miércoles, 29 de enero de 2014

Nación TV. La novela de Televisa.

Monstruo televisivo.

Por: Noé Vázquez

La idea de una novela que hable del fenómeno de la televisión abierta en México a través de Televisa y sus filiales a simple vista parece atractiva. Este gigante durante mucho tiempo se hizo cargo de las aspiraciones y deseos de la mayor parte de la población, los encauzó, los aprovecho y los convirtió en simple mercancía para anunciantes. La televisión en México ha sido acusada muchas muchas fallas y cada vez tiene menos credibilidad, en el caso de este país es la televisión de la ergástula, de las mayorías confiadas e ignorantes que encuentran un alivio temporal en ciertos melodramas con interminables diálogos y en la promoción de un estilo de vida irreal y aspiracional, así como en la explotación de la credulidad de las personas al organizar eventos masivos como el Teletón, que son tretas bien organizadas para la deducibilidad fiscal de miles de anunciantes, negocios disfrazados de altruismo, al fin y al cabo la danza de los millones; contenido que se dirige a la fe inagotable de las personas (la virgen de Guadalupe, la creencia en un futuro mejor, el "si se puede" que es el mantra con el que se anima a los productos televisivos como los equipos deportivos y la selección nacional de fútbol soccer) y que además promueve la inmovilidad cultural al no ofrecer alternativas serias en cuanto a calidad de producción e innovación en contenidos. Durante muchos años, la revista Proceso ha aportado una visión crítica respecto a este fenómeno, la novela de Fabricio Mejía Madrid está inspirada principalmente en lo publicado por esta revista y por una amplia y variopinta bibliografía.

Las empresas de Televisa muchas veces no se caracterizan por la calidad ética de sus prácticas, se habla de sus vínculos con narcotraficantes, de negocios turbios, de giros negros, de prostitución infantil, de escándalos sobre drogas (como los casos del cantante Victor Iturbe y el conductor Paco Stanley), se habla de prácticas financieras poco éticas pero sobre todo, de una colaboración tramposa con el poder y de la manipulación de la verdad en beneficio de una supuesta paz social y la felicidad de los espectadores a quienes se les subestima constantemente. La filosofía de esta empresa consiste en crear un producto sin armas críticas para juzgar la realidad, no se trata de crear contenidos que puedan rivalizar con los de la BBC sino de crear historias y conceptos con argumentos muy básicos y conformistas, con un modelo dramático bien probado (Nación TV recalca este hecho cuando refiere el sistema de producción de personajes como Ernesto Alonso y Valentín Pimstein), sin propuestas innovadoras y sin complicaciones. Emilio Azcárraga Milmo definió alguna vez su modelo de televisión como una televisión para gente "jodida". Su modelo comercial funcionó para México que es un país con una nivel cultural bastante deplorable en donde no se fomenta ni la lectura ni la búsqueda del conocimiento científico ni los logros técnicos ni intelectuales. Un país en donde la educación pública ha estado secuestrada por los intereses particulares de sindicatos educativos corruptos que durante muchos años se han dedicado a traficar influencias con el gobierno en turno. Este carnaval de influencias convirtió a la televisión privada casi en un monopolio y en un brazo del poder político. Los noticieros de la empresa, desde la década de los sesentas se convirtieron en una oficina de información de la presidencia. La novela Nación TV nos hace recordar a un personaje bastante peculiar llamado Jacobo Zabludovsky, quien, como periodista dentro de la realidad unidimensional de la televisión estuvo bastante sobrevalorado (por favor, comparen las entrevistas que hacía a personalidades del arte y la cultura con las que realizaba por aquel tiempo Soler Serrano, juzguen ustedes). Este periodista orgánico al servicio de la oligarquía fue definido como una "estatua parlante"; inmóvil e inmovilizado, representaba el espíritu del status quo que imperó durante tres décadas de censura, autocensura y sequía informativa. Hubo periodistas quienes desde sus trincheras ofrecieron una visión más realista del país, el más destacado sin duda fue Julio Scherer García. La televisión en México, desde su zona de confort se convirtió en la tele chatarra y engaña bobos. Su visión modesta y mediocre de la producción televisiva pudo confirmarla muchos años después al importar de Perú a una conocida conductora también al servicio de los poderes públicos y conocida también por el aprovechamiento de la ignorancia y la credulidad de las personas: Laura Bozo. Televisa confirma su posición de enemiga de la cultura. Este es el mundo que pretende retratar Fabricio Mejía Madrid: un mundo dirigido con un gusto precario hacia una población paupérrima a nivel intelectual.

La ficción atrae la mirada hacia la realidad, por qué no decir, que al sacarla de su contexto la vuelve más espectacular; el espectáculo masivo y superlativo de la televisión en México no logra en este caso tener una novela que se le equipare, la novela de Mejía Madrid no alcanza a revelar esta realidad tan abrumadora y compleja . Al leer Nacion TV de Fabricio Mejía Madrid se tiene la sensación de que si la realidad es tan espectacular y mueve tantas pasiones, peor para la realidad porque esta novela no logra atraparla. La realidad que Fabricio Mejía pretende retratar es demasiado agobiante y parece que se le escapa de las manos. De nada sirven los libros de chismorreos de farándula escritos por un sinfín de personajes (no niego que también existan estudio serios) cuando la verdad muy pocos de ellos ofrecen una perspectiva clara de este fenómeno de masas que reclama crónicas más fundamentadas y narraciones que puedan capturar la naturaleza del monstruo que se pretende retratar; la pretendida novela se queda sin atreverse a ser una gran crónica y sin lograr despegar como una gran novela. Uno entiende que a partir de la invención, la ficcionalización y los elementos narrativos el autor debe llenar lo largos e incómodos silencios de una realidad para la que no existe suficiente documentación muchas veces por el hermetismo y la manipulación de la información que es práctica común de esta televisora pero en esta novela los personajes son difíciles de precisar en un marco de descripciones y elementos dramáticos, recursos formales que sabe aportar la novela como género. El autor, lejos de seguir los parámetros bien probados de una novela se limita a esbozar una serie de crónicas algunas veces inconexas y con cierto tono de confidencia. Personajes apenas esbozados y dimensionados entran y salen de en un escenario indeterminado. A pesar de haber documentado su novela en ciertas autobiografías y artículos siempre nos deja con una idea un tanto volátil de la vida que pretende encarnar. Un ejemplo es el personaje que intenta crear a partir de la figura del comunicador Raúl Velasco, éste aparece como el armazón de algo cuya sustancia desdibuja en una serie de anécdotas desafortunadas que valen como recurso chismográfico para despertar el morbo de los lectores pero que no logra cuajar en un personaje convincente: le falta la garra y la humanidad que nos haga amarlo u odiarlo, los pincelazos narrativos que lo vuelvan creíble, y por tal motivo disfrutable. Las comparsas de este carnaval de anécdotas y habladurías reclaman honores vida, la cual no logra darles el novelista.  Su dimensión se esparce en trazos apresurados.

Estilo y estructura (quiere Nábokov) forman la novela. El primer capítulo pretende esto, pienso en Las vueltas del tiempo de Agustín Yañez, en donde los personajes confluyen en un funeral y a partir de ahí se hacen reminiscencias que abundan en la historia de cada uno de ellos. La idea no es novedosa pero como recurso es loable para indagar qué llevó a cada uno de ellos a ese punto de confluencia: ahí, en ese capítulo situado en 1996 llamada Basílica de Guadalupe, vemos a personajes de la farándula como una actriz y cantante de nombre Lucero que lo mismo le sirve a la televisora para canalizar el sentimentalismo espiritual de las masas como medium y sacerdotisa frente a la guadalupana o bien, como conductora de los kilométricos y tediosos teletones. Ahí llega el llamado Tigre en su helicóptero, buscando siempre no tener contacto con la plebe para entrar a la zona very important person de la basílica (que para el culto guadalupano no todos somos iguales). Este recurso de confluencia permite narrar la historia de la televisora que inicia como una estación de radio y poco a poco se convierte en el imperio que conocemos. El problema que veo con la narración es que es demasiado especulativa, esto en sí mismo creo que es valido pero no logra convencer, es poco creíble que, por ejemplo, que en capítulos posteriores se hable de una plática entre Octavio Paz y ciertos personajes del gobierno de Salidas de Gortari en donde le sugieren a aquel que le pueden conseguir el Nóbel de Literatura. Me preguntó porque tomar en serio la especulación chismosa acerca de los personajes de la farándula, ponerlos con sus propios nombres y pretender convencernos de ese muestrario de crónicas forman una novela. No creo que especular y ficcionar sean operaciones que perjudiquen una narración pero sí lo es la falta de definición al no poder saber a ciencia cierta si lo que leemos es una obra hecha abiertamente de ficción, o es una crónica, o es una realidad novelada. Sin importar la fórmula qué queramos elegir la narración como novela ni se atreve a "ser" ni se atreve a "desaparecer".

Nación TV representa un relato necesario, hablar de Televisa y sus manejos siempre será oportuno, pero no es la novela sobre Televisa que me hubiera gustado leer; como lector, siempre espero que un relato me atrape como si fuera un torbellino, que me haga escalar diversas cimas y luego caiga en un tobogán; siendo muy simplista las grandes novelas buscan una segunda lectura. Qué lastima que esta novela no sea una de ellas. Leer sus páginas es entrar en un territorio conocido que hemos repasado a lo largo de los años a través de los medios impresos, de los tabloides, de la prensa del corazón, de los testimonios de los resentidos con la televisora, de los críticos a la misma y de tantos enemigos que ha logrado hacer. Los modelos literarios que hubieran podido influenciar una obra así abundan pero no logro distinguirlos en esta narración y tampoco distingo los elementos experimentales que son parte de ciertas obras caracterizadas algunas veces por su nivel de innovación, sin ser lo uno o lo otro, se queda en un limbo caracterizado por la heterogeneidad de sus personajes y sus anécdotas. La novela sobre Televisa llegó por fin pero no quiero pensar que esta realidad merezca un libro como el de Mejía Madrid. Concuerdo con la visión del autor, con muchos de sus puntos de vista, pero no con sus métodos. 
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