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El Blog de Noé Vázquez

martes, 24 de julio de 2012

Y en nuestro espejo: Alicia

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Por: Noé Vázquez.

Nada más opuesto a la disciplina victoriana que ese afán, absurdo si se quiere, de vagar, romper una brújula o seguir un impulso ilógico, sin sentido, de periplos sin ningún tipo de fin o fondo sustancial. Alicia perseguirá al conejo blanco hasta conocer el fondo de ese precipicio onírico por el que habrán de atreverse los lectores de las generaciones siguientes que verán en la obra The Adventures of Alice in Wonderland y sus secuelas un camino soterrado pero liberador donde un túnel horizontal puede ser trastocado en un pozo vertical solo para enseñarnos que también es posible traspasar la apariencias y ver el trasfondo de las cosas ¿Qué está arriba y qué está abajo?. Nada es lo que parece. Un gato no es un gato, es una sonrisa burlona, llena de sorna que desaparece en la bruma dejándonos atónitos y helados por la curiosidad de un mundo subterráneo donde es posible trastocar la lógica conocida; un segundo es una eternidad, una eternidad es un segundo como si se tratara de un viaje ácido; una distancia larga está a la vuelta de la esquina y dejan de tener sentido las nociones de forma y tamaño; no es preciso llegar a un lugar en concreto porque cualquier lugar es importante, necesario; no hay direcciones definidas ni destinos porque, en una de esas, ya hemos llegado; las apariencias se corrompen para sorprender nuestro entendimiento demasiado estructurado por la lógica racional, la moral, las buenas costumbres, las prohibiciones sistemáticas y constantes que nos atan; cosas que Alicia y nosotros aprendemos en la casa y la escuela. En su interminable caída en este pozo sin fondo Alicia piensa en lo aprendido: ¿Será necesario olvidarlo nuevamente? Después de todo, estamos lejos de la reina Victoria y sus nobles, hemos escapado de los tutores autoritarios y del rostro agrio de nuestros aburridos maestros, rectos como una vara, verticales y puritanos. El fondo del túnel no nos llevará a las Antípodas, eso sería muy sobrio, propio de gente demasiado despierta; mejor decir, con nuestra mejor y absurda glosolalia que llegamos a las “antipáticas” donde Alicia se encoje o se desborda haciendo de las nociones espacio-temporales una vil convención aritmética entre dos correctos caballeros de pipa y guante. 

No perdamos nuestra “muchosidad” tal y como nos aconseja alguno de sus personajes, estamos tras el espejo de la geometría euclidiana; tal vez las aventuras de Alicia prefiguren un orden nuevo en donde ciertas nociones convencionales habrán de cambiar: saben que me refiero a la relatividad de Einstein, otro niño como Alicia, quien con la su lentitud característica tardo mucho tiempo en dejar de pensar en términos de tiempo y espacio y en esa brújula loca que insistía en fijarse siempre en el mismo punto como si fuera atraída por una fuerza misteriosa. Al soñar, nuestras brújulas, relojes y posicionadores GPS terminan por desvariar y nos conducen al mismo mundo de Alicia donde una reina loca insiste en decapitar a diestra y siniestra con cualquier pretexto, por menor que sea; o bien, participar en carreras circulares sin duración o reglas definidas en donde todos son ganadores. A todo lo gobierna una necesidad un tanto vana y al mismo tiempo necesaria de jugar dentro de una incertidumbre sin visos de solución aparente porque el sueño se desplaza siempre sin ningún equipaje lógico o moral, sin ningun ordenamiento coherente. Arriba sobre el adoquinado y las candilejas de gas impera un orden estricto del que es necesario escapar, un mundo lleno de deberes y responsabilidades con un estratificación social inflexible, sin espacio para la espontaneidad y que condena la libertad y el libre pensamiento, la risa loca y el divertimento. Este fue el mundo que vio nacer a Charles Lutwidge Dodgson quien tuvo una excelente educación hasta que según se dice, ésta fue interrumpida por el colegio. A lo largo de su vida se interesó por temas tan dispares como el ideal de belleza en la fotografía, la geometría, las paradojas y toda forma de matemática recreativa. The Adventures of Alice in Wonderland habría de ser un libro para niños, es decir, para todo ser humano capaz participar en juegos. Los diálogos y aforismos de la obra darán de que hablar hasta nuestros días; sus construcciones verbales desafían la razón, son un reto para el sentido común y rescatan la visión del paraíso perdido de nuestra infancia donde es posible convivir con seres fantásticos y darnos, a nosotros mismo buenos consejos a pesar de que rara vez podamos seguirlos; o bien, fantasear con la idea de que es posible pintar las rosas con un pincel o divagar sobre comparaciones extralógicas: “¿En que se parece un cuervo a un escritorio”… La vitalidad de una obra así radica en situarse como un signo de interrogación y aludir a la perplejidad y el asombro del lector quien ve con agrado la destrucción de los muros de un reino represor y convencional, el destronamiento necesario de todo rey o reina decapitante. En el constante fluir de sucesos de este reino de las maravillas se adivina el susurro discreto de nuestra conciencia libre, pero soterrada; la corriente constante de nuestra pensamiento sin restricciones. Esta vez la “sonrisa sin el gato Cheshire” no será de sorna sino de complicidad.

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