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El Blog de Noé Vázquez

viernes, 22 de julio de 2016

Los detectives y la brújula descompuesta. Efectos de la novela bolañiana.




Por: Noé Vázquez

Hablar de Roberto Bolaño (1953-2003) en ciertos círculos es mencionar las llaves del reino de la bruma, los territorios de Oz, el poblado mitológico de Diddy-Wah-Diddy, las heredades del Preste Juan y los países exóticos de Gog y de Magog. Todo depende y todo se basa en las afinidades, en el encuentro de los gustos con sus propietarios que generalmente trasnochan pensando en lo absurdo de cada destino y en la inmediatez del periplo. Y ahí estamos, haciendo la pregunta esperada y consabida que nos hermana en las elecciones que tomamos: “¿Te gusta Bolaño?”. Pregunta casi obligada que alguien tiene que hacer primero, quizá para romper el hielo de toda conversación o para revivir un diálogo que no parece ir hacia ninguna parte. Y en esa conversación privada a deshoras de la madrugada volvemos a pensar en él. A partir de esa pregunta puesta como una invitación y sugestión se hacen esos diálogos. Bolaño es para insomnes, para los que salen a tomar la brisa fresca en algún balcón y piensa en lo absurdo de todo destino y la necesidad de toda búsqueda aunque ésta resulte inútil. Reflexionar sobre el universo bolañiano casi siempre nos lleva a lo que es propio del existencialismo: lo absurdo, la búsqueda o la carencia de un propósito, y la necesidad que poder vivir esta vida bajo nuestras condiciones. Imponer una “esencia” como un cimiento de la propia “existencia”. 

Un lector clásico de Bolaño se caracteriza por despertarse de madrugada pensando en el misterio de ciertos eventos, de ciertas palabras. Roberto Bolaño a través de Los detectives salvajes (1998) creó una novela de culto señalando la oscuridad y la imprecisión, nunca pretendió ofrecer una respuesta, defender una tesis o aportar algún tipo de solución a determinada problemática, esa no es la tarea de la novela, lo sabemos. Bolaño, como muchos otros, se limitó a rendir una cartografía de lo impreciso con fronteras que se difuminan en la niebla. Sus obras más importantes, tanto Los detectives salvajes, como su obra póstuma 2666 (2004), conciben la realidad y su representación como parte de una comprensión caótica de la misma ya que, se nos enseña a pulso, todo intento de averiguación puede llegar a sufrir de agotamiento, y toda discusión puede conducirnos al cansancio; en suma, hay que postergar el conocimiento, podemos vivir sin la certidumbre siempre cuando nos dejen vivir más o menos en nuestros propios términos. 

Y la obra de Bolaño, o de cualquier otro novelista cuya obra provoque un efecto tan notorio en los lectores nos lleva siempre a las definiciones posibles de la novela, tarea complicada ya que este “género de géneros” ha sufrido mutaciones a lo largo de la Historia. Sin embargo, podemos apoyarnos (siempre momentáneamente) en la definición que hace Ortega y Gasset quien, para hablar de la novela buscaba el efecto provocado en un lector braceando desde un elemento líquido de la existencia ajena propuesta por el novelista, hasta la orilla de su propia realidad y vivencias:

«Si alguien nos mira, entonces descubrirá en nosotros, la dilatación de párpados que caracteriza a los náufragos. 
Yo llamo novela a toda creación literaria que produce este efecto».

Pero también, reflexionando en los efectos de una novela como Los detectives salvajes no podemos evitar nombrar y señalar esa sensación de perplejidad que viene con la obra, esa percepción de que cada referencia al mundo engendrado en ésta parece obedecer a un delirio frustrante. O, si pensamos en 2666 podremos llegar a la conclusión de que atmósfera imbuida a sus personajes parece un ataque impotente en la oscuridad: “No siga investigando, no es necesario, hay cosas que simplemente no es necesario saber”. Efectos de esta novela: la alarma, la inquietud, el estupor. Lo vemos en esas historias referidas desde distintas aristas que parecen venir desde de la ofuscación, la consternación, la alarma, el grito que maldice la realidad; cortada sobre la lógica tradicional, hiriente rajadura sobre la feliz ordenación de la razón, parte de una guerra que ya se perdió, que se consideraba perdida de antemano, que se seguirá perdiendo por los siglos de los siglos, Cartas de relación del Apocalipsis. No es extraño que el universo bolañiano desemboque en Santa Teresa, y las asociaciones inevitables con Ciudad Juárez y sus muertas. 

El efecto es la incertidumbre: no hay ordenación posible, esa es la percepción del lector; sólo la posibilidad inmediata, cruda, insensata, sin cartas de marear. En el caso de Los detectives salvajes, Ulises Lima y Arturo Belano son poetas del desencuentro, de la intermitencia, de la desaparición, de la ausencia, de una búsqueda absurda que los hará marchar constantemente en un trabajo de investigación cuyo propósito por momentos parece infantil: el paradero de Cesárea Tinajero, poeta del estridentismo, movimiento de una vertiente del surrealismo mexicano. Lo que veremos en los noventa y tres monólogos, testimonios o metarrelatos de la novela es la contradicción de quienes aportan su versión de los hechos, el reconocimiento del misterio de cada personalidad, la omisión continua, obcecada. La lógica chestertoniana se convulsiona, es pura ansiedad de búsqueda, de divagaciones que rayan con lo absurdo, de desvíos y extravíos constantes. En Bolaño no sirven las brújulas.

La novela, siendo ficción alude a la realidad, la señala para crear un ordenamiento de lo posible, un rescate de la misma. Los detectives salvajes fue la obra que condujo a la crítica hacia el análisis de cierto movimiento un tanto underground que se desarrolló a nivel alternativo de la cultura oficial durante el México de la década de los setenta, a fines del gobierno de Luis Echeverría y que es el cimiento real de esta novela, es el movimiento infra, que inspiraría el real visceralismo. Los “infras” surgen dentro de un marco en donde la Universidad Nacional Autónoma de México, a través, tanto de la Facultad de Filosofía y Letras, como de La Casa del Lago, organizaba talleres y lecturas de poesía. Uno de los principales personajes de la obra, el poeta de diecisiete años García Madero nos habla de esta efervescencia de talleres en los que es muy fácil entrar. Otro de los personajes, Jacinto Requena, menciona una “fiebre por los talleres de poesía” a los que entraban, muchas veces por una sola vez, para escuchar y comentar los poemas de los demás, o para leer los propios. 

En la novela de Bolaño, el personaje de Amadeo Salvatierra los presenta como huérfanos de padre, tal vez esto era cierto en parte, ya que la cultura se agrupaba y se sigue agrupando en “mafias”, algunos poetas recibían prebendas y becas del gobierno, otros grupos artísticos tenían que buscar formas alternas de supervivencia y vivir casi en la clandestinidad. Una de las características del movimiento infra era su tendencia al sabotaje, a los actos de berrinche y muchas veces, a la indeterminación de sus propósitos. Como muestra de su intransigencia a toda prueba en Los detectives salvajes se menciona un intento de secuestro a Octavio Paz, quien, para el grupo infrarrealista, representaba todo lo ominoso de la cultura oficialista y de las mafias culturales que dirigían el país. En los hechos se menciona por ciertos medios un sabotaje a David Huerta, hijo del poeta Efraín Huerta, también, ciertos actos más o menos infantiles y de tendencia dadaísta como el de presentarse en alguna lectura de un poeta y recolectar firmas entre el público presente para expulsarlo de la misma, o bien de despedir a algún tallerista con el que no se estuviera de acuerdo. En cierta ocasión, Mario Santiago Papasquiaro (poeta que inspira el personaje de Ulises Llima) junto con su amigo Ramón Méndez intentaron despedir a Juan Bañuelos del taller de poesía que estaba dando. Buscaron recolectar firmas, pero lo que se dice es que fueron ellos los despedidos. La actitud de los personajes siempre se caracterizó por ser atrabiliaria, contestataria, casi infantil.

A partir de la segunda parte de Los detectives salvajes, se advierte que a nivel narrativo, empieza girar una especie de caleidoscopio en forma de relatos. Lo que abunda es lo metaliterario y lo anecdótico. Los cincuenta y tres personajes que buscan referir de primera mano su encuentro con Ulises Lima y Arturo Belano tienen cada a uno a su manera una versión de los hechos. Esta búsqueda detectivesca y wellesiana dentro de la novela parece citar a los testigos de los eventos para difundir el conocimiento de una o varias personalidades para después, ubicarlas en la vaguedad, sacarlas de su concreción lógica y necesaria a fuerza de la referencia cruzada, la contradicción de quienes dan su testimonio, el reconocimiento del misterio de cada personalidad; en la omisión continua, obcecada, constante, se esconderá siempre el elemento esencial, la última pieza del puzzle, el detalle que completará el cuadro para tener el norte necesario y fundamental que haga comprensible y justificable cualquier acto, cualquier forma de vida, cualquier personalidad; pero sabemos que esto nunca sucederá. 

El efecto es la vaguedad tan propia de los dos personajes principales, Ulises Lima y Arturo Belano (trasunto de Bolaño) que se refleja en una búsqueda absurda, sin fin, sin una teleología definida, que por momentos la asemeja a otras obras como El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, o bien, a Viaje al fin de la noche de Louis-Ferdinand Céline. En El corazón de las tinieblas, Marlow, el narrador de la historia busca llegar a su destino donde será recibido por Kurtz, a lo largo del trayecto recibe informes acerca del mismo, pero sabemos que siempre habrá un nivel de misterio alrededor de él, se trata de suposiciones y de malos entendidos. Conoceremos a Marlow, pero nunca a Kurtz, porque el hecho de sugerir su presencia lo hace omnisciente en la imaginación del lector, lo señala como algo a lo que es necesario prestarle atención, para después ocultarlo en la bruma del desconcierto, de la ambigüedad, de la contradicción; eso lo convierte en motivo de obsesión. Conrad hace este truco de póker con toda la malicia que puede haber. Ya sabemos que en literatura no existe nada inocente y todo tiene una razón de ser. Hay un eco conradiano en una cinta como Citizen Kane de Orson Welles, el reportero que trata de desentrañar el misterio de las últimas palabras de Kane se ve inmerso en un laberinto de referencias cruzadas que, más que revelar, ocultan, más que aclarar, señalan la imposibilidad de comprender el milagro de una personalidad. Al final, en la Mansión Xanadú el reportero se dará cuenta de que nunca sabremos a qué se refería este magnate con sus últimas palabras. Y esa falta de concreción la hallamos en la obra teatral Esperando a Godot de Samuel Becket. ¿Ecos del existencialismo en estas épicas del sinsentido? Ulises Lima es Nadie o Nemo también es Odiseo, pero no hay un reino de Ítaca para regresar; también lleva el nombre de Simbad el Marino, y “Timbad el Sarino y Jimbad el Jarino y Winbad el Warino”, usando el juego de palabras joyceano; su condición es la de fundirse en la leyenda, ser etéreo e indeterminado: existe y no existe, sabemos exclusivamente lo que nos dicen de él, su relación mítica. Para el novelista es necesaria la vaguedad, la simple sugerencia, nadie sabe quién es Godot, sabemos que lo esperamos solamente y es importante por eso; no sabremos nunca quién es Kurtz realmente y, en el caso de Ulises Lima: “se llama Alfredo Martínez o algo así”, dice María Font. “Nosotros le llamábamos por su nombre verdadero, Alfredo, no sé qué…” diría Laura Jáuregui en otro de los metarrelatos que forman la novela. Efectos de la novela, su motor es la desubicación de los personajes, y también, esa percepción de la realidad en la que abunda lo fantasmagórico y lo escurridizo. Bolaño recuerda México, sus obras son la imagen de esa memoria difusa en sus contornos, pero no se equivoca en la definición de su esencia. Bolaño sí sabía sobre nuestra realidad.

México, justo como en la visión bolañiana, es un país telúrico, impredecible, parece que se escapa al determinismo y a la aprehensión, se enfanga en verdades a medias, se complace en la sabiduría no oficial, se regodea en una serie de rumores que se expanden y ya señala, ya sugiere la inquietud y la alarma; es el país en donde impera el eufemismo que lo oculta todo para despojar las palabras de su terrible significado. México, en sí mismo es una novela negra, es el país surreal que alberga la posibilidad de perder a sus habitantes en urdimbres ocultas, que nos dice que las cosas son pero no son, y nada es lo que aparenta; su mismo lenguaje es críptico; su sabiduría oficial, esotérica; sus leyes, en ocasiones absurdas hasta los límites de lo kafkiano; su modos, confusos; sus autoridades, venales, burocráticas, arbitrarias, maquinando en las sombras; sus funcionarios, corruptos con propina y cansancio, inmorales hasta lo irreal, cínicos hasta la náusea; sus pobladores, indiferentes y ensimismados en rutinas que privilegian lo vulgar y trivial, y que desestiman el contacto con su realidad compleja, ignorantes hasta hacerse daño; ser mexicano supone comprender que el último recurso de nuestro desconcierto ya supone la administración de la irrealidad, el control de la impotencia, y el manejo correcto de la indignación. Bolaño, con Los detectives salvajes y con 2666 creó dos novelas mexicanas en el mismo sentido en el que pueden serlo Pedro Páramo de Juan Rulfo o Recuerdos del porvenir de Elena Garro, desde esa perspectiva, se nombra una realidad abigarrada, en los límites de lo inverosímil; estas obras no desestiman lo irreal y lo alucinatorio en muchas situaciones, en Bolaño se tiene la característica particular que sus dos novelas mencionadas son épicas de una confusión que nos deja con la desesperación a flor de labios. Los personajes bolañianos son el reflejo de esa realidad caótica.

La representación es el fingimiento o simulación de lo “real” a través de una ficción. ¿Qué es lo real? Sabemos que es aquello que se apega necesariamente al hecho o la situación nombrada o descrita, el “hecho” o el “evento” a nombrar se vulnera con el propósito de revelarlo, la poética (en el sentido de construcción y edificación) tendrá elementos para ponerlo enfrente de nosotros a través de los medios propios del lenguaje y de la efectividad del autor. Si tomamos la raíz latina fictus, en su acepción de fingido nos damos cuenta de la necesaria influencia que tiene lo que llamamos “real” sobre nosotros. La ficción nos permite crear un ordenamiento de lo posible en la obra literaria. Cuando la experiencia de lo real se disgrega en versiones contradictorias, nos queda la representación de su posibilidad, el acercamiento a su lógica en el recurso de abundar en lo imaginario. Así, podemos referir obras como Los hijos de la medianoche, de Salman Rushdie, obra que tiene el poder de referirse a realidades complejas a partir del recurso de lo imaginario, en el caso de Rushdie, su novela, salpicada de elementos mágicos y sobrenaturales, contribuye a señalar la conmoción y la sensación de irrealidad que provoca un país monstruoso por su variedad y complejidad en términos culturales y sociales. El personaje Saleem Sinai se convierte en una antena receptora del All India Radio, que es como decir que se vuelve el pararrayos de la propia complejidad de su nación, dentro de su monstruosidad resume la experiencia de todo un país, sus conflictos políticos y religiosos, y la relación conflictiva con su propia Historia. Esta forma de acceder a una realidad a través de su fingimiento contribuye a un acercamiento de parte del lector, la ficción señala lo esencial de la monstruosa complejidad de un país que parece un sueño, una fantasía multitudinaria y pluricultural. Efectos de la novela: la conmoción que nos provoca un paisaje inefable y abrumador. En Bolaño, también se esboza el dibujo del pánico, en novelas como 2666 se nombra ese horror sin nombrarlo. No es necesaria la efusión de sangre o la narración de la violencia física, el horror persiste en sus páginas. 

Si nos acordamos, en Moby Dick de Melville los marineros veteranos se dirigen a los novatos como son of darkness, hijo de las tinieblas, Ishmael, el personaje principal entrará en esa zona vasta, ambigua e imprecisa del mar donde muchos pueden naufragar o perderse. Parece haber un mensaje subrepticio en la obra bolañiana: no te embarques, no indagues, no es preciso descubrir, deja ese misterio como está. Esa comprensión de la realidad tiene como visos principales la convulsión de las cartografías. El efecto de la novela será la desubicación, pero esta misma nos señala nuestro lugar como lectores y nuestra relación con la realidad representada. Al acceder a una obra de ficción como Los detectives salvajes nos damos cuenta de que ésta posee distintos niveles de representación de lo real creando personajes-relato entrañables: un conjunto de testimonios que revelan ciertas tramas y subtramas; y también, el cruce de varios afluentes en el que se distinguen las facetas culturales, las lecturas, los testimonios, las historias personales de aquellos narradores. El efecto de la novela será la totalidad.

Leemos a Bolaño para perdernos en México, para extraviar las llaves del reino a propósito, para recuperar el efecto que nuestra realidad nos provoca, también, para asumir esa carta de indignación que llevamos siempre como afrenta. La novela bolañiana es ese síntoma acerca de la forma en que la realidad nos sofoca.







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jueves, 24 de febrero de 2011

Bolaño y los detectives




No sé si a muchos les pase pero la lectura de la novela de Roberto Bolaño Los detectives salvajes me parece que nos deja con la sensación de que es preciso entender algo, que no están resueltos todos los misterios o que no están atados todos los cabos sueltos, por eso creo que leer la última página de la obra marca el principio de otra lectura, de otra investigación. Y tal vez es necesario que así sea, después de todo el movimiento artístico y literario que inspiró la trama de la novela se quedó en una especie de limbo yo diría infrahistórico, hecho de nombres desdeñados por el aparato de la cultura oficial en México, así podemos decir que un principio teníamos al infrarrealismo: había que aproximarse a la realidad de vivíamos desde nuestro centro, nuestra psique contenida, nuestra rabia adolescente. Como movimiento literario marginal el infrarrealismo (llamado real visceralismo en la novela de Bolaño) promovía un compromiso con la cultura desde nuestra experiencia vital, sin ningún tipo de frontera entre nuestra persona y la experiencia artística que se promovía, así, por ejemplo el movimiento no reconoce fronteras entre vida y escritura. La vida se escribe en actos, los actos son palabras de una obra no publicada. Nuestras experiencias son gigantescos happenings, works in progress, performances. Los infrarrealistas van más allá: oposiciones contestatarias, amenazas contra sus antagonistas artísticos, actos de berrinche con un corte dadaísta, se declaran enemigos de Octavio Paz y afirman que van a “volarle la tapa de los sesos a la cultura oficial”, al movimiento lo caracteriza lo impredecible. Lo normal era presentarse en algún recital de poesía y “reventarlo”, interrumpirlo con gritos y abucheos, posiciones sarcásticas: ”ay maestro cuanta luz”; oposiciones irracionales: había que estar en contra de todos y contra todo. En la novela de Bolaño llegan al extremo de anunciar el secuestro de Octavio Paz. El infrarrealismo estaba condenado a desaparecer, sus representantes eran vistos como personas non gratas para quienes representaban la cultura canónica de aquel entonces. Como el surrealismo y el estridentismo en su momento los infrarrealistas pretendían una transformación moral de la sociedad a través de la experiencia artística; herederos de los surrealistas, de los dadaístas, de Manuel Maples Arce, de Marinetti, el infrarrealismo no logró conseguir la convocatoria que buscaba tal vez porque en sí mismo contenía sus elementos de destrucción: eran contestatarios hacia todo; más que constructivos, destructivos, lejos de ser orgánicos con los movimientos artísticos y el entorno social en el que se desenvolvían los infrarrealistas se negaban al pacto, al compromiso, a la negociación; se negaban incluso a un nombre, una representación, una fama. Pero a la postre creo que ello los salva y les da la repercusión necesaria para que el presente se ocupe de ellos; su anarquía sin cortapisas, su indefinición, su condición marginal, lo convirtió en un movimiento underground casi con características de secta secreta. Este afán de anonimato de sus protagonistas hace que volteemos la mirada hacia ellos y nos preguntemos el por qué de esa impostura aislada que ve la luz a mediados de los setentas intempestivamente y de la misma manera desaparece ayudados en cierta forma por el afán de ninguneo de la cultura oficial. Lo mismo podría decirse de los poetas de la generación beat quienes en su momento fueron ignorados por sus contemporáneos.
Pero la razón de estas líneas no es el infrarrelismo en sí mismo, quizá sólo es un pretexto. La única razón para que las búsquedas en Google, las páginas culturales, las crónicas literarias, la industria del libro y la blogósfera se ocupen de este movimiento marginal y casi inexistente es la novela de Roberto Bolaño Los detectives salvajes. La crónica de la gestación de este libro podría comenzar diciendo que había una vez en México un grupo de poetas contestatarios que se burlaban de todo el mundo cuyo aparente cinismo los llevó a la marginalidad y casi clandestinidad y luego fueron olvidados (quién se acordaba de ellos antes de la novela de Roberto Bolaño). Entre estos poetas Sturm und Drangers había un joven chileno que más tarde sería novelista y que inspirado por estos hechos creó una obra notoria al grado de ser vista como una prolongación tardía del boom de la literatura latinoamericana, de repente el autor alcanza la celebridad, su nombre empieza a ser mencionado insistentemente por la crítica, se corre el rumor entre los lectores que lo convierten en un autor de culto, se dice entonces que si la literatura latinoamericana estaba muerta o aniquilosada el libro de Bolaño era su oxígeno, su inspiración y respiración; es premio Herralde y premio Rómulo Gallegos. Los detectives salvajes nació del fracaso de las personas que lo inspiraron, surgió de su olvido, de su marginalidad, de su anonimato el cual era una premisa del movimiento. Arturo Belano y Ulises Lima los protagonistas de Los detectives… cruzan un pasillo de espejos, de reflejos que sus personalidades crean en las personas que los conocieron. El drama de la novela es del tipo wellesiano, ahí está también Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas: es imposible penetrar el misterio de forma una personalidad, la figura del Kurtz se mitifica a medida que nos acercamos a él pero tenemos la sensación de que nunca llegamos a conocerlo. Quienes creen conocer a Charles Foster Kane sólo se limitan a confrontar su testimonio con otro que pretender ser más fidedigno. Al final nadie sabe nada pero el proceso de indagar en un carácter o una serie de caracteres nos deja con una sensación de perplejidad. El final de Los detectives salvajes es una ventana abierta a lo infinito que forman las vivencias por venir de sus personajes, a lo íntimo y secreto de sus motivaciones: absurdas, irracionales, viscerales. Los testimonios que forman el relato de esta novela se limitan a señalar el misterio de unas personalidades en territorio charlie: el panorama de la vida cultural en el México de la década de los setentas, las mafias literarias, la voluntad de vivir por y para el arte mismo, las circunstancias políticas y la lucha contra el establishment. ¿Qué buscan los detectives salvajes? ¿Cuáles son sus motivaciones? Por momentos el lector desconcertado parece no saberlo y si hay una brújula en los itinerarios de Ulises Lima y Arturo Belano ésta no siempre apunta a Cecilia Tinajero, la mítica poeta perdida en el estado de Sonora. Al vivir su indefinición como una forma de vagabundeo mundial los detectives revelan esa zona de nuestra psique donde el absurdo es una necesidad. Ser un detective en México supone que la brújula no puede apuntar hacia un polo magnético, es la zona del silencio. A la búsqueda lo define lo paradójico: los detectives provocan indirectamente la muerte de la mujer que han buscado tanto tiempo. En la tradición literaria Sherlock Holmes o el padre Brown son héroes de la razón, surgen en el ámbito histórico del racionalismo y el empirismo inglés donde existe la premisa de que cada evento puede ser observable, verificable, mensurable, sujeto a la comprobación. El detective sabe que todos o la mayoría de los eventos que subyacen en el misterio pueden ser explicables. Los detectives salvajes entran en una especie de “no man’s land” que bien podría confundirse con un escenario surrealista y kafkiano (André Bretón veía en la vegetación mexicana un paisaje casi subreal). Entrar en el México mitológico y fantasmagórico que propone Bolaño ya es estar en los terrenos del Pedro Páramo rulfiano. Sucede lo mismo en 2666 donde no es posible entender y resolver los feminicidios en Santa Teresa (que bien puede ser Cd. Juárez o el Estado de México). En México no se vale hacer preguntas incómodas a riesgo de que se le responda con la vaguedad, la alusión críptica, el rumor, el mexicanismo que comprende una serie de símbolos esotéricos donde abunda el sinsentido, el doble sentido, el eufemismo; el lenguaje en México no está hecho para nombrar directamente un fenómeno o un hecho concreto sino para rodearlo, disminuirlo, ignorarlo. Este lenguaje sólo revela la tremenda impotencia ante una realidad que nos supera: un México brutal, incomprensible, sin sentido. Bolaño en Los detectives salvajes y más tarde en 2666 intuía un México apocalíptico y sin ningún tipo de coordenadas.

Una constante en la dos novelas mencionadas de Bolaño es la necesidad de anonimato: Los real visceralistas parecen boicotearse a sí mismos al momento de tener una opción constructiva: la participación en una antología que les de nombre o relevancia para con sus afines, la asistencia a un simposio o conferencia que les de notoriedad. Ulises Lima se desaparece como por arte de magia en un evento y no vuelve a saberse de él hasta mucho tiempo después, su paradero intriga a los personajes que lo conocen, intriga al lector. Esa serie de lagunas espacio-temporales forman una constante de las dos novelas. Existe siempre una sucesión de testimonios pero al no completar el esquema psicológico de las personalidades de los protagonistas se crea una sensación de discontinuidad. Los cinco libros o partes que forman 2666 también abundan en la percepción parcial de un personaje: la verdad sobre el casi mitológico Benno Von Archimboldi. Ese rasgo del movimiento infrarrealista persistió en los personajes de Bolaño quienes terminan por desaparecer de la memoria como es el caso del poeta García Madero cuyo nombre no aparece entre los miembros del real visceralismo y nunca se menciona alguna de sus obras. Es también el caso de la contraparte real de Auxilio Lacouture, Alcira Soust Scaffo, poeta sin obra, sin notoriedad, de quien se dice permaneció varios días encerrada en la torre de Humanidades en la UNAM mientras el ejército tomaba las instalaciones. Bolaño lleva a la ficción este evento y lo retrata en su novela, también haría entrar a Alcira en otra de sus obras: Amuleto. Es el éxito de Los detectives salvajes lo que provoca el interés de los investigadores de desentrañar el mito de los creadores del infrarrealismo. Así como Arturo Belano y Ulises Lima buscan a Cecilia Tinajero en el norte de México, los investigadores del fenómeno cultural del 68 y la obra de Bolaño parecen engendrar y promover una nueva mitología que sacaría a los personajes del papel para darles nueva una vida más allá del ámbito ficcional. Si la literatura puede formar un fresco donde una recopilación de testimonios formaría la trama que nos llevaría a desentrañar un misterio como si se tratara de un trabajo detectivesco, de investigación literaria o periodística, ser lector o investigador “bolañiano” también supone ser un poco detective salvaje.

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