martes, 12 de octubre de 2010

¿Por qué Kafka?

Por: Noé V.M.

Considero que Kafka, desde ese microcosmos y caldo de cultivo de ideas por venir que fue Viena y Praga ya nos estaba postfigurando. Se adelantaba a nuestra angustia, a nuestra incomunicación y a ese sentimiento de absurdo que pueden crear las burocracias estatales. Lo podemos ubicar geográfica e intelectualmente en la Viena del Imperio Perdido tal vez escuchando fragmentos de ideas escapadas de alguna conversación, quizá distinguiendo en el clima intelectual europeo la espera de Hitler. ¿Qué pudo ver o escuchar Kafka en la Viena de Karl Kraus, Elias Canetti, Ana Harendt, Sigmund Freud, Joseph Roth, Hermann Broch, Robert Musil? Un libro como Der Zargberberg de Thomas Mann abundaba en una visión apocalíptica que la época por venir habría de confirmar. Los cafés de Viena y sus interminables charlas ya intuían los gobiernos totalitarios. Kafka habría de tomar su posición frente a la realidad violentando el lenguaje alemán hasta sus últimas consecuencias.

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Para Harold Bloom, vivimos una edad caótica de la literatura. Esta edad comienza a principios del siglo XX. Ya están aquí Proust, Kafka, Joyce y Faulkner. Kafka se destruye como individuo, se reduce a sí mismo, se empequeñece. La escritura no tiene ninguna función social de comunicación de verdades importantes, ya no es le medio principal e indispensable de la propagación de las ideas que aceleraron cambios sustanciales a partir del siglo XV. La narrativa es un medio de propagación de verdades que obedecen a una forma poética más que a la narración de una historia, qué es Proust sino el desglose no de una narración sino de un momento en particular en el perspectivismo subjetivo del Narrador. Qué es Joyce sino la exploración, destrucción y reinvención de un lenguaje como personaje del texto, o un texto como fin en sí mismo. Qué es Kakfa sino el empequeñecimiento subjetivo frente a las circunstancias, la humillación del yo frente a lo imprevisible, la incomprensión del entorno, la ausencia de verdades concretas, de coordenadas para ubicar un espíritu siempre a la deriva de lo inasible. La literatura reconoce un Misterio supremo reconocido por cada ser en lo particular, el gobierno de una forma de azar de cuya lotería siniestra nadie puede escaparse. Lo inefable gobierna el mundo kakfiano, el ogro en forma de Estado policiaco, de organización secreta. Kafka prefigura las purgas estalinistas y el holocausto nazi, la burocracia interminable y eternizada, los gobiernos totalitarios, la estupidez que supone la cancelación de toda iniciativa individual. El individuo kafkiano se ha empequeñecido frente a las formas inefables del mundo y nos señala con su incertidumbre el sitio inmenso e incesante donde se da cita toda forma de incomprensión y de soledad. Cada hombre, se dice, está sólo frente al Universo, pero nunca más solo que en esos mundos de Kafka quien pudo haber heredado ese sentimiento de soledad como una tradición o atavismo de los judíos. Un sentimiento de abandono frente a un Dios que los dejó morir de hambre en el guetto como los perros de Constantinopla qué una y otra vez no los rescató de los progroms constantes o de la expulsión de los países donde habían logrado medrar. En Kafka está el precarismo del judío eterno quien también, en su soledad le levanta un proceso constante a su propio dios. Ese dios que nos olvida siempre en un país extraño hasta el fin de los tiempos y hasta siempre. El Estado megalómano y macrocefálico es el señor del Castillo, impasible como esfinge y sordo ante cualquier dolor. En este mundo distinguimos leyes no escritas, vagas, no expresadas y mudables. Notamos una voluntad impenetrable y siempre impersonal. Si algo gobierna la sordidez y el absurdo de la vida kafkiana es imposible conocerlo o predecirlo. Lo indestructible de cada individuo es la esperanza, este individuo no acepta la derrota y combate, no se deja seducir por el cinismo y es fiel a sí mismo, combate aún cuando no hay un motivo concreto para hacerlo. Este individuo empequeñecido se concibe a sí mismo desesperado, solitario y hambriento. La soledad trae aparejada la incomunicación. Hay un mutismo expresado por los señores del castillo que se refleja en esos edificios públicos de construcción maximalista como bestias gigantes destinadas a mostrarnos qué tan pequeños somos. Carentes de vida, intimidantes, se parecen a esas construcciones absurdas que aparecen en el cuento de Borges, El inmortal. Lo terrible de una construcción así es que es una creación humana. Nos dicen que algo se nos quedó en el camino mientras perseguíamos sueños de progreso. Goya diría que el sueño de la razón engendra monstruos y mientras caminamos por los pasillos de esas construcciones grises y frías (hospitales u oficinas de gobierno) y hacia nuestro interior (morada interior que nos recuerda que nuestra soledad y miedo es lo único que cuenta), somos en ese momento Josef K., Gregorio Samsa, K. Cualquier alter ego o trasunto de esa conciencia personal y luego universal que (centrípetamente) se sabe insignificante ante un mundo que no comprende. Kafka no se equivocaba, nadie puede equivocarse si habla desde su centro, su monada interior donde todo lenguaje exterior es ruido y cada acción, código y estructura obedecen a un designio misterioso o ajeno que es obra de una maquinación en la oscuridad y de un azar perverso. Imposible saber de qué se nos juzga, si alguien nos juzga, si seremos juzgados o si el juez que lleva nuestro proceso mostrará alguna vez un rostro que lo haga humano. Imposible saber si en la sucesión de nuestros actos hemos violentado una ley desconocida o no escrita. Si el mundo es gobernado por una autoridad sin rostro entonces todo puede esperarse, incluso el olvido hacia nuestra persona, los viajes en tren hacia los campos de concentración, la destrucción del guetto, el asesinato de nuestra familia…todo empieza con el ruido de un elevador o unos misteriosos toques a la nuestra puerta que prefiguran un par de agentes que viene por nosotros. Imposible saber si en la sucesión de nuestros actos hemos infringido una ley no escrita o no conocida. Si al mundo lo gobierna una autoridad siniestra debemos esperarlo todo: la marcha en trenes hacia Auschwitz, el Holocausto.

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La conciencia universal del hombre de principios del siglo XX se vio alterada por los gobiernos totalitarios pero Kafka, al percibir los cambios originados en este siglo sin quererlo se remonta hacia ese sentimiento judío de soledad e incomunicación. El personaje kafkiano no se rinde y justifica el comportamiento de su entorno de manera estoica, atribuye causas lógicas al silencio que lo rodea. Josef K. atribuye bondad al señor del Castillo y Gregorio Samsa a pesar de su condición de insecto gigante persiste en las preocupaciones sobre su familia o la economía del hogar. Los monstruos son otros. La circunstancia es un insecto egoísta que no habrá de perdonarnos el pecado de haber nacido. Al mundo Kafkiano no lo habita ni Dios ni la lógica racional que vuelve comprensible y justificable cada acto, le da una explicación coherente a la realidad. No hay una entidad deus ex machina que resuelva los conflictos y restablezca ora la piedad, la misericordia ora la lógica. El mundo kafkiano es el de un hombre que visualiza obsesivamente la existencia de un Canaán personal pero que no entiende por qué se le ha arrebatado incluso la esperanza de alcanzarlo. Se vive el aquí y el ahora sin escapatoria, sólo hay que esperar. El sufrimiento del personaje kafkiano inicia con la discrepancia con el mundo exterior dueño de una lógica absurda, inhumana, desconocida. Lo misterioso y lo inefable describen esta lógica: aplazamientos incesantes, silencio ante preguntas concretas, falta de explicaciones satisfactorias, situaciones entre absurdas y ridículos, imposible distinguir una manera de romper ese esquema donde no existe un gobierno que pueda resolver nuestra situación. Los estados represivos y totalitarios son los regímenes kafkianos por excelencia: sometieron a sus habitantes procesos incomprensibles, asesinatos, manipulación, explotación, detenciones, interrogaciones, procesos burocráticos, la idea era reducir la individualidad de una persona a la categoría de hormiga, de un insecto kakfiano aversivo por una individualidad que era mal vista por la colectividad. Particularmente en la época de Stalin en la Unión Soviética el gobierno fue kafkianamente sordo. El personaje kafkiano no puede distinguir símbolos que le den coherencia a su sentido de existencia: un símbolo puede ser una confirmación, un norte, una serie de coordenadas que forman un anclaje en el que es posible la seguridad.

El ámbito kafkiano existe porque también existe la necesidad de explicar las circunstancias, los procesos de pensamiento que nos acercan a la realidad, a la naturaleza de los fenómenos que nos rodean. ¿Cuál es la naturaleza del señor del Castillo? ¿Qué busca?¿Cuáles son sus motivaciones? O bien, ¿Cuál es el delito de Josef K? Si hay quién cree que Shakespeare postfiguraba las teorías de Freud podemos esperar que Kafka fuera un vidente que prefiguraba el caos de la desinformación y el engaño estatal, la manipulación mediática, la falta de certezas jurídicas. Al final Kafka se convirtió en el más actual de los escritores.

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