jueves, 26 de febrero de 2015

Patrick Modiano. La identidad y el arte de la memoria



Por: Noé Vázquez

“Por el arte de la memoria con el que ha evocado lo más incomprensibles destinos y descubierto del mundo real de la Ocupación Nazi de Francia”, así justifica la Academia Sueca el galardón al escritor francés Patrick Modiano, un autor caracterizado por una modestia a prueba de los premios más grandes (como el Goncourt, el Roger Nimier,  el Feneón);  un escritor bastante reacio a emprender viajes y cambios de domicilio y que ha preferido habitar distintos suburbios parisienses como si el mismo Paris fuera un país en sí mismo, un inagotable mar de historias difusas y soterradas que persigue vagabundeando de barrio en barrio. Lo imagino en alguna banqueta mientras se asoma a alguna cafetería o en alguna librería de saldos y piensa en las personas que están adentro. Lo veo reflexionando sobre la forma en la que, con el paso de los años, los rostros de los desconocidos terminan por parecernos extrañamente familiares, como si los hubiéramos visto antes; tal vez piensa que pudo encontrarse con ellos en otros tiempos, en otras circunstancias; o tal vez tuvieron alguna relación ya sea directa o indirecta con él. Es posible  que aproveche sus periplos para meditar sobre la forma en la que la distancia falsifica nuestras memorias, o las reinventa para luego quedarnos con una impresión rota, mistificada por la  bruma que trae aparejada el recuerdo. Tal vez reflexiona acerca los hilos conductores que relacionan una persona con otra, o en las distintas historias que parecen entrelazarse. Mientras camina por las calles parisienses conjetura ciudades posibles que destruyó el tiempo y cambió la guerra, fachadas de casas que ya no existen porque las absorbió el progreso. París alberga tras de sí otras ciudades que algunos no podemos ver. Afirma en Dora Bruder:
«Tengo la impresión de ser el único en establecer el vínculo entre el París de aquel tiempo y el de hoy, el único que se acuerda de todas esas minucias. En algunos momentos, el vínculo se adelgaza y está a punto de romperse; pero algunas noches la ciudad de ayer se me aparece con reflejos furtivos detrás de la de hoy. »
 Modiano quiere recordar una época que no vivió por haber llegado demasiado tarde, nació en 1945 pero sus novelas relatan el mundo perdido de la Ocupación; de inmediato se advierte que Modiano “nació” con  una memoria ajena que él considera que le incumbe.  Sus temáticas vertidas en su novelística reflejan constantemente esa época tal vez como una obsesión derivada de su entorno familiar: una madre, actriz de profesión, demasiado reacia a mostrar sentimientos a su hijo;  un padre destinado a llevar una vida al margen de la ley, siempre distante; un hermano, Rudy, quien murió muy joven y cuyo recuerdo perseguirá siempre al autor. Una manera de familiarizarle con la forma en la que usa la primera persona para viajar al mundo de la ocupación alemana es leyendo Los bulevares periféricos, novela que refleja la vida de un grupo de desclasados, trapicheros y extorsionadores que aprovechan el caos de la guerra para ganar un poco de dinero. En ese ambiente enrarecido el personaje principal Alexandre, ayuda a su padre a embaucar a coleccionistas incautos o bibliófilos inexpertos. Modiano lamenta no dar un mejor pedigrí de estas personas, pero son las historias y personajes que prefiere por que vienen como sombras, como presencias vagas y entrañables; son de una ternura que nos hace ser partícipes de su desarraigo, su vagancia y muchas, veces, de sus crímenes y pecados. Son cientos de personajes que circulan en la suma de sus pequeñas obras que rondan entre las 160 y 200 páginas cada una que reunidas forman un cosmos que le da preponderancia a lo sombrío y lo inconfesable, una especie de Commedia grisácea  que en este caso, sería una visita al Purgatorio.
Estoy seguro que la Academia Sueca, quien ve a Modiano como “un Proust de nuestro tiempo”, pensó en él por ser el restaurador de un valor muy caro a la literatura, la evocación, la reivindicación de pasado, la restauración de recuerdos que apenas entrevemos y que aparecen de repente, sepultados en los archivos, en forma de expedientes, de fotografías en blanco y negro a punto de volverse polvo por los efectos del tiempo pero que alguna vez tuvieron una contraparte real. En sus novelas están esos “nombres que la Historia desdeña”, como supo verlo Octavio Paz en su poema Nocturno a San Ildefonso.
 En caso de Modiano hay una obsesión con el pasado y una tendencia constante hacia la búsqueda de la identidad, de la reconstrucción de hechos y el compromiso con la verdad.  Se dice constantemente que la historia de la Ocupación Nazi en Francia es un capítulo desgarrador, lo forman una serie de relatos que se pierden en los túneles oscuros de la memoria como algo que se quisiera dejar enterrado; es un periodo inconfesable y doloroso por cuestiones como el colaboracionismo, el gobierno neonazi de Vichy y la participación del Estado francés en la deportación de judíos. Es así que en la narrativa de Modiano cobran vida esas historias personales que vuelven a nosotros con esa contumacia que hace que tengamos pesadillas que nos despiertan y nos cortan la respiración a medianoche. Podemos olvidar pero la culpa de nuestra Historia y nuestras historias nunca se olvida de nosotros. Cuando pienso en escritores como Primo Levi o Stefan Zweig quienes fueron testigos de la locura de la guerra y escribieron sobre ella para luego suicidarse comprendo esa pesadumbre que no los abandonó nunca. Estoy seguro que Modiano prefiere recordar a escritores de antes de la guerra que desaparecieron sin dejar rastro y cuyas obras fueron sepultadas en las librerías de viejo y nunca pudieron ser revaloradas por la crítica.
Para reconstruir ese mundo perdido se requieren intuiciones correctas, y apegadas a la verdad, pero al hacerlo, Modiano crea una ficción para sí mismo y sus lectores. Estas memorias reconstruidas, que son una constante de sus novelas, al trasladarlas a la formalidad de las palabras adquieren instantáneamente esa aura que las idealiza para convertirlas nuevamente en fantasía. La literatura tiende puentes entre con la realidad de los que el escritor de genio sabe aprovecharse. De un ir y venir de un mundo perdido sacó Proust sus recuerdos que, iluminados con su memoria lo llevaron a desarrollar una fórmula poética que iluminaba las vivencias con la comunión de todos sus sentidos. 
  Los materiales aportados son escasos, de ahí ese intento de recuperación que a través de una ficción que revele lo real. Cuando escribió su primera novela El lugar de la estrella  (La place de l’Étoile) estaba poniendo de una forma una tanto sarcástica, festiva y estrambótica los cimientos de lo que serían sus temáticas, sus obsesiones recurrentes que lo hacen referir detalles de su vida personal, de aquí que se le considere como una escritor de autoficciones. En las primeras novelas de Modiano que forman la Trilogía de la Ocupación, se advierte ese mundo caótico en donde abundan los negocios turbios e inconfesables;  las especulaciones con artículos de lujo, o la escasez constante de muchos de sus protagonistas que tienen que sobrevivir a menudo traicionando sus propias creencias, o reforzando las propias. Las obsesiones y manías de Modiano lo han perseguido hasta libros relativamente recientes como Dora Bruder o Un Pedigrí.
Teniendo como “ángeles tutelares” a  Marcel Proust y a Louis-Ferdinand de Céline, Modiano creó en su primera novela a un personaje que explica el deseo de pertenencia y el anhelo de pertinencia social que caracteriza al Narrador proustiano. Es verdad de Proust puso en evidencia el esnobismo de una clase social pero también es cierto que Proust, por sí mismo era un snob, la gran novela sobre el esnobismo que es En busca del tiempo perdido también es el ejercicio de esnobismo más grande toda la literatura occidental, tal vez sólo comparado a La comedia humana de Balzac, que retrataba muchas veces a una sociedad a la que, se dice, ansiaba pertenecer. Proust como escritor y personaje, y el Personaje-Narrador proustiano crearon un  monumento literario para que los biógrafos como Ghislain de Diesbach y George D. Painter pudieran asociar el nombre de Marcel Proust de una vez por todas y para siempre con esa marea de nombres relacionados con el gratin del Faubourg Saint-Germain: Geneviève Halevy, la princesa de Caramay-Chimay, los condes de Greffulhe,  Charles Haas, el barón Robert de Montesquieu, la reina de Nápoles, el pintor Whistler, los escritores León y Lucien Daudet, la actriz Sarah Berhardt, Horace Finaly y ese largo etcétera de quienes tomó prestadas sus personalidades para crear ese monumento al recuerdo que es su novela. Y esa voluntad de evocar también acompañará en un principio la narrativa de Modiano: las memorias alucinantes, carnavalescas, auto celebratorias y auto condenatorias de El lugar de la estrella. Nuevamente, como un name dropper donde hace desfilar personalidades asociadas a situaciones un tanto bizarras, a veces cómicas y en ocasiones absurdas; situaciones derivadas de una genealogía cultural que combina hechos reales con situaciones imaginarias.



Y todo empieza, no con los años oscuros y vergonzosos de la ocupación alemana en Francia; todo viene de más lejos, de esa suma de estereotipos y prejuicios que han señalado una raza y una religión. Tiene relación en el eterno problema judío, hay que rastrearlo en el mismo guetto de Varsovia y el Cementerio de Praga. Lo tenemos que buscar en los trenes que partían de Salónica para atravesar media Europa, o mejor aún, con el Caso Dreyfus y el J’accuse! de Emil Zolá y compañía.  El personaje principal de Modiano es un judío de nombre Raphäel Schlemilovitch que verbaliza su mundo de forma arrebatada para convertirlo todo en una farsa; el personaje parece intuir y vivir a medio camino entre el colaboracionismo y la rebelión para terminar burlándose de ambas desde una visión carnavalesca y bromista de la locura que engendra la guerra. Para el personaje de Modiano ser judío es serlo todo y al mismo tiempo nada: miembro de la Gestapo, colaboracionista, amigo de Goering o de Hitler, íntimo de Eva Braun o bien, inseparable de personajes de la más rancia nobleza francesa que pueden rastrear su ascendencia hasta Leonor de Aquitania. El personaje no parece definirse: a veces es partidario de los nazis, en ocasiones es hostil a ellos. Ser judío consiste también en dejar de serlo algunas veces y otras tanto, ser otras cosas: tratante de blancas, proxeneta, informante de la policía, estudiante del Liceo Francés, y siempre, un ávido e insaciable snob que presume ser más francés que los mismos franceses. Como un gran gesticulador buscar ser, en fin, todo lo que es dable ser, incluyendo ser judío.
  

“Soy judío”, parece gritar a cuatro vientos y al hacerlo se burla de los estereotipos y los malos entendidos respecto a esta raza y religión; esa postura sarcástica lo hace recapitular esa suma confusiones y resentimientos que castigó a una raza para luego desaparecerla del mapa de Europa en esos vagones que se dirigían a Belzec, Dachau, o Treblinka. El personaje prefiere hablar con ironía y sarcasmo sobre la conspiración judaica, la avaricia sin fin, el pan ázimo rociado con sangre de niños recién nacidos, la inmortalidad y la presencia funesta del Judío Errante, el Protocolo de los Sabios de Sión, la obras falsarias de Eugenio Sue, los tejes y manejes del capitalismo judío internacional, las conspiraciones bolcheviques… y otras tantas patrañas de la literatura sensacionalista. Concebido como una represalia hacía  esa suma de burlas, humillaciones y prejuicios alrededor de los israelitas, Modiano afirma que en El lugar de la estrella fracasó en su venganza. A fines de los sesentas, cuando se publicó la novela la literatura antisemita y sus autores ya estaban olvidados.
Cuando uno lee El lugar de la estrella se da cuenta de lo imposible que resulta despojarnos de la malicia de ver en cada hombre o mujer las huellas de una raza, de una religión, o de los antecedentes culturales y sociales que forman una personalidad. El personaje de Modiano no pude fundirse con el ambiente que le rodea, ser Otro y lo Otro como una especie de camaleón humano, como un Leonard Zelig (si pensamos en el personaje creado por Woody Allen, quien logró intuir ese desarraigo y búsqueda de identidad que es propio de una raza que tiene emigrar constantemente). Es como el Odiseo del poema homérico  que se llama “Nemo” o Nadie como una forma de decir que su identidad es secundaria. Imposible pensar en un ser humano sin adjetivos porque, para que haya un Schlemilovitch tiene que haber una suma de progroms, una Historia del Judaísmo, una Shoah, una tradición inagotable de odio, una ocupación alemana en Francia, una Gestapo; un Himmler, un Heydrich y un cabo del ejército llamado Hitler, a quien, un buen día le dio por conquistar toda Europa. Y es la identidad la que nos sofoca, es nuestra cultura la que nos pone en estado de sitio. Es nuestra raza la que nos pone el estigma: ser un meteco, un extraño, un animal con cuernos, un banquero de apellido “Israel”; o un pobre buhonero que vende castañas en las noches frías de Praga pero que también sabe citar a Heidegger y Marx si es menester. 
Pero ser judío en Europa, también es, de alguna manera, ser un agente doble en algún punto de la Historia, para empezar se tiene que buscar la forma de no perder la identidad, la lengua, la religión y las costumbres en un entorno extraño en el que hay que dominar como mínimo dos lenguas. ¿Y si pensamos en el yiddish, o en el español ladino, o el hebreo? Tal vez más entonces. Luego, pasar desapercibido entre los gentiles desempeñando alguna actividad, de preferencia, lo más lucrativa posible para poder “untarle la mano” a autoridades antisemitas que se hacen de la vista gorda cuando es necesario o para financiar a los nobles y aristócratas, quienes ya instalados en la molicie, han olvidado la “nobleza obliga” que trae aparejada su condición. Y si pretendemos ser judíos cultos, hay que dominar el alemán o el francés; asimilar una lengua extraña para entender una realidad fluctuante en donde siempre se es un peregrino, en donde siempre se incide con cierto genio para modificar la historia pensamiento. Y todo para que algún hebreo pueda convertirse en un Rainer María Rilke, en un Franz Kafka, en un Elías Canetti, en un Stefan Zweig, o bien, en un francés de ascendencia judío-italiana de nombre Patrick Modiano. Pero el judío modianesco también busca, a través del deseo de participar de todas las identidades, desaparecer en ellas; desaparecer con ellas para llegar al grado cero de su propia personalidad. La Historia de la civilización humana parece decirnos que todo judío es un “agente infiltrado” que por momentos no quiere serlo. 
Esa suma de clichés de los que Modiano parece aprovecharse refleja cierto horror a las identidades, pero al mismo tiempo cierta fascinación por ellas. Al combinar a través de una comparsa de nombres y referencias a la cultura literaria francesa, la historia y la heráldica, junto con elementos fantasmagóricos, delirantes pero al mismo tiempo de gran profundidad intelectual Patrick Modiano, en su primer libro sentó las bases de un mundo recreado una y otra vez como si se tratara de variaciones sobre un mismo tema, hecho que le mereció muchas críticas. Se ha reprochado a Modiano el escribir siempre el mismo libro, o de que cada libro que publica sea una variación sobre el anterior pero la impresión es falsa y obedece a malos entendidos. El espíritu y la intención son los mismos, pero los recursos formales y los procedimientos no lo son. Cada novela propone aproximaciones distintas. Hay que recordar que esta tendencia la podemos ver en escritores como Robert Musil quien se lamentaba de que lo único que podía hacer en la vida era “escribir El hombre sin atributos”.
Para terminar, Schlemilovitch, luego de pasar un tiempo con judíos de ultraderecha en Tel Aviv, recibe un balazo, para después acabar en el diván del doctor Sigmund Freud, engendrador de mitos científicos y “médico brujo de Viena” (a decir de Nábokov),  quien trata de convencerlo de que el judaísmo no existe, esta falsa idea de raza o nación es un simple y moderado padecimiento mental: “neurosis judaica”,  “paranoia yiddish”. Ya está. Asunto resuelto. Los judíos no existen y cada quien puede retirarse tranquilo a sus respectivas casas que aquí, no pasó nada. Schlemilovitch  afirma sentirse cansado, muy cansado. Y no es para menos, su desarraigo parece ser una larga espera en donde la vindicación nunca se presenta. 



Esa obsesión por la identidad es también explotada en novelas como Calle de las tiendas oscuras en donde el personaje principal Guy Roland, quien trabajó durante algunos años en una agencia de detectives, decide cierto día ir tras el rastro de su propio pasado en busca de respuestas sobre su propia personalidad ya que, luego de padecer amnesia, no recuerda ni siquiera su nombre real. La búsqueda gradual y constante su pasado tendrá la función de dar sentido a la vida del personaje principal. Las respuestas deseadas del pasado, las claves de su personalidad habrán de revelarse poco a poco como cartas puestas boca abajo que lentamente se voltean para darnos una serie de pistas que convierten el misterio de una persona en algo mucho más grande y complejo. Modiano apela a la curiosidad del lector que acompaña la narración en la que gradualmente se va desenmarañando la identidad del protagonista a través de un periplo que lo llevará a complicar aún más ese misterio. Si antes era el empleado de una agencia de detectives, la indagación del misterio de su pasado lo conducirá a un viaje que lo vinculará con muchas personas en una red de afectos e interrogantes que parecen no tener solución.
La memoria nos dice quienes somos, nos otorga una suma de códigos con los que nos presentamos; nos vuelve concretos y reales. Su ausencia nos hace etéreos, fantasmales; somos huellas que se borran y desaparecen sin dejar rastro  “como lágrimas en la lluvia”, si pensamos en los androides de Phillip K. Dick. Desentrañar el misterio de una vida es imposible: quedan las oquedades, las intrigas que determinan el destino de una persona, el misterio que envuelve cada ser que aparece en nuestras vidas y luego desaparece para convertirse en olvido. Sin un pasado del que pueda hacer acopio, Guy Roland termina por convertirse en un detective, su oficio le permite adquirir un arte que pueda ser utilizado en la investigación más importante de su vida. Así, revisa fotografías, entrevista personas desconocidas, hace toda clase de pesquisas en varios lugares del mundo. “Yo podría ser cualquiera”, piensa, es cosa de saber quién. Así lo expresa su personaje:
«Hutte me citaba, por ejemplo, a un individuo a quien llamaba “el hombre de las playas”. Aquel hombre se había pasado cuarenta años de su vida en playas o al borde de piscinas, charlando amablemente con veraneantes u ociosos acaudalados. En las esquinas y en los segundos planos de miles de fotos de vacaciones aparece en traje de baño en medio de alegres grupos, pero nadie podría decir ni cómo se llamaba ni por qué estaba ahí. Y nadie se fijó en que un día desapareció de las fotos. No me atrevía a decírselo a Hutte, pero creí que “el hombre de las playas” era yo. Por lo demás, no se habría extrañado si se lo hubiera confesado. Hutte repetía siempre que, en el fondo, todos somos “hombres de las playas” y que “en la arena —cito sus propias palabras— no dura más que unos segundos la huella de nuestros pasos”»
Seguir estos pasos equivale a desentrañar un drama que incluye el destino misterioso y a un tiempo adverso de ciertas personas que conoció y ciertos hechos que van saliendo a la luz poco a poco: su supuesta pareja Denise, por ejemplo, quien cruzó misteriosamente la frontera con Suiza, para nunca más volver a verla; sus contactos con una embajada extranjera, sus gestiones para cruzar la frontera y escapar; o su amigo Freddie, quien puede darle la pista definitiva. Cuando pienso en esta novela no puedo evitar recordar otra de Vladimir Nábokov La verdadera vida de Sebastian Knight, la cual más que resolver el enigma de una personalidad parece entrampar al lector con la idea de que Sebastian Knight, puede ser cualquiera: el narrador, el autor, el lector, o bien, el mismo Sebastian Knight. Al final no se presenta una respuesta sino que se enuncia una interrogante. La identidad no sólo es intercambiable por quien la posee o puede poseerla (podemos ser Otro y lo Otro, “todo es cuestión de distinguir las ondulaciones del alma de los demás”, dice Nábokov), también  es etérea, intermitente, efímera. Sirva esta carta de despedida del personaje para enunciarlo:
«Mi querido Hutte: me voy de París la semana que viene, a una isla del Pacífico en donde hay alguna probabilidad de que vuelva a encontrar a un hombre que me dará informaciones de lo que fue mi vida. Por lo visto, es un amigo de juventud.
Hasta ahora, todo me ha parecido tan caótico, tan fragmentario... Retazos, briznas de cosas me volvían de repente según investigaba... Pero, bien pensado, a lo mejor una vida es eso...
¿Se trata de la mía efectivamente? ¿O de la vida de otro, dentro de la que me he colado?»
Si Calle de las tiendas oscuras es la búsqueda de una identidad, Dora Bruder es la investigación de un destino trágico compartido por muchas personas durante la guerra. La búsqueda de Dora Bruder lo lleva a describir minuciosamente la ciudad y a un laberinto de oficinas burocráticas semejantes a guardianes del olvido, encargados que todo quede bajo el polvo. Modiano narra esa búsqueda emprendida en 1996, para describirla utiliza los recuerdos de su niñez y su juventud en distintos suburbios parisinos. También evoca a las personas arrastradas por ese apocalipsis de la guerra que segó la vida de tantas personas hoy olvidadas. Modiano tiene esa característica, rastrea el pasado pero no a través de una historiografía que engrandece ciertos nombres, sino a través de humildes pesquisas que lo llevan a personas desdeñadas por esa suma de nombres propios que es la historiografía de una guerra. Abre constantemente ese capítulo, muchas veces incómodo.
La rastrea desde su nacimiento hasta su internación en un campo de concentración. Vuelve a la cuestión judía que para los momentos de la guerra, en medio de tantas clasificaciones y etiquetas impuestas a las personas, no significa gran cosa. Rastrear a Dora Bruder tratando de llenar los espacios no documentados también es una buena ocasión de escarbar en sus propios recuerdos. El autor siempre recapitulará la conflictiva relación con su padre y sus constantes desencuentros.
Modiano se dio cuenta de muy joven, en la década de los sesentas que aquellos pequeños contratiempos como ser conducido a la comisaria por un furgón celular (anécdota que reinventa en Los bulevares periféricos y Dora Bruder), ser interrogado como un delincuente por un comisario de policía y todas aquellas pequeñas molestias experimentadas no eran más que “parodias”, representaciones inocuas de eventos que otros tiempos conducían a miles de personas a campos de concentración; eventos que en aquella época habían experimentado miles de personas hasta los límites infernales del sufrimiento, del dolor, del castigo infringido por una vorágine histórica que arrastraba a individuos hacia la tortura, la muerte, y esa segunda defunción que es el olvido. Por eso Modiano (cuyo padre era un delincuente quien, para sobrevivir en la clandestinidad, realizó toda clase de actos de dudosa moralidad) sabe justificar la mentira, el robo, el engaño; se siente solidario con las personas que llevan pasaportes falsos o desvalijan una casa con la esperanza de escapar de esa realidad sórdida de la guerra. Decir que Modiano “transmigra” es referir una característica común de todos los escritores pero también es decir una verdad. El autor sabe que es mejor aprender a sobrevivir como un proscrito que trafica para el mercado negro, que sencillamente, dejarse arrastrar a un Lager. La guerra vuelve comprensible muchos de nuestros pecados, incluyendo el robo.
En un principio refería ese París del que Patrick Modiano no sabe salir ni siquiera con invitación, y a ese París de la memoria de Modiano en la década de los sesentas (de donde parte para situarse en el mundo de la Ocupación a principios de los cuarentas) se regresa con estrategias propias de la literatura. Para empezar a recordar a París es preciso empezar a describirlo minuciosamente, calle por calle. Señalando sus puntos cardinales, sus monumentos, todas las señales que nos ayuden a orientarnos; pero también la ciudad se convierte en un “efecto personal” que adquiere valores distintos porque acogió y fue testigo de ciertos habitantes, de ciertos momentos, fue “intervenida” con un suceso, fue testigo de ciertas realidades: del hambre, del sufrimiento, del frío de sus habitantes. Sus calles, sus banquetas, sus paseos, sus bulevares, sus cafés, sus restaurantes, sus edificaciones, sus parques, sus negocios, su río Sena…cada vez que son referidos es para hacerle espacio a un fantasma. Todo tiene una identidad y un lenguaje cuyos rumores debe escuchar un autor. De hecho, la misma palabra en su etimología, auctor y augere nos remite al arte, no de reproducir de acuerdo a cierta tradición, sino de “añadir”, “completar”, “mejorar”, “agrandar”. La ciudad colmada de memoria se vuelve triste porque cada puerta alberga una despedida, cada calle refiere un drama, cada banqueta evoca un pensamiento doloroso, cada bulevar nos asalta con cierta nostalgia; y cada parque nos ubica en la espera angustiosa e interminable de alguien que no llegará porque fue apresado por la Gestapo, conducido a Brancy, luego a la prisión de Tourelle y por último, al Infierno, que tiene por nombre Auschwitz.
Sus novelas reiteran esto: vivimos tiempos difíciles, son tiempos extraños, un tanto bizarros; nos hemos quedados solos en la ciudad, habitamos casas que no son nuestras, sobrevivimos como las ratas en la espera de algo: tal vez un pasaporte falso que nos lleve a cruzar la frontera con Bélgica; hemos conocido a muchos que no lo han logrado, desaparecieron, tal vez ahora sean más felices, tal vez ya estén muertos, la guerra cambió tanto las cosas. Esa literatura quiere invocar una realidad que se quedó suspendida, quiere volver a dialogar con la esencia de lo que fue alguna vez una presencia real, lo que hoy es nada, lo que hoy son jirones de recuerdo. “Te acompañaré hasta el final de este libro” le dice Modiano a la presencia invocada de su padre en Los bulevares periféricos cuya vida trata de reconstruir con lo poco que queda; y de la voluntad de representar ese diálogo con espectros, de la costumbre de seguir con el espíritu a los demás, de la intención de visitar nuestras otras vidas, las que se quedaron a la deriva, las que fueron posibles; de la indagación de los destinos y las identidades, incluyendo la propia, de eso precisamente, está hecha la narrativa de Modiano.
Publicado orignalmente en  Revista Mito


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...