sábado, 9 de junio de 2018

«My Own Private Marcel»



Las referencias de una obra llegan por casualidad, se cuelan y se presentan como un remanente vulgarizado y asimilable, imbricado en la cultura popular, como esos sonidos inventados por Louis Armstrong que se quedaron como un lugar común de la música de las masas. Pudo ser ahí cuando supe de Marcel Proust (1871-1922). O tal vez fue cuando leía a Juan José Arreola mientras lo mencionaba en uno de su relatos y yo lo intuía como una de sus «sombras clásicas» que según él, protegían su sueños de escritor (o sus insomnios, debió decir). O pudo ser antes, cuando de niño pronunciaba mal su nombre, leyendo «Praust» al mismo tiempo que los chismes de los tabloides, entre una cantidad obscena de tebeos que en su conjunto forman la «Vulgata» tradicional de la perrada, que traduce los signos de las clases educadas, para descafeinarlos, digamos. Entonces, sabría que el pedantesco Arthur Miller humillaba a Marilyn Monroe citando frases enteras de En busca del tiempo perdido (1913-1927), o de los diálogos platónicos, y se burlaba de las lecturas vanas de la actriz. Sí, pudo ser en ese momento. Así empieza todo, de oídas, de intuidas sugerencias, de indirectas y entredichos. Algún ensayo de Esther Seligson me animó a leerlo, se llamaba Proust. El espesor de lo vivido. En algún otro texto ella mencionaba que toda literatura es una forma de apresar el rayo, de distender lo breve y hacerlo durable, de estar ahí, atento a cualquier contingencia memorable (La fugacidad como método de escritura, 1988). A la relación literaria la conforma lo entrevisto, lo entredicho, lo entreoído. Seligson lo veía así: la breve revelación de la zarza ardiente, la madelaine en el té, la epifanía de los santos. Y ahí estaba esa obra, como la idea de una felicidad obligada para alguien como yo que ni siquiera tenía la disposición para la misma. Ahí, en el título de la obra, se hallaba una forma artificial y secreta de tiempo personal, que también sería recuperación, encuentro y vindicación. Aquella idea de alegría posible que se resume en la frase: «Algún día, en algún lugar». 

Tiempo es distención, eso quiere San Agustín, de algo, no sabemos de qué, y nos dice que puede ser al alma, en el supuesto de que podamos saber la naturaleza de ésta. Luego, la ciencia nos diría que el tiempo es una realidad física, pero esto ya es meterse en complicaciones que debemos evitar en la medida de lo posible. Entonces (hablo de mi veintena) el tiempo era el único valor del que disponía y el tiempo era la ausencia del dinero (cuando el dinero era la ausencia de tiempo: mis empleos infames, absorbentes y deplorables). Por aquella época me gustaba pasar mis días en la biblioteca. Ahí estaba el primer tomo de lo que sería mi gran amor como lector. Veía el título: Swann suena como swan, que es cisne, pensaba al ver el tomo, aunque también se parecía a Chuan, lo que me remitía a alguna novela de Balzac, un name dropper y totalizador decimonónico. Pero era Swann, que era pronunciado «Svan» por M. Norpois, quien era un personaje que, como Legrandin, era una visita obligada a la casa del Narrador en Combray. Swann, aquel enamorado de su propia esposa, Odette de Crécy, una mujer que parecía despreciarlo y aprovecharse de él, mientras lo engañaba con un tal Charlus (ya sabríamos de él después). Aquel Swann entrañable que visitaba al Narrador quien, con indirectas, trataba de sacar de sus labios el nombre o la referencia de su cielo personal en ese entonces: Gilberta. Era Swann à la mode, conocedor de toda forma de expresión artística y cultural, exquisito en su trato, escritor frustrado, conocido como un socialité y amigo del Príncipe de Gales. Swann era también la contraparte del autor, su trasunto, aquel espejo de virtudes en el que el mismo autor se veía reflejado. No hay que olvidar que Proust tenía una marcada delicadeza, ingenio y dotes sociales, era un conversador deslumbrante con una cultura oceánica que también sabía halagar y encontrar virtudes en los demás, en lo particular, en mujeres como Mme. Straus, de joven, Geneviève Halévy, quien también era viuda del compositor George Bizet. El ingenio y la gracia de Mme. Straus serían la fuente de inspiración para Odette de Crécy y la duquesa de Guermantes. La obra proustiana está hecha de arquetipos y entrecruzamientos de idiosincrasias, en su novela hay un amasijo de presencias que formarían personalidades bien definidas. En el caso de Swann, este pudo haber sido inspirado en Charles Haas o en Reynaldo Hahn, o tal vez en ambos. 



Volviendo a la biblioteca. Borges pudo haber dicho que entraba en la «gravitación de los libros», frase que dicha por su servidor se escucha pretensiosa, surreal y mamona. Me pasaba algo distinto, lo mío era el miedo: Por el camino de Swann era tan considerable que me sentía intimidado de verlo en la biblioteca. Luego vendrían las primeras setenta páginas que te hacen cuestionarte sobre tu propia y vida y preguntarte acerca de qué demonios haces ahí como un tarado leyendo el monólogo interior de un chaval atormentado por un beso que no le ha dado su madre. Sería testigo de esas intermitencias y vaivenes de la corriente de conciencia del Narrador en donde éste pensaría en temas tan variopintos como Genoveva de Brabante y el malvado Golo, o bien, sobre los lugares cool de los que leía en la obra de John Ruskin, y en ocasiones, en las iglesias medievales que le gustaría visitar cuando estuviera mejor de salud; mientras, se hipnotizaba con una linterna mágica, que era como el Netflix de aquella época. Pero ahí, en ese entonces era yo, tal vez pensando que podría estar haciendo algo más útil con mi vida, como vender seguros o contratos de televisión por cable. Mi premisa por leer era insensata. Esto me hace recordar el tomo del Curso de literatura europea que Vladimir Nábokov había dictado en Cornell, en ese libro, el autor menciona que el mal lector de Proust no existe: si ya te tomaste la molestia (la gran alegría debería decir) de llegar al primer campamento de montañistas, qué más da continuar hacia arriba siguiendo las constantes cimas que propone esa lectura para esforzados. Por aquel entonces me deslumbraba otro libro de aire fresco y respirable, La montaña mágica (1924) de Thomas Mann, y leer a este autor, es ponerse encima de un pedestal. Leer es respirar, escuchar el mar anciano contenido en la espiral de un caracol en su sueño de ruidos constantes. 

A partir de Por el camino de Swann me propuse continuar con los tomos siguientes: el de las jeunes filles en fleurs que señala el deseo de participación en la belleza del mundo, la desesperación juvenil por ser parte de todo, esa estación pasada en Balbec, en su loop infinito de playas en las que nos asoleamos aquellos despistados que, demasiado tímidos en nuestra juventud, pensamos que nos hizo falta «sólo un poco más» de un verano que el mismo destino personal nos quedó a deber; ese laberinto de chismografías y complicados rituales que forman el último monumento a la cultura social que sería sepultada por la Gran Guerra, aquel mundo de Guermantes cuyas señales provienen de los condes de Greffulhe…y lo que viniera después: la variedad de temáticas, lo abigarrado de la narrativa, lo suntuoso del lenguaje, la totalidad de una obra que es una celebración de la cultura occidental. Para esto busqué otra biblioteca. Ésta se encontraba (o se encuentra) en la cuatro poniente de la ciudad poblana. La biblioteca era regenteada con puño de hierro por los militares de la zona, quienes, al verme llegar me miraron de arriba hacia abajo como diciendo «qué necesita, soldado». Yo trataba de disimular la gracia que me hacía el hecho de ver ese lugar vigilado por personal castrense y armado, supongo que la lectura era tan importante que se necesitaba, para su protección, de al menos un poco de infantería y caballería. Más tarde sabría, por la monumental biografía de George D. Painter (quien parece haber sido diseñado, ensamblado y programado en exclusiva para biografiarlo), de los muchos intentos de Proust, luego de su servicio militar, por evadir las subsecuentes llamadas de la milicia, esforzándose por demostrar su incapacidad y su enfermedad, esfuerzos que parecían enfermarlo más. El Ejército Francés decidió perder la pelea contra Proust un poco por aburrimiento y un poco por cansancio. Hubiera sido una lástima que nuestro autor perdiera la vida en ese estúpido «matadero internacional» (Céline dixit) que fue la Primera Guerra Mundial. Hay lectores ensimismados, casi autistas, en la búsqueda de la sabiduría se parecen a ese ibis egipcio que agacha la cabeza, para indagar, supongo; mi caso era distinto, leía un poco y levantaba la cabeza para recuperarme por la vista de ese paisaje denso, selvático, casi barroco, o retomando el resuello producto de la impresión de un pasaje memorable o de alguna anécdota que me hacía desternillarme de risa, para después ver frente a mí a una guardia armada y con su atuendo tipo «boinas verdes» que parecía decirme con la mirada: cien páginas para hoy, y mañana te esperamos a la misma hora, es una orden, soldado. A veces extraño a ese lector que fui, tan constante, tan disciplinado. 

Se podría decir que soy un hombre feliz, con sus reservas, como en todo; pero no siempre fue así, mi sufrimiento pasado ahora es una memoria de contornos borrosos, una especie de fosilización que observo con compresión y ternura, como si le hubiera pasado a otro. Sé que alguna forma de dolor emocional estuvo ahí, pero también recuerdo las palabras que sabían nombrarlo, que me vendían la idea agradable de que la experiencia humana, al ser «verbalizable», resultaba menos dolorosa. Fui otro, en la medida que el yo de cada uno es capaz de dividirse y dejar que algo de mí entrara en esa «gravitación», cuyo rumor y tormenta silenciosa de vidas secretas imaginaba. En aquel dolor emocional buscaba la contraparte que sufriera en mi lugar, el mal de muchos que pudiera ser el consuelo de pocos. Al fin y al cabo, me afianzaba en los personajes de ese cuento de hadas proustiano para que mi sufrimiento pasara a estar acompañado. Los ricos también lloran, como en esa legendaria telenovela mexicana. Que me perdonen ellos, los personajes, si reincido en su herida para acompañar, en medio de tragos de café, la propia: Swann cacheteando la banqueta, borracho de celos y angustias por las infidelidades y la sexualidad salvaje de Odette; el Narrador entrando en un laberinto de celotipias y culpas al secuestrar a Albertina, la mujer que amaba; el sufrimiento de Charlus por la leperadas y desplantes de Morel, o por la incomprensión hacia su persona de parte del mundo social, o por la necesidad de aguantar las necedades de gentuza como Mme. Verdurin; el telegrama casi incomprensible que nos dice que Albertina ha muerto, sin sentirla, apenas como una presencia diáfana del pasado; la partida de Bergotte, el querido y entrañable maestro inspirado, unos dicen que en Henri Bergson, otros, que en Anatole France; los últimos momentos de Elstir, aquel pintor cuyo modelo, dicen que fue Whistler, quien se desploma frente a un cuadro mientras piensa: «Debí haber pintado así, con ese tipo de colores»; la narración del fin del mundo al morir la abuela del Narrador (más Sévigné que la misma Sévigné, según lo que decía Proust de su abuela real)…Hay algo de terapéutico en esta especie de biblia de la sabiduría práctica, en este cuento de hadas para adultos, que es, entre otras muchas cosas, la contraparte literaria de las teorías freudianas. 

En En busca del tiempo perdido los lectores se convierten en los grandes personajes. Al final de la obra serán necesarios porque van a operar como «testigos de descargo» del Narrador (la impresión que tengo es que mira hacia nosotros para encontrar cierta absolución) y de la génesis de un libro que podría ser, que podría escribirse (sabemos que existe, lo tenemos en las manos, es real), si tan sólo, si tan sólo…, y aquí empieza una cadena de especulaciones acerca de lo «posible». Pero no sabemos si el Narrador tendrá la disciplina para escribir lo que justo ahora acabamos de «recobrar» y que nos ha dejado con un nivel de perplejidad del que no nos recuperaremos jamás. Qué cicatriz tan honda es Proust, palabra. Con Proust, los lectores somos gente importante. Viajamos en un crucero de lujo como rock stars y boleto de primera clase, con badge de all access, y hasta parecemos más inteligentes de lo que somos. Hay algo de glamoroso en ser un lector proustiano, quien asume que es «escrito» dentro de la obra. Me explico: Los autores nos plagian, se meten en nuestras vidas para husmear, ahí estamos nosotros como en un espejo propio, porque yo, damas y caballeros, empecé a leer a Proust un poco para saber de mí mismo. El arquetipo del lector proustien fanático será aquel que se pague su viaje a Illiers, o que visite los jardines del Liceo Condorcet en donde el Proust niño se destacaba en filosofía e historia del arte, habrá otros que visiten su tumba para llorarle y no faltarán los cursis que coman la madelaine en el té pensando en revelaciones súbitas que nunca llegarán, o los nerds que pueden leerlo en tres o cuatro lenguas, y por último, aquel loco que puede realizar todas las actividades anteriores, ninguna de las cuales es necesaria, debo aclarar. 



Qué gandallas y voraces somos los lectores. Con Proust, «más» está muy bien, y si le añadimos «otro poco», mucho mejor. Y de ahí, los lectores buscaríamos el plus. Más metáforas épicas y divagantes que se pierden en alegorías y comparaciones, y que parecen perder el hilo de la idea central, no hay prisa para concretar un concepto que luego es retomado al final de la frase, párrafos como hechos para narrar un combate entre tirios y troyanos (esta vez, sería la crónica del esnobismo y la cultura social). La prosa proustiana es lenta porque parece detenerse mucho en su realidad «externa» (que es también un perspectivismo, como en toda obra pictórica y literaria). Esa escritura se parece a cualquier capítulo de anime japonés en donde un combate (o un tiro a gol) puede extenderse por varios episodios, o bien, como si fuera captada en phantom camera, muy al modo del Discovery Channel (y dicho sea de paso, los conocimientos botánicos y entomológicos del autor eran tan vastos como para poner en ridículo a cualquier especialista). Los lectores buscaríamos más aforismos y anécdotas, más detalles escabrosos acerca de las transgresora sexualidad de algún personaje, o sus obsesiones, parafilias, desviaciones, neurastenias; más imágenes que se combinen en sinestesia: un color (los diseños de los vestidos Fortuny, el casi comestible vestido rosa), una idea profunda, una sucesión de recuerdos, el aroma de los cerezos en flor; y todo ello formaría una experiencia sensorial en bloque en la que, por ejemplo, la música de Vinteuil (cuya contraparte real podría ser Debussy), estaría asociada a ciertas imágenes visuales que detonarían un recuerdo y que a su vez, señalarían una situación sentimental o una opinión estética. Buscaríamos más de esas vívidas remembranzas, reflexiones filosóficas, larguísimas digresiones, maratónicos diálogos. Los lectores, los voraces lectores, queremos también más sentimentalismo, más histrionismo a lo Sarah Bernhardt (o Berma, su contraparte ficcional). En fin, más mamarrachada sentimental. Ficción al fin y al cabo, es decir, fingimiento por los cuatro costados. Como cuando te recuestas en el chaise longe y le dices a tu madre que estás por tener un ataque de ansiedad o un infarto. Pobres de nosotros. Próxima parada, el camposanto. Así, justo así, pero grand literature

Hay algo en nosotros que yo me atrevería a llamar «morbo cultural». Y desgraciadamente, a la obra proustiana le tocó la de ser la Cueva de Alí Baba de la cultura occidental en donde todos quisieran asomarse, una mina de Potosí de donde el lector extraería, con la pura fuerza bruta de sus cinceladas, su ignorancia y la mala leche de sus interpretaciones, el sustrato lírico que nombraría su circunstancia (y aquí hablo de mí, estoy seguro que existen mejores exegetas de la obra proustiana). Así que en nuestras demandas de más tomos, no imaginamos que el volumen final de esta copiosa obra fue escrito con la premura de un hombre con los días contados por una enfermedad que poco a poco reducía sus fuerzas. Proust se despide de nosotros apresurando la redacción de Tiempo recobrado (uno de sus tomos póstumos), con todas las inconsistencias y lagunas, pasajes sin completar, dudas sin despejar y que a nosotros solo nos queda imaginar. Me pregunto si la madrugada tiene capítulos inéditos no advertidos de manera consciente y que señalan agujeros Einstein-Rosen en donde entramos en la contigüidad de los otros lectores con quienes compartimos esta cofradía de entusiastas, de aquellos que en su pensamiento siguen haciendo antesala en aquel mundo para revisitar a sus personajes. Al menos para mí, todos ellos siguen ahí, como viejos conocidos: Swann, Odette, la reina de Nápoles, la duquesa de Guermantes, Elstir, la tía Leonie, Albertina, Bergotte, Legrandin, Gilberta, Morel, Charlus, Saint-Loup, Bloch, Morel, Cottard… Pienso en ellos muy seguido. Los imagino como presencias de un mundo privado que de alguna manera convirtieron mi soledad en un espacio más habitable y humano, que volvieron soportable cualquier forma de sufrimiento que hubiera experimentado dándome la idea de que todo es transitorio. Habrá otros días, otras presencias, otros lugares, otros milagros cotidianos y mi desesperación encontraría sus resoluciones, sus cauces naturales. Lo ajeno que hay en ellos me haría entrever los contornos de una felicidad posible. ¿Qué podría decir? Gracias, supongo. 





Kazuo Ishiguro o el estilo de la memoria


Ishiguro. Tener un Nóbel

Por: Noé Vázquez

Desde hace algún tiempo se ha vuelto tradición que cada año, en vísperas del anuncio del nuevo Premio Nobel de Literatura, se hagan comentarios del tipo: de seguro se lo darán a un poeta africano desconocido y de nombre impronunciable; o bien, cabe la posibilidad de que le sea otorgado a un vetusto escritor de Europa del Este que fue prisionero de los rusos durante la Primavera de Praga; los más politizados pensarán en el posible sesgo ideológico del premio, demasiado izquierdoso para algunos, demasiado neutral para otros; la mayoría va a recalcar el hermetismo de aquellos que otorgan este prestigioso galardón. No faltarán los pesimistas y nostálgicos hablando del premio o Isaac Bashevis Singer o a Aleksandr Solzhenitsyn, todo depende de los gustos. Un grupo de desencantados nombrará a los ausentes que nunca lo recibieron, una suerte de resentimiento comunitario en las redes sociales; otros harán el top de escritores que, pese a que nos encantan a todos, nunca lo recibirán (léase Philip Roth y compañía). Se advierte que los académicos parecen recordar sus errores, casi no lo entregan a escritores principiantes (como en aquel caso desastroso y decepcionante de Pearl S. Buck, esa escritora casi olvidada, autora de Viento del este, viento del Oeste, su novela más conocida). Esas decisiones siempre son misteriosas y bastante controversiales y también conducen a discusiones bastante ociosas. 

Los premios literarios tienen, no solo la virtud de reconocer la excelencia y la importancia de cierto escritor, sino que también, desatan el movimiento de nuestra memoria y señalan las obras olvidadas que anticipaban la gloria del autor laureado. El Premio Nobel de Literatura concedido a Kazuo Ishiguro me hizo recordar algo de lo que había leído de él, de lo cual, lo más entrañable sin duda es Nunca me abandones (2005), de la que con frecuencia evoco esa parte en donde Kathy H., quien narra la historia (casi todos los personajes ishigurianos se recuerdan a sí mismos, hacen la narrativa de su memoria, diálogos y descripciones incluidas), se ve como una niña arrullando una muñeca mientas es observada con preocupación por miss Emily, la directora del internado de Hailsham. La escena tiene la función de ser una especie de núcleo de la trama y refiere una serie de especulaciones acerca de lo que Kathy H. considera que la directora piensa de ella, busca adivinar el curso de sus pensamientos no expresados. Se trata de una confusión y un autoengaño en el que caen muchos de los personajes del autor. Luego, muchos años después, la confusión queda aclarada. Será un discurso del tipo: «Yo consideré que tú creías que yo pensaba...» Ishiguro parece decirnos que nuestra relación con los demás está basada en ciertas confusiones, en una serie de suposiciones y malos entendidos con respecto a lo que creemos que los demás piensan de nosotros, todo esto, confrontado con lo que en realidad es y que, al combinarlo dentro de nuestra memoria, nos dará un panorama completo de nuestra persona. 

Se habla de Ishiguro como un poeta de la memoria, dicen que hay algo de Kafka en él, se descubre en sus relatos un sustrato misterioso, se insiste en sus orígenes orientales como la fuente de su sensibilidad personal. La evocación constante busca la conquista íntima de un reino perdido y al mismo tiempo, inmediato. Pero, ¿qué literatura no es memoria? Es innegable que ésta es rescate y vindicación, afán de recuperación, aunque esta restitución es, en Ishiguro, íntima y en la primera persona del personaje que narra, y también, mucho más silenciosa. Esto nos lleva a los modos o formas de presentar un relato, es decir, el estilo, que no es otra cosa que unidad de expresión, una especie de consistencia en el discurso o forma de presentar, en este caso, un hecho literario. En Ishiguro hay cierta divergencia en las temáticas: distopía con elementos de sci-fi con sesgos románticos y sentimentales (Nunca me abandones), novela detectivesca en la que se conducirá a un personaje a los laberintos de una ciudad como Shanghái (Cuando fuimos huérfanos, 2006), relato de aventuras que combina la mitología medieval de Inglaterra con un viaje iniciático (El gigante enterrado, 2016), reflexiones sobre el choque de culturas en el Japón de la postguerra, memoria del terrible trauma de la bomba atómica (Pálida luz en las colinas, 1982), evocación personal que incluye la reflexión acerca los errores del pasado (como en Un artista del mundo flotante, 1998; y Lo que queda del día, 2006); en esta variedad de escenarios, es posible distinguir un estilo inalterable, éste será entonces, aquella «cosa» personalísima, singular y unitaria formada por ciertas señas y repeticiones, marcas de clase, que nos indicarán la identidad de un escritor. Esos modos se conjugan también dentro de una limitación, lo forman una serie de demarcaciones que consideramos nuestro espacio, y en el cual, respiramos, es algunos, es una zona de confort de la que no se apartan. 

En el estilo del relato ishiguriano hay una suerte de elocuencia discreta y a veces callada, en esos diálogos y evocaciones hay cierta delicadeza y suavidad en el tono, una respiración tranquila entre los espacios alterados por los actos, un ritmo pausado. Se parece a esos dibujos minimalistas japoneses de pintores decimonónicos, en donde todo es fluidez y disposición, así como sencillez en el tono. Ese modo es austero y directo, pero no es parco o cortante; es natural y orgánico, nunca excesivo o agotador, no se concibe en su obra el delirio o la exaltación, mucho menos los excesos totalizadores, se intuye que no es necesario. Lo de Ishiguro parece salir de las conversaciones que escuchamos a diario, pero que también, esconden cierta poesía inesperada, insospechada. 

Sus frases, aún en su traducción al castellano, no dejan de señalar la cadencia y el ritmo en el que fueron pensadas. Esto se advierte en novelas como Pálida luz en las colinas, en donde el contexto de la obra, combinado con nuestra formación lectora nos permite adivinar un poco la sonoridad de una lengua como la japonesa. Este equilibrio y naturalidad se parece al ruido que hace el afluente tranquilo y cristalino de algún remanso que cruce por algún jardín zen. Pero también, esa aparente tranquilidad de sus diálogos y descripciones, esas frases simples que parecen dichas de manera coloquial en una conversación entre mujeres que lavan ropa en algún regato, parecen tener un trasfondo que insinúa segundas intenciones. 

Se entiende que nunca debe haber nada inocente cuando se habla de narrar por eso hay algo dentro del relato ishiguriano que siempre nos invita a estar atentos a cualquier detalle, por más insignificante que sea: esas contenciones de algunos personajes que parecen reprimirse para no desatar un exceso de lirismo (como en el caso del mayordomo Stevens en Lo que queda del día); esas frases como dichas en código, que parecen esconder tanto, forman un tranquilo rumor en donde se dan cita las culpas históricas y personales, nuestra forma de lidiar con el pasado, la conflictivas relaciones con nuestra memoria, la comprensión misteriosa y mitológica con la que a veces poblamos la realidad que nos rodea. De todo ello se asoma la excelencia, profundidad y naturalidad de su prosa. De ahí que se nos haga fácil comprender las razones por las cuales le fue otorgado el Premio Nobel y en esta explosión mediática luego del anuncio del premio, tampoco falten los optimistas que mencionen que por fin, un Nobel a un autor que hemos leído, tan actual y presente en nosotros, casi como un artista pop que no desdeña participar como guionista en películas o series de televisión. Algo nos dice que hay criterios distintos para este tipo de premiaciones.
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