domingo, 8 de enero de 2017

“Me dijeron que era un descendiente de Aarón, el sumo sacerdote”. La música de Leonard Cohen.


Por: Noé Vázquez.

Todo sucedió muy rápido, como en casi todo. La ausencia excavó en la remembranza, sacó al filósofo casual y espontáneo que hay en todos. Vaya novedad, crecemos, avanzamos y todo se aleja, como cuando miramos por la ventanilla del autobús y pensamos que nuestra existencia tiene un efecto túnel o una función de onda capaz de sincronizar nuestro corazón en el pasado y en el presente, aquí y allá, entre dos amores, entre dos estaciones, entre los que se van y los que se quedan. Leonard Cohen se fue, toda ausencia es brusca, hay algo que se nos arrebata de las manos. Toda ausencia es una excusa para la memoria que a veces no sabe de conjugaciones. Confundimos los tiempos cuando hablamos de lo recién ido. Trataré de hablar desde lo presente pero dirigiéndome a lo que nos abandona.

Sucedió lo del premio Nobel concedido a Bob Dylan (2016) y el Premio Príncipe de Asturias de las Letras otorgado a Leonard Cohen en Oviedo (2011), entonces descubrimos que todo ello valida la importancia de una música cuyas letras rozan la interioridad de la poesía, se trata de premios que reconocen la lírica en las cuerdas y la resonancia de las letras en la música; al final, la inesperada gran literatura que es posible descubrir incluso en lo menos académico y exquisito. Pero también, hay que reconocer esa deuda que vincula a Leonard Cohen con Federico García Lorca y con la guitarra flamenca; así mismo, es una vindicación del mensaje sesentero y convulso que devino en lo que intentamos ser ahora: el imperio de la justicia en el mundo, la búsqueda de un orden político más incluyente, la libertad de expresión y la tolerancia hacia lo diverso; tenemos muy poco de aquello, queremos más; la esperanza queda en un baile a ojos cerrados mientras nos dejamos llevar por la cadencia de una canción como “Dance Me To The End Of Love”. Cohen comparte algo con la generación beat, a quien el futuro parece haberle dado la razón, hay una vindicación postrera en la forma como vemos la década de los sesenta del siglo XX y esa constante lucha contra el establishment. Reconocer la poesía de Dylan y de Cohen es repensar esa década, darnos cuenta de nuestro poco parentesco con aquellos: los desmelenados, los subversivos, los no convencionales, los inclasificables, los insatisfechos. Esta pelea contra el orden imperante creó los paradigmas de lo que fue la industria musical en las décadas siguientes, y en esta postmodernidad, tan incrédulos, tan desdeñosos del pasado, tan iconoclastas, de repente nos damos cuenta de la importancia de aquellos que soñaban con el poder de la imaginación, la supremacía del amor, y la necesidad de una revolución sexual. Así son los tiempos, así fueron sus tiempos.



Cohen es conocido como un elegante crooner milenarista y sombrío, su poética es la de un pesimista fin de siècle que no cesa de advertirnos lo mucho que nos hemos equivocado como individuos, como sociedad y gobierno. Nacido de una familia judía de Montreal, Quebec en 1934, desde su juventud intentó posicionarse dentro de la escena poética. Sus primeros años representan la búsqueda del éxito literario para después, consolidarse en la música. Intenta ser libre, afirma, incluso como un pájaro en el alambre, o como en un coro de alegres borrachales. Le gusta visitar los bares del viejo Montreal para recitar su poesía, eso en la década de los cincuenta; lo imaginamos como un hombre que siempre puede decirnos el idiomático I´ve been around, you know de quien tiene la debida experiencia, yo no me cuezo al primer hervor, parece recordarnos. Soy su hombre, nos dice en alguna canción; se concibe como aquel que sabe que hay en todo una grieta, una leve grieta que siempre permite la entrada de la luz; y es aquel hombre, que cosechará modestos éxitos literarios con poemarios como The spice-ox of Earth (1961), Flowers for Hitler (1964), y las novelas The favourite game (1963) y Beautiful losers (1966). Su paso por la escena literaria hará que sea revalorado e incluido como un beatnik extemporáneo y periférico. Su música será un salto arriesgado y exitoso, con letras complejas, un tanto depresivas y sarcásticas. Cohen se convertirá en aquel que sabe que no existe ninguna cura para el amor y que deseamos estar con la mujer que queremos sólo porque está loca; y añadidura, nos invita a tomar Berlín y Manhattan. Así es, así era Cohen.

Una música que podemos definir como de una mundana religiosidad (“Hallelujah”, “Suzanne”), de proféticos y entrevistos apocalipsis que no desdeñan la esperanza (“The Future”), de un terrestre misticismo (“Anthem” entre otras), de cierto pesimismo que condena la hipocresía (“Everybody Knows”), de condensaciones y comprensiones de un mundo cuyo tráfago nos agobia (“Democracy”, “First We Take Manhattan”), de erotismo un tanto brusco y desconectado (“Chelsea Hotel”, “Sisters Of Mercy”), de plegarias e invocaciones (“Who By Fire” parece una alabanza y no lo es); una música en la que no existe la distinción entre lo sagrado y lo profano porque hemos visto la divinidad en los ojos de la mujer que queremos (lo descubrimos en “So Long Marianne” y “Joan Of Arc”), y creemos que los amantes son crucifijos para aferrarse, se aman de rodillas y a ojos cerrados); una música que es una apología guerrillera de la resistencia judía en Francia, pero también, el lamento solitario en la diáspora y la persecución (la tradición hebrea es esencial en “The Partisan”, en la instrumentación, en los coros). Así son sus letras y sus temas, así los escribía.

Hay una constante en la instrumentación de su música, se basa en un rasgueo esencial y austero al principio, un delicado pulso de guitarra acústica con pocas pretensiones que deja correr las aguas, pero que más tarde incluye visos de guitarra clásica y de toques de flamenco; se dice que es aquel que sacrifica la instrumentación para que no se pierda de vista la poética de sus versos, pero eso no le impide incluir coros femeninos en todo momento, acordeones y a veces violines, particularmente en “Closing Time” (e incluso ser producido con una ostentosa pared de sonido por nada menos que Phil Spector), o bien, en la nostálgica “Dance Me To The End Of Love” que retoma un fraseo vagabundo, las voces al viento de la raza judía en sus peregrinajes por Europa y por momentos, las caravanas de gitanos cruzando las fronteras, tema que compuso luego de que supiera que en los campos de concentración nazis a los judíos con conocimientos musicales se les obligaba a tocar y a formar pequeñas orquestas de música clásica. La canción es de una belleza triste y nostálgica, lo suyo es la levedad del nuestro espíritu que nos permite flotar más allá de nuestras adversidades. Así es su música, así era Cohen.

Su voz es inconfundible, es aquella que renuncia a gustar porque nuestras realidades son ásperas, puede no agradar a muchos pero le creemos a esa voz cavernosa, alcohólica y sin pretensiones; él es el padre de los trovadores aguardientosos con dejos de bon vivants que abundan en los bares a la medianoche; esa voz dura parece cantar con el último cigarrillo en la boca (que al final no lo es) y la última ronda de copas; también es la voz que le dio su primer éxito importante, las mujeres; la voz de Leonard Cohen es la de un barítono abusivo y rasposo (como de un bluesman callejero de guitarra destartalada). Lo que nos dice esa voz es grave pero necesario, viene de las profecías del Antiguo Testamento; esa voz tan frugal y minimalista parece recitar el Eclesiastés con suma severidad; esa voz nos habla de los tiempos que vienen, esos tiempos de los que habla en “The Future” cuando nos dice que él (también) es aquel pequeño judío que escribió la Biblia. Así es como se las gastaba.

De niño le dijeron que descendía de Aarón, el sumo sacerdote de las Escrituras. Cohen también es El Evangelista pero no aquel cuya frugalidad lo hace alimentarse de miel y saltamontes. No, esta vez, vestido de playboy, elegante, impecable con sombrero y traje a rayas, como si fuera un gánster. Otras veces lo vemos como uno de esos agrestes y ceñudos escribas que predican en la soledad del desierto, donde la sequedad y la soledad nos hacen alucinar con dioses y demonios. Su rudeza (en ocasiones suave) se nos presentó con “Suzanne” desprendida de su primer disco The songs of Leonard Cohen (1967) que ve la carnalidad como algo sagrado; el amor es el gran tema de los Evangelios y nos dirá que “quieres viajar con ella y quieres viajar a ciegas / porque ella ha tocado tu cuerpo con su mente”.

Lo que tenemos de él se ha ido cristalizando poco a poco en el imaginario auditivo de todos, pero también ha sido parte de las imágenes cinematográficas, cada uno de nosotros se ha quedado con algo, aun sin quererlo y sin darse cuenta, gracias a la revaloración y vigencia de su música que inició a principios de la década de los noventa: “Everybody knows” en Pump up the volumen, “Hallelujah” en Shrek y Watchmen; en la película canadiense Exotica de Atom Egoyan, con una escena de baile erótico bastante difícil de olvidar; “Anthem” y “The Future” en Natural born killers de Oliver Stone en donde vemos a un par de asesinos seriales, Mickey y Mallory cuyas escenas, ambientadas en el horror y el pesimismo, tienen esa música de fondo; o bien, en Rosewater de Jon Steward en donde vemos a un Gael García Bernal encarcelado en una pequeña habitación blanca mientras hace un baile escuchando en su cabeza y a ojos cerrados “Dance Me To The End Of Love”, o bien en Wonder boys de Curtis Hanson; pero el director de cine que podría decirse, fue su descubridor fue Robert Altman, quien en 1968 llenó con temas de su primer disco su cinta Mr. McCabe and Mrs. Miller. Así, sin saber quién era ya lo marcábamos.

Seguimos adelante, tiempo en línea recta con lo que viene, función de partícula, y el profeta nos invitará a no insistir en lo que ya fue, a no abundar en lo que todavía no es (“Anthem”); en un lenguaje bíblico hay un tiempo para todo pero no evitamos disponer de nuestras cuerdas, las propias que se tensan hasta el dolor en el pecho cuando alguien, sin importar quién y sin importar la experiencia previa escucha por primera vez “Suzanne” y en medio del pesado nudo de la gitana vivencia no habrá necesidad de saber el contenido de ninguna letra. Todo estará en la voz solitaria de esos desiertos cananeos y la alegría triste de la plegaria que nos recupera. Supongo que así es Leonard Cohen.




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