jueves, 7 de junio de 2018

Emmanuel Carrère, un corte transversal



La ficción de sí mismo

Cuando nos acostumbramos a ciertas formas de relato ya probadas dentro del mundo editorial, adentrarnos en la obra de Emmanuel Carrère (París, 1957) ya supone un cambio de perspectiva y una modificación de nuestras expectativas respecto a lo que creemos que vamos a encontrar en sus obras. Emmanuel Carrère resulta un escritor atípico en medio de tanta literatura juvenil con temáticas de reinos perdidos y dragones, o de ficción relacionada con thrillers históricos, o bien toda esa literatura barata y poco ambiciosa hecha de frases manidas y lugares comunes que es del gusto de las mayorías. Lo que abunda en los escritos de Carrère es algo distinto que, como es un muy sabido y repetido ad náuseam en los medios, tiene su prosapia en el inventor del ensayo literario, hablamos de Michel de Montaigne, escritor y humanista del siglo XVI. La fórmula que nos heredó Montaigne señala sus intenciones: «Quiero que se me vea en mi forma simple, natural y ordinaria, sin contención ni artificio, pues yo soy el objeto de mi libro». Montaigne es el objeto de Montaigne, su material, su instrumental y su mesa de trabajo. Hay algo de confesional y de reflexión filosófica en Montaigne que también se encuentra en San Agustín y en Jean-Jacques Rousseau. A partir de ahí, de ese escudriñamiento que convierte al sujeto en laboratorio de sí mismo a través del recurso de la experiencia se puede entender la obra de Carrère. En sus textos abunda lo intimista mezclado con lo periodístico, lo anecdótico entrecruzado con lo histórico, la crónica referida con elementos biográficos, lo personal visitando lo argumentativo que será el soporte de sus especulaciones, la autoficción acompañada del rigor bibliográfico, la relación verídica de los procesos de su escritura mientras se interviene como sujeto de análisis, de reflexión; la descripción del milagro de lo ajeno con cierto nivel de penetración psicológica desde la criba de su perspectivismo. 

Lo que hace Carrère en sus libros es la auto disección. La obra de Carrère habla de Carrère escribiendo, del momento vivencial en el que se encuentra mientras escribe, de lo que sucede en el proceso de su escritura, de aquello que lo condujo a escribir el libro que ahora leemos y de sus posibles repercusiones. Su obra se asemeja a un corte transversal de sí misma, como quien observa un mecanismo de relojería suiza en donde, tras el cristal de zafiro, es posible ver desde afuera los resortes y engranajes que hacen funcionar el artefacto. Abrir un libro de Carrère es penetrar en las antesalas y andamiajes de la obra que leemos. Leerlo es visitar una personalidad en su movilidad, en sus transformaciones. En muchos de sus escritos se observa la gestación del mismo texto, los anteriores de los que fue resultado y los futuros de los que algún día será la excusa. Me doy cuenta que, podemos tomar cualquiera de sus obras y ver en ella las raíces de sus motivaciones y los vasos comunicantes con otras. Una suerte de mirador desde donde atisbamos recintos varios. Textos que son pretextos de sí mismos, asomo intertextual. Un libro de Carrère no se entiende o justifica por sí solo, se apila junto con otros para tender hilos y combinar sus códigos. Podemos tomar un ensayo, El reino (2015), por poner sólo un ejemplo, el cual nos habla de sus experiencias religiosas, sus contradicciones, la tensión existencial en su acercamiento al cristianismo, y ahí, en esa radiografía biográfica de su «yo» cristiano estarán algunas claves que explicarían la gestación de El adversario (1999). O bien, iremos a la biografía de Philip K. Dick en Yo estoy vivo, vosotros estáis muertos (1993) para encontrar un paralelismo entre las hondísimas preocupaciones religiosas y el misticismo del escritor de ciencia ficción (Dick) para entender las lecturas adolescentes del biógrafo (Carrère) que se fascinaba con Ubik (1969) mientras estudiaba a los evangelistas. O bien, en De vidas ajenas (2009) podemos encontrarnos con una escena en donde Carrère regala un ejemplar de El adversario, mientras que, en este mismo libro menciona las justificaciones para escribir Una semana en la nieve (1995) que fue leída por el personaje principal de aquel (Jean-Claude Roman). A partir de este libro, confiesa, un tanto horrorizado por la trama que acaba de escribir, saltará hacia la investigación sobre su abuelo paterno. La exhumación de estas memorias tendrá como resultado la investigación que lo condujo a una obra muy posterior, Una novela rusa (2007). En sentido figurado, el autor escribe sobre su propia epidermis, así como cuando mudamos de piel y reescribimos para ser palimpsestos de nosotros mismos, una epopeya de Gilgamesh que va cambiando en la medida que se adquieren nuevas experiencias. Esto es muy notorio en obras como El reino, en donde podemos advertir sus fases y procesos, sus volantazos de opinión, sus cambios de perspectiva. Puede otorgar una aseveración en la página noventa y cinco, matizarla en la página ciento tres y refutarla en la doscientos cuatro. Pero no nos engañemos pensando que esto implica una falta de rigor o contradicción, al contrario, lo que observamos es una relación dinámica de la escritura en sus procesos. Cuando leí El reino me di cuenta que, sin importar mi falta de religiosidad (me siento más seguro en un mundo de certezas científicas) podía recuperar un poco la sorpresa por un sistema de creencias, al principio marginal, que trastocó completamente los valores de la Antigüedad, una especie de impostura que creó nuevos mitos y que definiría el humanismo en siglos posteriores. Carrère hace una recapitulación de la historia del cristianismo a partir de los apóstoles Pablo y Lucas, no desde un punto de vista moralista, aleccionador y pontifical, sino desde su experiencia personal usando un tono íntimo y confesional. Carrère explica su religiosidad pero no desde el dogma, sino a través del rigor de la investigación histórica. Lo que leemos es historia pero también es autobiografía y de alguna manera nos ayuda a recuperar la extrañeza y a reivindicar la sorpresa que debemos encontrar en el mundo. 

El biografiado

Alguna vez, al hablar de lo meta literario que descubría en una obra como HHhH (2010) de Laurent Binet, me daba cuenta que parecía una literatura hecha «en tiempo real», como en algún reality show de los que abundan. En este tipo de obras, el autor no cesa de explicar lo que escribe, de justificarse a cada momento, de voltear a ver al lector. Entonces, lo que leemos forma la imagen de una obra siempre inacabada o en proceso, experimental, si se quiere. Los pasos de concreción se dan en la medida que leemos, el lector es el as en la manga del autor y éste participa del dinamismo del autor, la obra es esa exposición de motivos que la explican y le dan sentido, el lector otorga la fase final, el acomodo definitivo. El autor no será el mismo después de terminar de escribir lo que leemos. El escritor utiliza sus libros como un confesionario cristiano desde donde van a emerger nuevas motivaciones y temáticas; o bien, el arrepentimiento, la penitencia, la expiación; es lo apologético que descubrimos en San Agustín, en Montaigne, en Rousseau. ¿Se expía el escritor con otros libros? ¿Se castiga al dejar de escribirlos? ¿Se redime el escritor a partir de su arte? Escribir es una experiencia de transformación. Escritor en vivo y en directo, a la vista y al portador, Emanuel Carrère es visto como un autor cuyo temperamento es imposible de desprender de la obra que escribe. No se puede entender sin adentrarnos en sus pulsiones. Toda imagen del mundo está imbricada en nuestra subjetividad, desde este punto de vista, todo será subjetivo o no lo será. Afrontamos la realidad y la juzgamos partir de la historia que contamos de nosotros mismos. Mientras los platónicos buscaban el logos o la idea pura y sin mácula, no contaminada por las creencias falsas, la mayoría de nosotros practicamos aquello que los griegos llamaban doxa, que era propia de los sofistas, es decir, opinión, el hombre es la medida del hombre y lo que es bueno para unos, puede no serlo para otros, relativismo al fin y al cabo; pero también, aparte de la opinión, está la historia que nos justifica, nuestro background. Cada persona se asume a sí misma como un relato o conjunto de relatos. Este relato estaría formado por su educación, sus rituales de iniciación o las sacudidas que dan forma a la experiencia, sus creencias religiosas o políticas, ese anecdotario que le constituye, y esas poses y muletillas del lenguaje que forman el estilo de cada uno. Cada persona entraña una lectura en sí misma, con esa historia o conjunto de historias se explica y se presenta a otros. Las crisis personales y sociales inician cuando nuestros respectivos relatos entran en conflicto con la realidad palpable o con los números fríos con los que medimos la objetividad. Un discurso político o religioso puede infundir un relato social que se derrumba cuando cambian los paradigmas históricos o ciertos valores dejan de tener relevancia para ser cambiados por otros. Sin importar las crisis, nos relatamos. Al autoficcionarse en algunos de sus relatos, Carrère rescata y pone en relieve la importancia del «yo» en la narración. En ese conjunto de relatos personales y sociales se traduce la realidad pero no como una manifestación de narcisismo o deseo de protagonismo; el autor está «ahí» en el texto porque refiere hechos que afirma, le incumben, le sucedieron a él, o estuvo ahí para verlos, como es el caso del tsunami del que fue testigo mientras se encontraba en Sri Lanka en el 2004 y que fue el detonante de De vidas ajenas. 

Capote. La ficción del reportaje


En obras como El adversario y Limónov (2011) el estilo de Carrère tiene mucho que ver con la novela de no-ficción, la novela-periodismo, la investigación novelada, la crónica personal, la novela-documento, el periodismo literario y la autoficción; y al hablar de estas formas híbridas de novela, de inmediato salta a la memoria, de manera natural, Truman Capote cuando escribió A sangre fría (1966). Capote experimentó con un género para abordar el tratamiento de unos hechos que conmocionaron la opinión pública como fue el asesinato de la familia Clutter a manos de dos vagabundos, Dick Hickock y Perry Smith, lo que lo condujo a una fórmula narrativa que para ese momento era innovadora y que, le atrajo a no pocos detractores. Su novela-testimonio tuvo también en Norman Mailer, a uno de sus grandes defensores. Y hablando de Mailer, fue éste, quien, tomando un poco la estafeta, escribió La canción del verdugo (1979), que trata acerca de la historia de Gary Gilmore, un joven perturbado que termina convirtiéndose en asesino, y sobre su lucha porque le apliquen la pena de muerte. Recuerdo haber leído A sangre fría a la edad de dieciséis años, lo que me conmovió en ese entonces, y lo sigue haciendo, es la profunda humanidad de los personajes. Truman Capote entra en la cabeza de estos dos asesinos para ofrecernos un panorama brutal y descarnado, pero también, repleto de humanidad, de patetismo. El retrato de los dos personajes los vuelve cercanos al lector, y ya no se trata de un par de hienas fotografiadas por la literatura sensacionalista y maniquea, ahora, a partir de la ficción de Capote, estos individuos son humanizados, también pueden tener virtudes, pueden condolerse por los demás o inspirar simpatías. La investigación de Capote entra hasta los momentos más recónditos de la historia de los personajes, no los justifica, pero sí los explica. Tiene el fenómeno literario el poder de crear memorias perdurables y tengo muy presente ciertas escenas de la novela que hasta la fecha sigo recordando. Para escribir, A sangre fría, el autor de Desayuno en Tiffany’s fue más allá del periodismo, o pensándolo bien, condujo el ejercicio periodístico hacia los niveles de un gran arte. Capote, quien poseía una memoria prodigiosa, supo capturar una gran cantidad de detalles para crear la atmósfera de su novela, procurando que ésta no se apartara de lo real. El autor afirmaba que su relación sería verídica, supo hacer una investigación que abarcó toda clase de facetas: la historia personal de cada uno de los personajes, sus gustos, sus motivaciones. Se combina lo psicológico con lo anecdótico, lo histórico con lo biográfico. Y además, entra en la novela como un orquestador y personaje. En A sangre fría leemos a Capote como el escritor que elabora una ardua investigación que le tomaría muchos años, la elaboración de una ficción de la cual, según sus propias palabras, jamás pudo desprenderse. Capote sale de las demarcaciones de su imaginación para ponerse en contacto con lo escabroso del mundo del hampa llegando al límite de relacionarse con los biografiados. Dos películas de la década del dos mil se aproximan a esa relación extrema con la realidad, una es Capote (2005) en donde vemos a un Philip Seymour Hoffman brutal y consagradísimo, y otra, Infamous (2006) con la no menos memorable actuación de Toby Jones. Ambos actores capturan el genio y la personalidad del célebre escritor y conforman sendos homenajes a su memoria. Tal vez la novela de Capote sea uno de esos mitos literarios que se quedaron para siempre en la imaginación de los lectores y de la crítica. Regresando a Carrère, El adversario (así como en A sangre fría) es la relación de un suceso verídico. En enero de 1993, un hombre llamado Jean-Claude Roman asesina a su mujer y a sus hijos, luego, mata a sus padres. A partir de ese suceso que impactó a los medios y a la opinión pública, Carrère decidió reconstruir los hechos de toda esa cadena de eventos que condujeron a un hombre a cometer semejante crimen. Este proceso de reconstrucción narra una historia acerca de cómo una acumulación de mentiras cada vez más elaboradas y sofisticadas conlleva la creación de otras, para sostener las anteriores llevando al personaje a una situación extrema en la que la única solución es el asesinato y el suicidio, la imágenes planteadas en esta relación verídica son brutales, sus lecturas conllevan lo psicológico y lo social. La vida de Jean-Claude Roman se convierte en una estafa en la que los secretos se acumulan y en donde se atisba un desenlace fatal. 

Para Carrère, su estilo no forma parte de la novela. Considera que los materiales con los que escribe sus libros tienen que ver con la vida misma y así, como en Montaigne, decide imprimir ésta sin artificios de ninguna clase. Afirma que no sabe escribir ficción porque ésta entraña otro nivel de imaginación. También dice que le interesa la vida de la gente que no tiene que ver con él pero que, al retratarla, lo debemos hacer desde un espacio personal, reafirmando el mismo. Más arriba hablaba del lector como el as en la manga del escritor y esto se explica mucho mejor cuando Carrère menciona que le cuesta terminar sus libros, tal vez porque los imagina interminables, entonces seguirán dando vueltas en la imaginación de quien los lee. Que sirva este apresurado corte transversal de un lector para dar una idea, aunque sea aproximada, de lo que representa este autor.


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