jueves, 3 de octubre de 2013

Los creadores



Daniel J. Boorstin. Los creadores
744 páginas
Editorial Crítica.


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Por: Noé Vázquez




Me gustan los libros que se distienden de manera lineal y abarcan muchos espacios. Como una carretera larga en el desierto. Libros que invitan al road movie. Y tanto mejor si son atrayentes y cautivadores de tal forma que sus lectores los vean como mujeres fatales. Libros que son viajes que no cansan, que no repostan en ningún lado. Libros así crean entre nosotros y el mundo un campo espacio-temporal, una curvatura de la realidad. Pienso en esto mientras hago fila en ese banco que está cerca de mi trabajo. Nunca imaginé, ni siquiera en mis sueños más desaforados que los libros dejarían de abrirse en alguna página para simplemente, "encenderse". ¿Qué enciendo? ¿La creación, la imaginación, el intelecto? Luego de entrar al formato digital uno se pregunta si los androides sueñan también con libros electrónicos. 

La espera en la fila del banco me exaspera, hay tanta gente y un hombre sin atributos igual que yo que está en la ventanilla parece alentar sus movimientos mientras que el reloj analógico de la pared parece desplazarse en sentido contrario. Hay que hacer algo. El cajero parece multiplicar perversamente sus procesos para abarcar más del poco tiempo que siento que pierdo constantemente, el tictac que cuento para escaparme de la realidad a algún café cercano. Los usuarios desesperados protestan sin hablar, protestan esa lentitud hacia adentro de sí mismos, lo sé por sus miradas. Es el momento de curvar la realidad, de encontrar un atajo, abriré un libro y combaré el espacio. Veamos, pienso que Los creadores de Daniel J. Boorstin es suficientemente largo, tiene setecientas páginas, así que empiezo a leer con la esperanza de que mi felicidad sea tan breve que acorte los tiempos; leo unas cuantas páginas y en un santiamén estoy en la ventanilla. ¿Qué ha pasado? No cabe duda que la felicidad nunca dura en casa del pobre. Ahora tendré que preocuparme por depósitos y cobros de cheques. Contradicciones de la relatividad temporal: ahora no sé si quiero ser atendido en la ventanilla o quiero continuar en la ensoñación feliz de mi lectura. Al final creo que me quedo a medias, con un poco de ambos o con casi nada. Prefiero meditar sobre este libro.

Pensar en crear y después, hacer la tarea de reinventar el mundo. Pensar en un mundo posible y después imaginarlo. La primera obra de creación consiste en elevar las expectativas sobre la ya hecho para concebir alguna innovación. Las primeras obras de creación consistían en invocar lo ya visto, aquello que el día agonizante nos había negado volver a ver, representar es una manera de querer volver a ver algo, o ya en miras de tener una obra, regocijarse con su contemplación. Crear es imaginar la realidad tal y como nos gustaría que fuera. La obra del historiador Daniel J. Boorstin es una síntesis de las obras que han marcado paradigmas en la creación. La historia de la creación supone dificultades como la de capturarla en un espacio escrito que redunde en síntesis y no nos olvidemos de que siempre hay omisiones, espacios en blanco que el viento redujo a cenizas en el aire y que sólo los eruditos de las universidades podrían estudiar; el lector de divulgación procede a abrir voluminoso libro esperando no encontrar jamás una omisión, un nombre que quisieramos que estuviese.

 La Historia es una gran discriminadora, procede por eliminación, por desdén, por olvido; pero nos deja con lo más señero: la invención de la escritura, las matemáticas, las pirámides, los desafíos arquitectónicos en la Antigua Roma, las invenciones, la innovaciones, los nuevos materiales, los creadores, los locos, los ingenios, las problemáticas a resolver, los dilettanti, los grandes fracasos, los maestros de la pintura renacentista, la revelación del genio. El arte surge cuando necesitamos representar lo unitario de la experiencia humana, las pasiones, la comunión con alguna divinidad; la creación también es el cerco material y físico que le ponemos a la muerte, la trampa que le imponemos al olvido que se vuelve inevitable, insoportable; la creación es una manera de recordar lo que fuimos, de no dejarlo ir porque en su momento nos enriqueció con la manifestación de una verdad que en su momento fue importante, nos engrandeció mirarla. Daniel J. Boorstin se ocupa de generalizar las concepciones artísticas a lo largo de los siglos, pero también de incluir el asombro que deben provocarnos las personalidades, las individualidades de los creadores además de su anecdotario. No hay nada en Boorstin que alguien más no hubiera dicho ya pero sabe invocar el azoro de quienes somos neófitos en alguna disciplina porque nuestras vidas son breves y para lo único que sirven es para darnos la condición de simples aficionados. La esforzada trilogía de Boorstin que comprende también Los pensadores y Los descubridores es la vasta empresa de un bibliotecario que debería leerse como libro de texto obligatorio, como si tal cosas existiera. ¿Es obligatoria que la felicidad que un libro nos otorga?

La creaciones reflejan los modos de ser de las sociedades, su relación con la realidad y su crítica ante ella. La creación humana es el síntoma de una energía vital que aprendemos a encauzar en busca de la belleza que redunde en felicidad, en disfrute cotidiano. La Hagia Sofía fue una manera de celebrar la grandeza del espíritu humano y su relación con Dios. Las grandes obras literarias fueron una manera de encauzar ciertas preocupaciones haciendo partícipes a los demás, por eso Boorstin nos recuerda la importancia de escritores como Shakespeare, Cervantes, Chaucer, Balzac, Dickens, que renovaron la forma en la apreciamos nuestra relación con el mundo. La creación puede ser controversia, es poner enfrente algo que antes no estaba y someternos al estupor, a la maravilla de una contemplación; la creación nos desplaza de lo cotidiano, fuera de nuestras actitudes mezquinas, miserables y anodinas; mueve y conmueve, y nos hace entrar en el dinamismo de la obra, desde diversas actitudes, y también, desde diversas concepciones estéticas y morales. Pienso, por ejemplo, en La pequeña bailarina de catorce años (1881) que Degas presentó alguna vez y que motivó el escándalo, las diatribas encendidas; la obra parecía una escultura primitiva, se le consideraba fea como una momia detrás de un cristal. Con el paso del tiempo la hemos comprendido mejor, tal vez de la forma en que Degas lo hubiera deseado. Si antes nos desplazaba a una zona de inquietud y morbo ahora nos provoca tranquilidad, nos mueve a una zona de profunda empatía y felicidad.  

Como me gusta seguir combando y alabeando los espacios, pienso seguir llevando a todas partes esos triángulos de la Bermudas portátiles que son los libros. Y ustedes ¿no han notado últimamente una distensión relativa del espacio?
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