jueves, 26 de julio de 2012

Sobre “Los hijos de la medianoche”

Hijos de la medianoche

Por Noé Vázquez

Salman Rushdie, quien se definió alguna vez como “an hybrid creature, an invisible man” es un escritor itinerante y perseguido, protegido por la Scotland Yard desde hace varios años, famoso tal vez injustamente por la fatwa promulgada alguna vez por al ayatollah Jomeini. Son sus obras (las que revelan un arte y lo ocultan a él, precisamente) las que le han permitido superar el estereotipo del escritor víctima de los fundamentalismos para mostrarlo como lo que es: un gran novelista, un artífice que juega con sendas estelas de memoria e imaginación, un narrador que muestra en sus obras una facultad provocadora y contestataria, una reacción contra las falacias sostenidas por gobiernos y estructuras sociales inhumanas y radicalismos religiosos e ideológicos.

Desde febrero de 1989, año del pronunciamiento de la fatwa Salman Rushdie pasó al centro del debate sobro la libertad de expresión tanto en el Occidente como en Medio Oriente con su novela Los versos satánicos (1988), una sátira que parece decirnos que a veces la historia del pensamiento religioso puede ser una discrepancia entre lo flexible y lo inflexible; la duda, que puede llevarnos a los cuestionamientos y la negociación y la fe ciega que es propia de los radicalismos; un divagar entre lo absoluto que no admite réplica y lo relativo que busca un punto de equilibrio. En este caso, un pacto entre lo terrenal y lo divino. Al fantasear sobre los mecanismos de la fe religiosa este autor iconoclasta decide poner el dedo en la llaga de los planteamientos religiosos del Islam y provocar un sacudimiento dentro de las raíces morales de ésta religión. Su actitud es comprensible, el llamado “diablo del Islam” se atrevió a hacer cuestionamientos con herramientas propias de la fantasía para llamar la atención sobre el fenómeno de la intolerancia religiosa. Ya lo decía Maurice Blanchot: “La literatura no es un simple engaño, sino el peligroso poder de ir hacia lo que Es a través de la infinita multiplicidad de lo imaginario”.

Los hijos de la medianoche (1980) es un libro que revela a un Salman Rushdie capaz de hacer una lectura social de su país natal (nació en Bombay en 1947) y un recuento de hechos que le han dado la fisionomía actual a La India. Si como dijo Octavio Paz “la historia tiene la realidad atroz de una pesadilla”, a esa urdimbre de errores y fatalidades nuestro autor responde con un venganza de la fantasía contra la tiranía de los hechos. Circular por sus páginas es inmiscuirse en una red de teléfonos descompuestos en donde la imaginación se abre paso por los caminos clausurados por las verdades oficiales, la cancelación de la historia y la manipulación de la información. Ahí, donde está el recuadro negro que censura una página radica el campo de pruebas del escritor, su laboratorio de juegos pirotécnicos; esa maquinaria de representación que es el ejercicio literario que, a falta de información convincente y exceso de rumores y filtraciones de datos de divulgación no autorizada, decide crear sus propias verdades como si la Literatura y la Historia compitieran en un certamen internacional de falacias. No creer en la información que divulgan las plutocracias puede suponer la creación del rumor, el cual, para Salman Rushdie, muchas veces es más que convincente.

Los hijos de la medianoche muestra una realidad cuya complejidad puede abatirnos: La India, con más de mil doscientos millones de habitantes a la fecha y contando, con una pluralidad lingüistica y religiosa capaz de dar a escalofríos a cualquiera (aunque se llame Salman Rushdie). A través de uno de sus personajes, Saleem Sinai busca apurar de un sorbo (o una lectura) esa serie de problemáticas que forman un país, entenderlo, mostrarlo en sus distintas aristas. Como el personaje Zufiya Zenobia de otra de sus novela Vergüenza, Saleem Sinai es un personaje-espejo, es decir, refleja su circunstancia, en este caso, lo multitudinario de su entorno; se convierte en vértice de eventos, agente divulgador de la Historia, catalizador de conflictos, conciencia personal sobre la que desfilan los sucesos de una nación. Podría decirse que el personaje “es” la historia de La India y nace en el momento justo de su independencia: la medianoche del 12 de septiembre de 1947.

Como en Cristobal Nonato de Carlos Fuentes donde el personaje principal se encuentra irremediablemente fundido a su “ser” universal, el conjunto de paradigmas que serán parte de la formación de Saleem Sinai lo definen y lo nombran; el personaje y el país nevegan en una cosmogonía paralela, no se comprenden el uno sin el otro. Se logra un equillibrio de enfoques entre una conciencia individual que es caja de resonancia de un despliegue sísmico de eventos que lo afectan y un devenir histórico capaz de ser influenciado por el personaje aun con actos mínimos como si tratara de un “efecto mariposa”. Si en Cristobal Nonato se persigue el origen de una persona a través de un árbol genealógico cultural e intelectual, en la novela de Rushdie Saleem Sinai desdobla su carga de culpas y responsabilidades en los mass media y los titulares de los periódicos. Él lo expresa de la siguiente manera:

…para comprender una vida, tienes que tragarte al mundo.

Porque nuestra realidad se vuelve inasible y el peso de los hechos nos disminuye y nos convierte en cifras; porque los acontecimientos adoptan la forma de vegetación expansiva y cada vez es más difícil sustraerse a ellos, estamos engarzados a la Historia. Somos hijos del tiempo. Así lo interpreta nuestro personaje:

De hecho, por toda la nueva India, de ese sueño que todos compartíamos, estaban naciendo hijos que sólo parcialmente eran hijos de sus padres, los hijos de la medianoche eran también hijos de su tiempo: engendrados por la Historia.

Puede ocurrir. Especialmente en un país que es por sí mismo una especie de sueño.

En un escenario en donde conviven personajes reales e imaginarios, sucesos políticos, movimientos sociales, golpes y autogolpes de Estado, guerras, genocidio, manifestaciones, luchas étnicas y religiosas, conflictos lingüisticos, secesiones, sobrepoblación, “multitudes hormigueantes”; Saleem Sinai concibe su propia vida como una posibilidad de transmigración extenuante; un acto de amor que lo lleva a fundirse con los demás, a ponerse en lugar del otro. Desde su nacimiento se revela ese juego de correspondencias a través de lo que el autor llama “conexión activo-metafórico” (es decir, un acto que es efectivo y relevante y al mismo tiempo posee apariencia de llevarse a cabo en sentido figurado”). Verbigratia: al momento de nacer, Saleem Sinai recibe un telegrama de Jawarharlal Nehru:

“Querido bebé Saleem (…) Seguiremos tu vida con la mayor atención; será, en cierto modo, el espejo de la nuestra”.

Nadie se lo imagina pero (en sentido positivo y metafórico), así sucede. Por otra parte, cada acto del personaje tiene un enorme peso como se ve en el capítulo “Movimientos realizados por pimenteros (1958)”: el personaje confiesa su responsabilidad en un golpe de estado en Pakistán:

…el general Zulfikar describía los movimientos de las tropas; yo movía simbólicamente pimenteros mientras él hablaba. Dominado por el modo de conexión activo-metafórico, desplazaba saleros y cuencos.

…con el destino de la nación en mis manos, desplazaba condimentos y cubiertos.

Los hijos de la medianoche se ha lee en La India como si fuera un libro de Historia, no me extraña, la literatura sabe poner las cosas enfrente y a partir de ahí empezar a llamarlas por su nombre. Entre la vaguedad de la fantasía del autor o la imaginación popular y la pretendida concreción de los portavoces de las verdades oficiales, los lectores le apuestan a la disolución en lo fantástico que no necesariamente entraña el olvido sino la búsqueda de sus propias verdades en medio de la desinformación y el caos. Una sola frase parece resumir esa actitud:

…en esta guerra se tiraron bombas reales e imaginarias.

Los hijos de la medianoche no sólo fueron los niños nacidos aquel inolvidable 12 de septiembre de 1947 sino también los demonios con los que tendrían que vivir:

La medianoche tiene muchos hijos; la descendencia de la independencia no fue toda humana. Violencia, corrupción, pobreza, generales, caos, codicia, pimenteros…Tuve que ir al exilio para aprender que los hijos de la medianoche eran más variados de lo que yo  –incluso yo— había soñado.

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