jueves, 19 de febrero de 2015

La insensatez de escribir.





Por: Noé Vázquez

Pensar que cada página escrita es una manera de ganar tiempo a la muerte. Reflexionar sobre la naturaleza de la escritura como sucedáneo del tiempo. Engañarse felizmente con la idea de que escribir es una forma de “estar ahí”, de ser uno y el mundo como si se tratara de un ejercicio de panteísmo. Creer que la escritura es, más que una disciplina, una religión a la que nos entregamos, un estilo de vida que defendemos y una cura estética de toda tristeza. Considerar el oficio de escribir como catarsis: una manera de resolver disyuntivas, de zanjar problemáticas personales por medio de la emoción estética. Ver en la  página en blanco un campo de pruebas, el ring-side donde se resuelven nuestros conflictos existenciales. Cabalgar quijotescamente sobre el campo minado de las palabras, sorteando  siempre (y siempre cayendo) en los ripios, los lugares comunes, la intención vana, el afán pretensioso, la cursilería, las pifias, las lagunas mentales que nos asaltan, la errata que aparece casi sola y por generación espontánea. Pensar la página en blanco como una pista de hielo donde sólo es seguro el error, el resbalón y las cuchufletas del respetable. Sea como sea la escritura por momentos resulta inevitable, y cuando lo es, nos llena de satisfacciones. Dejar de escribir, callarse de una vez, ¿qué más se puede decir?, ¿qué es aquello tan importante que si no lo dices terminará por crear un tumor cancerígeno en el espíritu que ya comienza a apestar? O seguir escribiendo como alguna vez lo quiso Kerouac: "escribir todos los días como una verdadero adicto a las anfetaminas".


Pensar en los inviernos creativos que se aproximan, la falta de ideas y de interés, la apatía que se vuelve una enfermedad crónica. Pensar en las preocupaciones cotidianas que nos alejan de las páginas, las escritas, las leídas. Pensar en el aislamiento del escritor que va de lo underdog a lo beyond the underdog y que, como cualquier espontáneo en una tarde de toros corre temerariamente hacia el redondel donde, con aspavientos azuza al toro bravo para disputar un poco de la gloria que cree merecer, sin que importe la rechifla del público que, indignado, pide a la expulsión del imprudente. A ese escritor underdog no le importará que la crítica, como burlones monosabios, lo saquen a empellones de la plaza. Tarde magnífica para llorar una derrota nueva. Escribir es imprudente, consume horas que deberían dedicarse a tareas de naturaleza más productiva o más práctica. Escribir es insensato porque en ocasiones no paga. Como quiera que sea, escribir se vuelve necesario sobre todo cuando el traje de luces de los que tienen la gloria resulta tan admirable y digno de posesión.



Blanco, blanca es la página en blanco, blanco el silencio, la ausencia de ideas. No es coincidencia que black en inglés se refiera a la ausencia de color y blanco en español se refiera a lo mismo. Negro y blanco. Negro es el silencio al cerrar los ojos de manera somnolienta, pensando quizá que ya no hay nada que decir y que hablar es, ya en sí mismo, hablar de más; y callar es una manera de volver a vivir esa vida que, de suyo ya resulta intransferible, incomunicable. Tal vez escribir sea esa excrecencia que queda luego de haber vivido, lo que dejamos como remanente de nuestras experiencias vitales, simples palabras a escribir cuando la experiencia cotidiana nos hacer morir un poco cada vez. Palabras que quedan como marcas de haber estado ahí, como señales de una vida que constantemente parte, que se despide con sus palabras. Y así, escribiendo como si se tratara de una despedida incesante se han gestado las grandes literaturas.

Podríamos decir que hay quienes escriben porque le temen al vacío, horror vaccui. Otros porque precisan la limpieza de su alma, los hay más que ven en la palabra escrita una manera de pedir cuentas al mundo que les rodea, para otros es un ajuste con la creación, una manera de levantar un proceso a aquello que en muchas culturas llaman Dios. Pensemos en un escritor como Kafka, a quien su propia tradición y la manera de expresar su religiosidad lo imbuía de una necesidad de consignar en palabras su relación con los misterios del mundo y su propia condición de marginalidad, hablo de una segregación como raza, y al mismo tiempo la manifestación de una singularidad expresada como un escritor de genio. En muchas ocasiones la escritura es un acto de rebelión, una forma más de sublevarse contra la realidad. Una sociedad cuestionada engendra una cofradía de escritores contestatarios capaces de propagar, a través de la creación literaria, la idea de otro mundo. Macondo no sólo le corresponde a un país como Colombia, surge constantemente como paradigma cada vez que un escritor cuestiona su propio entorno y decide engendrar nuevos mitos a través de la ficción. No debe extrañarnos que las grandes obras de la literatura latinoamericana (los escritores del boom) hayan surgido en países donde por lo regular, vivían regidos por las injusticias, las desigualdades sociales y los regímenes dictatoriales. O bien, pensemos en el Siglo de Oro español donde las constantes guerras imperiales promovidas por los monarcas Habsburgo habían expoliado completamente el futuro del pueblo español. Vemos a una España antirreformista, religiosamente dogmática, resistente al empirismo y el racionalismo que otros países empezaban a descubrir. Esa España había creado una clase parasitaria de nobles y había cancelado la posibilidad de una tradición liberal y democrática a la que tuvieran acceso otros pueblos. El Siglo de Oro, que para los estudiosos se extiende hasta el siglo XVII también es el siglo de Lope, de Quevedo, de Cervantes, de Góngora, de Tirso de Molina. Como la poesía de los pueblos es una manera de decirnos lo infelices que son, no es de extrañar que Octavio Paz defina al ser humano como un olmo cuyos frutos, extralógicamente, son peras.

La imaginación literaria es una rebelión contra el estado actual de las cosas, una reinvención de la realidad, una crítica hacia ella, un replanteamiento de nuestra comprensión del mundo, un afán de construcción de algo alterno que purifique y al mismo tiempo destruya la noción establecida de lo “real”, es la inclusión de una nueva realidad y la tenacidad para reconstruir constantemente un mundo que se aleja de nosotros. La escritura es intención de recuperación no siempre vana.  Pero también es una necesidad de invocación del recuerdo, de la memoria, de la pulsión interior, de la fantasía que nos abruma con su presencia constante. El escritor es el enamorado de la palabra pero también es aquel que se siente avasallado por su mundo interior al que hay que exteriorizar, el mundo que hay que verbalizar a toda costa.
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