida de Leibniz como es el caso de Tema del traidor y del héroe o Deutsches Requiem donde los personajes se conciben como meros actores de un drama preestablecido por un oscuro demiurgo. No sabemos si Borges escribía con una mazo de barajas en la mano pero la función del las artes combinatorias, el azar, la suerte, las loterías parecen tener una importancia capital en algunos cuentos. Puedo referir La biblioteca de Babel donde todo libro no es más que el resultado azarosas combinaciones que nos llevan a concebir todo, absolutamente todo lo que es dable a decir en palabras basta dejarlo todo a la casualidad y la coincidencia, o bien, La lotería de Babilonia donde todo destino, personal o universal está regido por un sorteo llevado a cabo por funcionarios secretos y clandestinos. Si para Piglia el sistema borgeano de lectura consistía en leerlo todo como ficción y al mismo tiempo creer en el poder de esa lectura entonces podemos concebir a Borges como una especia de cabalista quien le dio poder a la palabra como un mecanismo creador, una suerte de treno que invocaría la vida, su repercusión buscará ir más allá de la página escrita.

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