jueves, 21 de noviembre de 2013

El olvido que seremos

Faciolince. Al rescate de un legado.
Título: El olvido que seremos
Autor: Héctor Abad Faciolince
Editorial: Seix Barral
Año: 2007
Páginas: 280
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Por: Noé Vázquez

La novela El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince pretende ser una larga y amorosa carta a su padre: Héctor Abad Gómez conocido en Colombia como un promotor de los derechos humanos, activista, simpatizante con algunos grupos de izquierda,  un médico que promovía la cultura de la prevención al haber creado y dirigido muchas campañas de sanidad para prevenir enfermedades. El padre del autor también se destacó como humanista y profesor universitario. Si la Carta al padre de Kafka tiene un reverso, entonces es éste. Faciolince escribe una carta de amor al padre veinte años después de que éste,  por cuestiones políticas (en un país convulsionado por la guerrilla, el narco y ciertos sectores de la ultraderecha) fuera ejecutado junto con otros personajes de quienes se sospechaba, tenían vínculos con la guerrilla y con grupos de izquierda. Faciolince describe una relación sana y feliz con su padre, no le reprocha nada, no narra actos de rebeldía, no se enfoca en las diferencias y las típicas discusiones que tienen los hijos con ciertos padres represores que no les permiten realizarse, todo lo contrario: lo describe como un hombre comprensivo que afirmaba que la mejor escuela es la felicidad. Su carta de amor al padre la realiza como un desahogo, como un acto de catarsis luego de veinte años de la muerte de su padre. La realiza como un acto necesario en su carrera de escritor, como una manera de rescatar una memoria que parece que se escapa entre la indiferencia y el olvido. El temor a ese olvido le da arrestos para un libro así. 

Faciolince describe a un hombre que irradiaba tolerancia, un hombre al que amaba por sobre todas las cosas. Afirma que su padre era capaz de reírse más que sus hijos, era un padre que cantaba tangos y enseñaba con el ejemplo. Hector Abad era un médico convencido de la labor social que deberían realizar las universidades en un país pobre como Colombia, con grandes niveles de marginación e imbuido en un sistema político corrupto dominado por una clerecía ultramontana, la venalidad de los políticos y las guerras entre los narcos; además de la constante injerencia de gobiernos extranjeros; la ejemplaridad que describe en su padre nos conmueve: liberal como muchos en su país, tal vez incomprendido, capaz de entregar lo que no tiene a quien le hace falta, simpatizante con los que menos tienen, poco preocupado por le dinero, con un gran sentido del humor, amigo de su hijo desde un principio; el padre del autor le enseñó el poder de la palabra, de los libros, del compromiso con la sociedad. Le enseñó a entender que lo distinto a nosotros también nos complementa, que la comprensión hacia los demás es un gesto que nos humaniza. El ejemplo del padre que murió asesinado un grupo de paramilitares es tan profundo en el autor que, éste no se sentía capaz de escribir este libro que es al mismo tiempo novela, biografía, ensayo, carta, y confesión. 

Si el psicoanálisis nos señala ese antagonismo de los hijos que con su rebeldía, de alguna manera, se desvinculan del padre, y lo termina "asesinando" espiritualmente para reafirmar su propia personalidad, el autor, desde su presente de escritor, tienda un puente entre sí mismo y los recuerdos de su padre; lucha por rescatarlo del polvo a que nos convierte la historia. El hijo reinventa al padre, como en toda literatura, se vuelve su precursor, pero no para negarlo o destruirlo, sino para reconstruirlo poco a poco en la memoria y ese dejo de fantasía que la imaginación le añade a los recuerdos que, pasados por este tamiz, se vuelven literatura. Faciolince inició un diálogo con su padre que duró hasta que fue asesinado en Medellín. De esta ruptura, de este diálogo suspendido concibe un "parte de derrota" porque a la postre, a todos nos derrota el rigor de la muerte y del olvido que se lleva las personas que amamos, que erosiona la memoria de las personas que nos conocieron para ser al final polvo suspendido entre la vitalidad de lo nuevo, del relevo de la cosas que nada quieren saber de lo pasado. Lo ilustra poéticamente el texto de Borges que encuentran en el cuerpo del doctor Abad:

"Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres y los que seremos."
Recordar es restablecer, resarcir, retribuir, rescatar la memoria rota para insuflarle vida, pero también, consignar el pasado es una manera de seguir viviendo, de dar un "punto y aparte" a nuestros recuerdos. Pero el olvido también es necesario para superar el trauma que nos provoca un evento como el de un padre asesinado. El autor confiesa muchas veces el deseo que tiene de olvidar ese 25 de agosto de 1987 al atardecer. 

Recordar y olvidar son dos procedimientos que parecen antagónicos pero que se antojan complementarios. Las circunstancias políticas en Colombia en la década de los ochenta crearon un ambiente de discordancia entre distintos proyectos sociales pero también un clima de fanatismo e intolerancia en el que muchos profesores universitarios murieron asesinados. La novela de Faciolince es importante porque señala esas voces entrecortadas y rotas de las familias de los asesinados por crímenes en los que estuvieron involucrados no solo grupos de ultraderecha y paramilitares sino también el Estado. Se vuelve necesario este libro que al autor describe como un "simulacro del recuerdo, una prótesis para recordar"; recordamos mirando hacia adelante, para que esto no vuelva a pasar, para no repetir los mismos errores que llevaron al endurecimiento ideológico y la intolerancia en Colombia. El tiempo, ese dios escéptico, nos convierte primero en memoria, luego del olvido (que es el único perdón y el único castigo, como quería Borges), somos menos que personajes de ficción, apenas algo que estaba en la punta de la lengua de alguien y luego se desvanece para no volver a aparecer nunca.

La obra de Faciolince conmueve por su humanidad, que es real, no simulada con vistas a un efectismo literario; nos provoca un sentimiento de simpatía sobre la figura del padre adorable y ejemplar; en medio de tanto cinismo nos restaura el optimismo ya tan erosionado por la realidad, por el escepticismo que nos provoca la clase política de muchos países latinoamericanos; nos enseña que también es posible la esperanza, que el coraje y el valor civil también son posibles, que podemos solventar el miedo que muchas veces quieren imbuirnos las clases poderosas para no pensar, para no recordar, para no ser concientes de nuestra memoria y nuestro legado. Este libro debe ser visto como una lección de valor, de humildad y de tolerancia para aquellos que quieren realizar cambios en su país y en su sociedad.


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