viernes, 22 de julio de 2016

Los detectives y la brújula descompuesta. Efectos de la novela bolañiana.




Por: Noé Vázquez

Hablar de Roberto Bolaño (1953-2003) en ciertos círculos es mencionar las llaves del reino de la bruma, los territorios de Oz, el poblado mitológico de Diddy-Wah-Diddy, las heredades del Preste Juan y los países exóticos de Gog y de Magog. Todo depende y todo se basa en las afinidades, en el encuentro de los gustos con sus propietarios que generalmente trasnochan pensando en lo absurdo de cada destino y en la inmediatez del periplo. Y ahí estamos, haciendo la pregunta esperada y consabida que nos hermana en las elecciones que tomamos: “¿Te gusta Bolaño?”. Pregunta casi obligada que alguien tiene que hacer primero, quizá para romper el hielo de toda conversación o para revivir un diálogo que no parece ir hacia ninguna parte. Y en esa conversación privada a deshoras de la madrugada volvemos a pensar en él. A partir de esa pregunta puesta como una invitación y sugestión se hacen esos diálogos. Bolaño es para insomnes, para los que salen a tomar la brisa fresca en algún balcón y piensa en lo absurdo de todo destino y la necesidad de toda búsqueda aunque ésta resulte inútil. Reflexionar sobre el universo bolañiano casi siempre nos lleva a lo que es propio del existencialismo: lo absurdo, la búsqueda o la carencia de un propósito, y la necesidad que poder vivir esta vida bajo nuestras condiciones. Imponer una “esencia” como un cimiento de la propia “existencia”. 

Un lector clásico de Bolaño se caracteriza por despertarse de madrugada pensando en el misterio de ciertos eventos, de ciertas palabras. Roberto Bolaño a través de Los detectives salvajes (1998) creó una novela de culto señalando la oscuridad y la imprecisión, nunca pretendió ofrecer una respuesta, defender una tesis o aportar algún tipo de solución a determinada problemática, esa no es la tarea de la novela, lo sabemos. Bolaño, como muchos otros, se limitó a rendir una cartografía de lo impreciso con fronteras que se difuminan en la niebla. Sus obras más importantes, tanto Los detectives salvajes, como su obra póstuma 2666 (2004), conciben la realidad y su representación como parte de una comprensión caótica de la misma ya que, se nos enseña a pulso, todo intento de averiguación puede llegar a sufrir de agotamiento, y toda discusión puede conducirnos al cansancio; en suma, hay que postergar el conocimiento, podemos vivir sin la certidumbre siempre cuando nos dejen vivir más o menos en nuestros propios términos. 

Y la obra de Bolaño, o de cualquier otro novelista cuya obra provoque un efecto tan notorio en los lectores nos lleva siempre a las definiciones posibles de la novela, tarea complicada ya que este “género de géneros” ha sufrido mutaciones a lo largo de la Historia. Sin embargo, podemos apoyarnos (siempre momentáneamente) en la definición que hace Ortega y Gasset quien, para hablar de la novela buscaba el efecto provocado en un lector braceando desde un elemento líquido de la existencia ajena propuesta por el novelista, hasta la orilla de su propia realidad y vivencias:

«Si alguien nos mira, entonces descubrirá en nosotros, la dilatación de párpados que caracteriza a los náufragos. 
Yo llamo novela a toda creación literaria que produce este efecto».

Pero también, reflexionando en los efectos de una novela como Los detectives salvajes no podemos evitar nombrar y señalar esa sensación de perplejidad que viene con la obra, esa percepción de que cada referencia al mundo engendrado en ésta parece obedecer a un delirio frustrante. O, si pensamos en 2666 podremos llegar a la conclusión de que atmósfera imbuida a sus personajes parece un ataque impotente en la oscuridad: “No siga investigando, no es necesario, hay cosas que simplemente no es necesario saber”. Efectos de esta novela: la alarma, la inquietud, el estupor. Lo vemos en esas historias referidas desde distintas aristas que parecen venir desde de la ofuscación, la consternación, la alarma, el grito que maldice la realidad; cortada sobre la lógica tradicional, hiriente rajadura sobre la feliz ordenación de la razón, parte de una guerra que ya se perdió, que se consideraba perdida de antemano, que se seguirá perdiendo por los siglos de los siglos, Cartas de relación del Apocalipsis. No es extraño que el universo bolañiano desemboque en Santa Teresa, y las asociaciones inevitables con Ciudad Juárez y sus muertas. 

El efecto es la incertidumbre: no hay ordenación posible, esa es la percepción del lector; sólo la posibilidad inmediata, cruda, insensata, sin cartas de marear. En el caso de Los detectives salvajes, Ulises Lima y Arturo Belano son poetas del desencuentro, de la intermitencia, de la desaparición, de la ausencia, de una búsqueda absurda que los hará marchar constantemente en un trabajo de investigación cuyo propósito por momentos parece infantil: el paradero de Cesárea Tinajero, poeta del estridentismo, movimiento de una vertiente del surrealismo mexicano. Lo que veremos en los noventa y tres monólogos, testimonios o metarrelatos de la novela es la contradicción de quienes aportan su versión de los hechos, el reconocimiento del misterio de cada personalidad, la omisión continua, obcecada. La lógica chestertoniana se convulsiona, es pura ansiedad de búsqueda, de divagaciones que rayan con lo absurdo, de desvíos y extravíos constantes. En Bolaño no sirven las brújulas.

La novela, siendo ficción alude a la realidad, la señala para crear un ordenamiento de lo posible, un rescate de la misma. Los detectives salvajes fue la obra que condujo a la crítica hacia el análisis de cierto movimiento un tanto underground que se desarrolló a nivel alternativo de la cultura oficial durante el México de la década de los setenta, a fines del gobierno de Luis Echeverría y que es el cimiento real de esta novela, es el movimiento infra, que inspiraría el real visceralismo. Los “infras” surgen dentro de un marco en donde la Universidad Nacional Autónoma de México, a través, tanto de la Facultad de Filosofía y Letras, como de La Casa del Lago, organizaba talleres y lecturas de poesía. Uno de los principales personajes de la obra, el poeta de diecisiete años García Madero nos habla de esta efervescencia de talleres en los que es muy fácil entrar. Otro de los personajes, Jacinto Requena, menciona una “fiebre por los talleres de poesía” a los que entraban, muchas veces por una sola vez, para escuchar y comentar los poemas de los demás, o para leer los propios. 

En la novela de Bolaño, el personaje de Amadeo Salvatierra los presenta como huérfanos de padre, tal vez esto era cierto en parte, ya que la cultura se agrupaba y se sigue agrupando en “mafias”, algunos poetas recibían prebendas y becas del gobierno, otros grupos artísticos tenían que buscar formas alternas de supervivencia y vivir casi en la clandestinidad. Una de las características del movimiento infra era su tendencia al sabotaje, a los actos de berrinche y muchas veces, a la indeterminación de sus propósitos. Como muestra de su intransigencia a toda prueba en Los detectives salvajes se menciona un intento de secuestro a Octavio Paz, quien, para el grupo infrarrealista, representaba todo lo ominoso de la cultura oficialista y de las mafias culturales que dirigían el país. En los hechos se menciona por ciertos medios un sabotaje a David Huerta, hijo del poeta Efraín Huerta, también, ciertos actos más o menos infantiles y de tendencia dadaísta como el de presentarse en alguna lectura de un poeta y recolectar firmas entre el público presente para expulsarlo de la misma, o bien de despedir a algún tallerista con el que no se estuviera de acuerdo. En cierta ocasión, Mario Santiago Papasquiaro (poeta que inspira el personaje de Ulises Llima) junto con su amigo Ramón Méndez intentaron despedir a Juan Bañuelos del taller de poesía que estaba dando. Buscaron recolectar firmas, pero lo que se dice es que fueron ellos los despedidos. La actitud de los personajes siempre se caracterizó por ser atrabiliaria, contestataria, casi infantil.

A partir de la segunda parte de Los detectives salvajes, se advierte que a nivel narrativo, empieza girar una especie de caleidoscopio en forma de relatos. Lo que abunda es lo metaliterario y lo anecdótico. Los cincuenta y tres personajes que buscan referir de primera mano su encuentro con Ulises Lima y Arturo Belano tienen cada a uno a su manera una versión de los hechos. Esta búsqueda detectivesca y wellesiana dentro de la novela parece citar a los testigos de los eventos para difundir el conocimiento de una o varias personalidades para después, ubicarlas en la vaguedad, sacarlas de su concreción lógica y necesaria a fuerza de la referencia cruzada, la contradicción de quienes dan su testimonio, el reconocimiento del misterio de cada personalidad; en la omisión continua, obcecada, constante, se esconderá siempre el elemento esencial, la última pieza del puzzle, el detalle que completará el cuadro para tener el norte necesario y fundamental que haga comprensible y justificable cualquier acto, cualquier forma de vida, cualquier personalidad; pero sabemos que esto nunca sucederá. 

El efecto es la vaguedad tan propia de los dos personajes principales, Ulises Lima y Arturo Belano (trasunto de Bolaño) que se refleja en una búsqueda absurda, sin fin, sin una teleología definida, que por momentos la asemeja a otras obras como El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, o bien, a Viaje al fin de la noche de Louis-Ferdinand Céline. En El corazón de las tinieblas, Marlow, el narrador de la historia busca llegar a su destino donde será recibido por Kurtz, a lo largo del trayecto recibe informes acerca del mismo, pero sabemos que siempre habrá un nivel de misterio alrededor de él, se trata de suposiciones y de malos entendidos. Conoceremos a Marlow, pero nunca a Kurtz, porque el hecho de sugerir su presencia lo hace omnisciente en la imaginación del lector, lo señala como algo a lo que es necesario prestarle atención, para después ocultarlo en la bruma del desconcierto, de la ambigüedad, de la contradicción; eso lo convierte en motivo de obsesión. Conrad hace este truco de póker con toda la malicia que puede haber. Ya sabemos que en literatura no existe nada inocente y todo tiene una razón de ser. Hay un eco conradiano en una cinta como Citizen Kane de Orson Welles, el reportero que trata de desentrañar el misterio de las últimas palabras de Kane se ve inmerso en un laberinto de referencias cruzadas que, más que revelar, ocultan, más que aclarar, señalan la imposibilidad de comprender el milagro de una personalidad. Al final, en la Mansión Xanadú el reportero se dará cuenta de que nunca sabremos a qué se refería este magnate con sus últimas palabras. Y esa falta de concreción la hallamos en la obra teatral Esperando a Godot de Samuel Becket. ¿Ecos del existencialismo en estas épicas del sinsentido? Ulises Lima es Nadie o Nemo también es Odiseo, pero no hay un reino de Ítaca para regresar; también lleva el nombre de Simbad el Marino, y “Timbad el Sarino y Jimbad el Jarino y Winbad el Warino”, usando el juego de palabras joyceano; su condición es la de fundirse en la leyenda, ser etéreo e indeterminado: existe y no existe, sabemos exclusivamente lo que nos dicen de él, su relación mítica. Para el novelista es necesaria la vaguedad, la simple sugerencia, nadie sabe quién es Godot, sabemos que lo esperamos solamente y es importante por eso; no sabremos nunca quién es Kurtz realmente y, en el caso de Ulises Lima: “se llama Alfredo Martínez o algo así”, dice María Font. “Nosotros le llamábamos por su nombre verdadero, Alfredo, no sé qué…” diría Laura Jáuregui en otro de los metarrelatos que forman la novela. Efectos de la novela, su motor es la desubicación de los personajes, y también, esa percepción de la realidad en la que abunda lo fantasmagórico y lo escurridizo. Bolaño recuerda México, sus obras son la imagen de esa memoria difusa en sus contornos, pero no se equivoca en la definición de su esencia. Bolaño sí sabía sobre nuestra realidad.

México, justo como en la visión bolañiana, es un país telúrico, impredecible, parece que se escapa al determinismo y a la aprehensión, se enfanga en verdades a medias, se complace en la sabiduría no oficial, se regodea en una serie de rumores que se expanden y ya señala, ya sugiere la inquietud y la alarma; es el país en donde impera el eufemismo que lo oculta todo para despojar las palabras de su terrible significado. México, en sí mismo es una novela negra, es el país surreal que alberga la posibilidad de perder a sus habitantes en urdimbres ocultas, que nos dice que las cosas son pero no son, y nada es lo que aparenta; su mismo lenguaje es críptico; su sabiduría oficial, esotérica; sus leyes, en ocasiones absurdas hasta los límites de lo kafkiano; su modos, confusos; sus autoridades, venales, burocráticas, arbitrarias, maquinando en las sombras; sus funcionarios, corruptos con propina y cansancio, inmorales hasta lo irreal, cínicos hasta la náusea; sus pobladores, indiferentes y ensimismados en rutinas que privilegian lo vulgar y trivial, y que desestiman el contacto con su realidad compleja, ignorantes hasta hacerse daño; ser mexicano supone comprender que el último recurso de nuestro desconcierto ya supone la administración de la irrealidad, el control de la impotencia, y el manejo correcto de la indignación. Bolaño, con Los detectives salvajes y con 2666 creó dos novelas mexicanas en el mismo sentido en el que pueden serlo Pedro Páramo de Juan Rulfo o Recuerdos del porvenir de Elena Garro, desde esa perspectiva, se nombra una realidad abigarrada, en los límites de lo inverosímil; estas obras no desestiman lo irreal y lo alucinatorio en muchas situaciones, en Bolaño se tiene la característica particular que sus dos novelas mencionadas son épicas de una confusión que nos deja con la desesperación a flor de labios. Los personajes bolañianos son el reflejo de esa realidad caótica.

La representación es el fingimiento o simulación de lo “real” a través de una ficción. ¿Qué es lo real? Sabemos que es aquello que se apega necesariamente al hecho o la situación nombrada o descrita, el “hecho” o el “evento” a nombrar se vulnera con el propósito de revelarlo, la poética (en el sentido de construcción y edificación) tendrá elementos para ponerlo enfrente de nosotros a través de los medios propios del lenguaje y de la efectividad del autor. Si tomamos la raíz latina fictus, en su acepción de fingido nos damos cuenta de la necesaria influencia que tiene lo que llamamos “real” sobre nosotros. La ficción nos permite crear un ordenamiento de lo posible en la obra literaria. Cuando la experiencia de lo real se disgrega en versiones contradictorias, nos queda la representación de su posibilidad, el acercamiento a su lógica en el recurso de abundar en lo imaginario. Así, podemos referir obras como Los hijos de la medianoche, de Salman Rushdie, obra que tiene el poder de referirse a realidades complejas a partir del recurso de lo imaginario, en el caso de Rushdie, su novela, salpicada de elementos mágicos y sobrenaturales, contribuye a señalar la conmoción y la sensación de irrealidad que provoca un país monstruoso por su variedad y complejidad en términos culturales y sociales. El personaje Saleem Sinai se convierte en una antena receptora del All India Radio, que es como decir que se vuelve el pararrayos de la propia complejidad de su nación, dentro de su monstruosidad resume la experiencia de todo un país, sus conflictos políticos y religiosos, y la relación conflictiva con su propia Historia. Esta forma de acceder a una realidad a través de su fingimiento contribuye a un acercamiento de parte del lector, la ficción señala lo esencial de la monstruosa complejidad de un país que parece un sueño, una fantasía multitudinaria y pluricultural. Efectos de la novela: la conmoción que nos provoca un paisaje inefable y abrumador. En Bolaño, también se esboza el dibujo del pánico, en novelas como 2666 se nombra ese horror sin nombrarlo. No es necesaria la efusión de sangre o la narración de la violencia física, el horror persiste en sus páginas. 

Si nos acordamos, en Moby Dick de Melville los marineros veteranos se dirigen a los novatos como son of darkness, hijo de las tinieblas, Ishmael, el personaje principal entrará en esa zona vasta, ambigua e imprecisa del mar donde muchos pueden naufragar o perderse. Parece haber un mensaje subrepticio en la obra bolañiana: no te embarques, no indagues, no es preciso descubrir, deja ese misterio como está. Esa comprensión de la realidad tiene como visos principales la convulsión de las cartografías. El efecto de la novela será la desubicación, pero esta misma nos señala nuestro lugar como lectores y nuestra relación con la realidad representada. Al acceder a una obra de ficción como Los detectives salvajes nos damos cuenta de que ésta posee distintos niveles de representación de lo real creando personajes-relato entrañables: un conjunto de testimonios que revelan ciertas tramas y subtramas; y también, el cruce de varios afluentes en el que se distinguen las facetas culturales, las lecturas, los testimonios, las historias personales de aquellos narradores. El efecto de la novela será la totalidad.

Leemos a Bolaño para perdernos en México, para extraviar las llaves del reino a propósito, para recuperar el efecto que nuestra realidad nos provoca, también, para asumir esa carta de indignación que llevamos siempre como afrenta. La novela bolañiana es ese síntoma acerca de la forma en que la realidad nos sofoca.







viernes, 1 de julio de 2016

Las chambitas y los días. Borges en la biblioteca Miguel Cané.




Por: Noé Vázquez.

Todo empieza con alguien que conoce a alguien. El primo de un amigo, un conocido, un compadre, que no un compadrito, ya que ellos se cuecen aparte. Si te llamas Borges y quieres tener un empleo tal vez sea conveniente un amigo llamado Adolfo Bioy Casares y otro de nombre Francisco Luis Bernárdez, así con ello, Jorge Luis Borges tendrá un medio de subsistencia en la Biblioteca Pública Miguel Cané. Ciertos testimonios dicen que en su primer día se apresuró con el trabajo para terminarlo a tiempo. “Calma che Borges” —habrían de decirle—“Si seguís con ese ritmo de trabajo nos van a despedir a todos”. Borges se lo toma con paciencia. Ya habrá tiempo para todo.

Los días transcurren, anodinos, abyectos, todos iguales, no es posible diferenciarlos, los marca la monotonía, el hartazgo. Sus compañeros de trabajo lo detestan, alguien, cuyo nombre será preciso olvidar lo recordará por su soberbia. Están hartos de él, pero su repulsión les llegará hasta la desesperación en años posteriores. No faltará quien diga: “Estamos hartos de Borges”. Otros pensarán en él como un subalterno mediocre. Alguien más, dicen que fue “El Rufián” Bogdano, se sorprendió de ver escrito en alguna partida enciclopédica de la Espasa de 1931, la foto con su nombre: “Jorge Luis Borges, poeta y literato argentino”. ¿Será posible que existan dos personas el mismo nombre y que se parezcan tanto? Borges trata de aclararlo, no miente, "soy yo", habrá de decir. Desde luego, nadie le cree. Borges no dará después mucha luz sobre el asunto, no le interesa, sabe que eso no es importante. El mundo está lleno de incautos que como polillas se incrustan en la luz de la fama. Tal vez, uno de esos días se presentaron en la biblioteca sus amigas socialités, tan fifís, tan elegantes, tan upper class colmándolo de atenciones, de distinciones, señalándolo como uno de los suyos; después de todo, nadie escapa a un poco de esnobismo. Las empleadas de la biblioteca miran la escena, se cuestionan: “¿Quiénes son? Qué señoritas tan elegantes”, — pensarán ellas—. Tiene razón Proust cuando dice que el esnobismo es el aquel pecado sin remisión que mencionaba San Pablo.

El ambiente es sórdido, vulgar, hay intrigas, maledicencias, Borges se refugia en algún sitio apartado. Imagino sus tardes en esos años, sólo podemos suponer el flujo de su pensamiento que rescata algunos mitos como aquel en el que la creación es producto del caos y que sería la base de uno de sus cuentos más conocidos, cito una parte: “El Universo, algunos lo llaman biblioteca…”. Borges imagina argumentos, como en el Tema del traidor y del héroe donde cree que la imaginación justificará sus “tardes inútiles”. ¿Qué tan “inútiles” para la literatura argentina fueron esas tardes? El ambiente de esa “ilegible biblioteca de los arrabales del sur” que menciona en El Aleph, le dio a Borges la posibilidad de crear los momentos más fascinantes y memorables de la literatura latinoamericana. Borges, que imaginaba el Paraíso como la morada de una biblioteca no fue dichoso ahí, y es fácil adivinar por qué, para él, el ciudadano promedio no tenía más interés que el fútbol y los chistes soeces. Borges les reprocha en silencio su incuria, su falta de ambiciones culturales y espirituales. Pero hay buenos momentos, instantes de reflexión, de cavilaciones que no cesan. Borges piensa en un universo sin Dios, lo notamos en sus historias, lo concibe como ausencia, y también, como personaje. El empleado Borges se sabe ignorado, de alguna forma desairado, humillado por un trabajo para el que se siente sobrado. Casi ciego, con unas gafas estrambóticas, de fondo de botella, acerca la mirada a los textos como si quisiera entrar en la dimensión de sus páginas, la vista ya no da para más. Se conforma, no le gustan las quejas, las demostraciones demasiado efusivas, los exabruptos dramáticos, insiste en guardar siempre la compostura, la caballerosidad, el porte. Sabe de lo heroico que hubo en sus antepasados enterrados en el cementerio de La Recoleta. Parafraseando: no hay lágrimas no hay reproches. Borges se conforma: “Si el amor, la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otro, que el cielo exista aunque mi lugar sea el Infierno, que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que un instante, en un solo ser Tu enorme biblioteca se justifique”. La lotería de Babilonia, La muerte y la brújula, Las ruinas circulares son obras que surgieron en esas distracciones que Borges buscaba en su trabajo. Robando tiempo, aprovechando sus ocios de empleado municipal, sacando subrepticias notas mentales, llevándose textos a su casa. 

Veinte años no es nada, y nueve años son un día, un largo día que un día termina, vaya, un suspiro. Es el tiempo que Borges lleva ahí trabajando. Entonces Juan Domingo Perón sube al poder. En 1946, otro empleado cuyo nombre insistimos en desdeñar, lo acusó de ser un “un anglófilo liberal y un obtuso antinazi”. Borges quiere que lo saquen de ahí a patadas, lo desea desde el primer día. Trabajar es la opción que tomamos para sobrevivir, lo otro es saltar por la ventana, como quería Franz Kafka, empleado de una compañía de seguros, quiero acordarme, Assicurazioni Generali. Perón se lo concede: Borges llega cierto día, y como cualquier día se deja llevar por la gravitación de la rutina pero no lo dejan continuar: Acaba de recibir su nuevo nombramiento: “Inspector de gallinas y conejos del mercado municipal”. Borges declina. Las dictaduras carecen de imaginación, les falta sentido del humor, sus agravios son burdos, nos dicen mucho de quien los confiere, de su nulo sentido del humor, de su intolerancia. Los caminos de la humillación son extraños, tortuosos, intrincados. El gobierno peronista reflejaba esa monotonía que sólo saben dar las dictaduras, los que hablan de un Borges acomodaticio, o poco comprometido se equivocan. 

La Biblioteca Municipal sigue ahí, la mencionan en las guías de turista para que la gente llegue a ver el sitio en donde trabajó Borges, el gobierno hizo algunas remodelaciones para situar los momentos del escritor en cierto espacio. Dicen que en este lugar trabajó y le asignan un cubículo, ponen ahí una máquina de escribir que es casi una chatarra, colocan algunos textos para que se diga que el ahí “estuvo” el literato, claro, los empleados que lo conocieron saben que eso es falso, se trabajaba en toda la biblioteca, ordenando, catalogando, redactando fichas, localizando textos, qué se yo. Uno a uno llegan los dévots incautos que creen sentir la presencia borgeana en ese lugar, la han visitado escritores como Juan Villoro, Jorge Edwards. “Bonita la biblioteca”—podrán decir, casi con amabilidad. Ilegible, discreta diría yo, y no faltará algún vecino despistado que diga que lleva treinta años viviendo ahí y apenas descubrió que había una biblioteca más o menos importante. 

Los cuentos de Borges hablan de Borges leyendo, pocos sospechan que esas lecturas venían de un tiempo en que la revelación lo encontraba trabajando, de las epifanías que llegaban en un interludio del trabajo. Se escribe porque es inevitable, se escribe de cualquier forma, lo sabía Faulkner quien pudo haberlo hecho a la intemperie y en una carreta volteada; se escribe a como dé lugar, incluso sin la pluma en la mano mientras despachas gasolina como lo hacía Raymond Carver; o bien, como un oscuro contador público metido en la bóveda de algún complejo industrial de la Goodrich-Euskadi, como dicen, lo hizo Juan Rulfo, y otros dicen que era agente viajero, habrá que creerle a Arreola; y al escribir este nombre pienso a éste, el Arreola nuestro de cada día trabajando en una sucesión de roles y personalidades como un auténtico Frégoli de las chambas: vendedor ambulante, maestro de trigonometría —de la que no sabía nada, todo estaba en su memoria, dice él—, encuadernador, declamador ocasional, actor de radionovelas, corrector de pruebas, y lo de lo que me vaya acordando cuando abandone esta página; no nos detiene la necesidad de sobrevivir, Henry Miller en su trilogía Plexus, Nexus y Sexus refiere hasta el cansancio una sucesión de empleos ocasionales en los que nunca destacaba. No todos los escritores podían tener su “chambita”, otros eran tan inadaptados que difícilmente lograron encontrarla, todo se fue en trabajos informales, ocasionales, me refiero a H.P. Lovecraft, quien debido a su falta de adaptación al mundo que le rodeaba, vivió hasta el final de sus días frugalmente y murió con lo justo…

Volviendo a Borges, creo que fue una de sus amigas Silvina Ocampo quien, ante los apuros del escritor, que se había quedado sin su medio de subsistencia le mencionó: “Pero, un escritor de su categoría, estoy segura que se puede ganar la vida dando conferencias”. Así, Borges se convirtió en conferencista en algunas provincias argentinas y uruguayas, a pesar de su timidez, su tartamudez. “Anímese Borges, échese unas cañas y verá como todo se resuelve”— pudieron haberlo dicho—. Y aquí empieza la tradición del Borges oral, que para algunos, representa otra parte de su literatura. Para Borges, “cualquier hombre puede leer cualquier libro”, tal y como se menciona en La muerte y la brújula, no puede haber declaración más igualitaria acerca de la cercanía que nos propone el escritor con respecto a su obra; imposible sostener la idea de un Borges soberbio. Para nosotros, lo que un hombre puede hacer lo puede hacer otro. Creo que él lo hubiera dicho mejor: “Somos agradablemente, los otros”, por eso transmigramos e imaginamos las tardes en esa biblioteca de los arrabales del sur. 





Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...