lunes, 25 de mayo de 2015

"Pet Sounds". La aureola en la cabeza de Brian Wilson.

Brian Wilson. Música, cromatismo, perfeccionismo, religiosidad.

Por: Noé Vázquez


Cuando tuve que mudarme de casa, me vi en la necesidad de vivir más lejos de mi lugar de trabajo, ésto podría verse como una desventaja, aunque no estoy tan seguro, es cierto que era necesario trasladarme desde una distancia mucho mayor, y tenía que tomar dos autobuses, lo cual me llevaba más o menos una hora con quince minutos en el trayecto, pero las distancias llevan ese nombre porque distienden, alargan, expanden, comban el espacio de nuestras vidas para hacerlas, digamos, más interesantes. Sin querer, vivía un paréntesis que acomodaba a mi arbitrio porque este trayecto era, en definitiva, un inexorable tiemplo lineal que me llevaría incontrovertiblemente a comer del pan amargo de mi trabajo, pero en mi infelicidad, deseoso de alegrías nuevas y buscando ocasiones para obtenerlas, imaginaba este trayecto como un tiempo curvo, una desviación agridulce, un atajo espacio temporal privado. Tomar el autobús significaba para mí tomar una hora de mi vida para escuchar música sin que nada pudiera interrumpirme. Fue así como empecé a escuchar uno de los álbumes de música pop más perfectos jamás grabados. Hablo del disco Pet Sounds de The Beach Boys.

Recordar el album Pet Sounds es reflexionar sobre un mito, un disco que el paso de los años se ha ido revalorando para darle una dimensión adecuada; se le ha contextualizado en un ámbito mucho más amplio en donde la labor creativa de Brian Wilson, ya con su genio reconocido por muchos músicos de renombre, ha influenciado a muchos artistas que ven en The Beach Boys una especie de paradigma desde donde pueden plantear otro tipo de proyectos. No sé si esté de sobra decir que todo productor o músico, antes de emprender un proyecto, deben conocer este disco y tratar de superarlo.

Para quienes han estado viviendo en Marte los últimos cincuenta años, recapitulemos como ha sido definido Pet Sounds:  Fernando Navarro, redactor de El País en la entrada de su blog del 11 de septiembre del 2013 define el álbum como “una oda al amor adolescente, a la plenitud de su inocencia, a todos los matices fantásticos e indescriptibles que se esconden en esas emociones primarias e intensas pero a través de un nuevo sonido pop, a través de explotar otras galaxias creativas”. Y continúa en la entrada al blog citando el libro de Charles L. Granata: “Pet Sounds era la respuesta a las plegarias de toda una generación”. Es una lástima que la generación de donde surgió el disco no lo hubiera valorado lo suficiente ya que representó un fracaso a nivel comercial, más de ningún modo un fracaso creativo. Descrito como una serie de “epifanías sonoras” Pet Sounds, para el historiador musical  Nick Cohen representaba lo siguiente:

  «Ya no más surf ni coches usados, ya no más un creador de mitos amateur. En lugar de esto, Brian Wilson ha surgido como un solemne romántico, publicando una larga serie de poemas musicales, frágiles estanques de sonido muy límpidos. Pequeños coros juguetones y laberínticas voces soprano. Tristes canciones acerca de la soledad y el dolor del corazón. Tristes canciones incluso sobre la felicidad ».
Tristes o alegres, o esa de esa alegría un tanto sombría que trae aparejada el temor a la pérdida de una felicidad por fin apreciada, recién descubierta y por lo tanto, codiciada en el momento de poseerla; Pet Sounds se dirige al adolescente que hay en nosotros, el que visitamos cuando queremos regresar a lo que éramos, antes de que las obligaciones y la negociaciones nos pusieran en la zona de confort de nuestra madurez, pero también se dirige a un oído experimentado que puede apreciar y valorar las distintas propuestas de cada track del álbum. Nuestro oído no puede ser el mismo antes y después de escuchar un disco así.

Pet Sounds, sus letras, sus planteamientos musicales se cargan de esa melancolía que la simple música parece sacar de nosotros como un acto de catarsis, una manera de sumergirse en un desasosiego benévolo para desatar nuestro dolor, para soltarlo por fin como un pasatiempo sentimental. Canciones como Wouldn´t It Be Nice reflejan el candor de alguien que encontró las llaves del paraíso y todavía no sabe que puede perderlas. Temas como Waiting For The Day y You Still Believe In Me, son reflejos de una esperanza que anticipa una felicidad buscada, Here Today es una reflexión sobre la forma en la que valoramos un tiempo presente, a sabiendas de que es una temporalidad que escapa, en esta trama terminaríamos con canciones que reflejan el desencanto y la pérdida de la inocencia como el caso de Caroline No.

Disco de contrastes, Pet Sounds refleja por sí mismo esa dicotomía entre las intenciones de la producción de una música considera pop, creado con temas pegajosos, alegres y juguetones, temas que celebran la vida desde la frivolidad y el gozo, para contrastarlo en un mismo momento con un rigorismo en la ejecución y una descarga de ideas tan aparatosa que parece abrumar con su inventiva y con el virtuosismo de la grabación. Pero aceptemos que Pet Sounds no logra atraparnos a la primera, hay que andarlo en la lista de canciones, reflexionarlo, compararlo, cotejarlo con el patrimonio sentimental de nuestras experiencias. Pet Sounds podría entrar por esa puerta falsa de la música creada para posicionarse en las listas, y lo hace, pero hay algo más no advertido; la maestría de su ejecución, la ambición de sus creadores, la perfección de su grabación, y el hecho de no revelar lo que es hasta llegado cierto punto.

Portada en el zoológico de San Diego.


Uno de los apologistas más conocidos del disco es el mismo Paul McCartney, quien supo apreciar su valor desde un principio, al grado de recibir él mismo influencias para modificar su forma de componer canciones. También ha reconocido el influjo de este disco en la producción del Sargento Pimienta. Esta cita se ha multiplicado infecciosamente por la red:

“Pet Sounds fue el disco que más me impactó. No sabes cuánto me gusta. He comprado una copia a cada uno de mis hijos para su educación en la vida… creo que nadie está del todo educado, musicalmente hablando, hasta que no ha escuchado este disco… Me encanta la orquesta, los arreglos… puede parecer pretencioso decir que es el clásico del siglo… pero en mi opinión, es sin duda un clásico inalcanzable por muchos motivos… He llorado muchas veces escuchando el Pet Sounds. Se lo hice escuchar a John tantas veces que fue difícil para él escapar de su influencia… era el disco del momento. El detalle que realmente me hizo sentarme y tomar nota fue el bajo… y también, el hecho de introducir melodías en las líneas de bajo. Esa fue la gran influencia mientras grabábamos el Sargeant Pepper. Me empujó hacía un periodo de unos dos años en los que casi todo lo que compuse contenía melodías en las líneas de bajo. “God Only Knows” es mi favorita… muy emotiva, se me hace un nudo en la garganta cada vez que la escucho. En “You Still Believe In Me”, adoro esa melodía – me mata… esa es mi favorita, es increíblemente hermosa al final… surge como una oleada de esas armonías multicolor… provoca escalofríos en mi espalda”. Paul McCartney
Hay que reconocer que el disco representa un antes y un después en la vida del grupo; siendo un fracaso a nivel comercial que engendró después las ambiciones del proyecto fallido Smile y luego el colapso mental del creativo de la banda, Brian Wilson; Pet Sounds parecía ser ese Santo Grial buscado por muchas bandas: un disco legendario, una grabación perfecta, un éxito a nivel de crítica y la subsecuente respetabilidad en ciertos círculos artísticos, y además, la noción de que nunca más se vería del mismo modo a una banda de música vocal como The Beach Boys. Vinieron después, retos, rupturas, crisis creativas, demandas a su disquera, el progresivo deterioro mental de Brian Wilson, y toda clase de planteamientos diversos plasmados en discos posteriores, cada uno representando un salto sin red a vacío, buscando la Piedra Filosofal de los alquimistas para hacer las transmutaciones necesarias; a veces con Brian Wilson, a veces sin él. Vinieron discos como Wild Honey, Friends, 20/20, SunflowerSurf´s Up,  Carl And The Passions, Holland... En estos discos se buscaría crear una imagen de ruptura además de revelar la creatividad y a calidad artística de otros miembros de la banda como Dennis y Carl Wilson, y en donde empezarían a explorar corrientes como el soul, el country rock, un poco de blues y algo de góspel… Eran irreconocibles. Esa larguísima carta de amor a California, representada por la banda continuaría con la suite California Saga del disco Holland, sólo por poner un ejemplo sobre la búsqueda de innovación que seguía persiguiendo la banda. Es verdad que la historia tenía que continuar pero justo en su pasado reciente estaba la memoria de principios de 1966 cuando Brian Wilson, emocionado, escuchaba Rubber Soul de The Beatles y esto le daba la pauta para crear una de los disco más ambiciosos jamás grabados. Ahí, en ese pasado estaba dentro de una esfera resplandeciente Pet Sounds como una señal de lo que alguna vez fue posible, como un recordatorio tal vez de tiempos mejores.

La historia del disco es bien conocida: Brian Wilson quería un disco manejado como un concepto y no como una serie de canciones inconexas y de calidad más o menos regular sino es que mala. Un disco con unidad de expresión en todos sus cortes, incluyendo la temática de las letras y la instrumentación. The Beatles, con quienes Brian Wilson parecía compartir muchas ideas musicales, distinguir las ondulaciones de sus almas al punto que parecía comunicarse telepáticamente con ellos, habían marcado la pauta con el disco Rubber Soul. Las ambiciones creativas de Wilson lo llevaron a proyectar este disco como una empresa casi personal. Incapaz de estar en gira con el resto del grupo debido a que para estos momentos empezaba a ser afectado por la paranoia y el pánico a volar que aumentaba de intensidad gradualmente, Brian prefería quedarse en la ciudad y dedicarse exclusivamente a componer buena música. Brian sería el profeta, The Beach Boys serían sus mensajeros.
Brian Wilson. Pop barroco.
Escucho la voz de Brian: To listen Pet Sounds, your hearphones in the darkness. Entonces cierro los ojos para ver, ver con sonidos: colores, espacios habitables, dimensiones construidas con materiales audibles. Sonidos vivos, entes vivos que martilleaban la imaginación musical de Brian Wilson. Vamos a remontarnos a enero de 1966, para ser precisos, en las sesiones del 22 de enero en los estudios Gold Star en Los Angeles. Mientras estoy sentado en el autobús trato de aislarme. Pienso en ese momento y escucho los primeros acordes de Wouldn´t It Be Nice, hasta ese momento, una de las piezas más arriesgadas que Brian había grabado. Hay dos guitarras de doce cuerdas que crean un sonido muy parecido al de una mandolina. También hay dos acordeones cuyo efecto, inaudible al primer momento, sólo puede apreciarse en el conjunto de la grabación. La idea de Brian era combinar varios instrumentos para crear sonidos nuevos, pinceladas de colores audibles que se mezclaban para dar un efecto cromático. Se agregarán también dos pianos, cuatro trompetas, la base rítmica con tres bajos y la percusión. Las voces vendrán después, con sus ensayos, sus problemáticas a nivel de armonías vocales, con las diferencias con el resto de la banda que es un poco reticente a aceptar este proyecto novedoso. Wouldn´t It Be Nice es la entrada al paraíso desde la ingenuidad de quien ignora las penas y los desengaños de una relación, de alguien cuya ilusión lo vuelve imprudente, capaz de hacer las promesas más arriesgadas, con la alegría de quien, sin importar ser correspondido, se arriesga, y no busca sino correr hacia una felicidad recién descubierta. El tema se ha vuelto parte del imaginario cinematográfico representado por la cultura pop. La felicidad encontrada tiene un tema que se ha explotado constantemente casi como un lugar común.
Ideas musicales a raudales.

Pet Sounds tiene secretos que se revelan poco a poco a medida que repetimos las canciones, que “entramos” a él desde distintos niveles aproximación para encontrarnos con algo no advertido previamente, se parece, en un nivel sonoro a un retablo barroco de sonidos que se descubren gradualmente dando la impresión de que más allá de la misma música planteada en el álbum es posible conocer cierta línea melódica subordinada en sus intimidad sonora, como una serie de sub-tramas a las que accedemos poco a poco; en tal sentido escucharíamos una “música” dentro de la propia música; conoceríamos la música con todo el aparato que lleva que lleva puesto, con una instrumentación arriesgada poco vista en otras grabaciones. Brian ha reunido a treinta músicos para tocar cuarenta instrumentos, muchos de ellos incluirán un ukelele, el timbre de una bicicleta y el golpeteo sobre una lata de Coca-Cola. Escucharíamos la música que sabe desprender la misma música y por último, la música con todos sus efectos colaterales ya entregando algunos de sus muchos secretos.

Volvamos a escuchar, esta vez el track You Still Believe In Me: en mi oído resuena el clavicembalo, clarinete bajo, saxofón, timbre y corneta de bicicleta, bajo Fender, guitarra...la instrumentación exacta se desconoce, conocemos el producto final de las mezclas; todo ensamblado en una composición propuesta por Wilson con letras de Tony Asher. Para conocer su génesis me remonto al 1 de noviembre de 1965 en los Estudios Western de la ciudad de Los Ángeles, fecha en la que empezó su grabación. A pesar de que la canción tiene una temática relacionada con el amor adolescente, los arreglos instrumentales nos remiten a la infancia, de ahí los sonidos de timbre y corneta de bicicleta, cajas de música que abrimos a subrepticiamente, y un aire un tanto melancólico, de reminiscencias hacia esos paraísos perdidos que llevamos dentro. Brian Wilson, quien siempre volvía a su habitación para protegerse de las golpizas y maltratos de un padre demasiado dominante, creó con su arte una serie de habitaciones sonoras plenas de abatimiento alegre y de feliz tristeza, los temas de Pet Sounds se sitúan en un punto álgido y definitorio, en vilo entre la risa y el llanto, en la incertidumbre que nos hace agachar la cabeza o correr alegres por un campo lleno de flores amarillas (sí, una imagen cursi, un lugar común, pero también una verdad). El tema fue retomado y sometido a otro proceso el 22 de enero de 1966, ahí se empezó a grabar el intro de la canción, mientras Brian Wilson tocaba el piano, Tony Asher pulsaba las cuerdas dentro del mismo para atemperar el sonido. Lo que empezó como una tema de la infancia terminó como una canción de amor.

Es 6 de marzo de 1966, estamos en la grabación del tema Waiting For The Day en los estudios Western en Los Angeles. Vamos a imaginarlo. Los ensayos se prolongan por horas, Brian propone un intro con percusiones ásperas, potentes redobles de tambor, pesados, estridentes; luego, una sucesión de sonidos de órgano y de flautas para rematar con guitarras, piano y una sección de cuerdas. Jim Gordon, Gary Goleman, Carol Kayes, Leonard Hartman, Al DeLory, Ray Pohlman...quizá son nombres que no dicen mucho pero que forman parte de los músicos de sesión que trabajaban con Phil Spector y que para este disco se convirtieron en la armada musical de lujo de Brian Wilson, sin ellos, no hubiera sido posible una grabación como esta. Waiting for the day es una combinación entre balada clásica orquestal y una típica canción de rock, de ahí que tenga cambios de tempo súbitos; la melancolía pausada de quien extraña el tiempo con la amada, y luego, una carrera feliz sobre la persona en pos del romance. Los temas de Pet Sounds nos hacen pensar en aventuras vitales, en persecusiones definitorias. Una línea melódica de tres flautas que acompañarán unas letras que nos remiten a la ternura de una espera constante, y también, una sección de cuerdas formada por violines, cellos, contrabajos, y violas que acompañan las voces de Mike Love, Al Jardine, Bruce Johnson y los hermanos Carl y Dennis Wilson. Quienes estuvieron ahí hablan de que sus voces estaban en su mejor momento, tan bien afinadas que sus arreglos armónicos se complementaban a tal nivel en las cámaras de ecos del estudio que parecía que hubiera más cantantes en la sala. Son los secretos del sonido expandido que Pet Sounds parece esconder.


    Ya estamos a 10 de marzo, es 1966, es de madrugada, los que están atentos miran su reloj, son pasadas de la medianoche. Estamos en el Western Recorders, y The Wrecking Crew, según Charles L. Granata en su libro, hace bromas acerca de si ya va a amanecer. Todos es están cansados, ha sido una jornada difícil, pero ya están acostumbrados. Llevan horas ensayando y aprendiendo la parte que les toca, los que estaban ahí decían que no había papel pautado y que Brian sólo tarareaba las melodías y daba indicaciones a la sección rítmica  A estas horas el tema que están grabando ni siquiera tiene nombre. ¿Qué pasa por la cabeza de Brian? Sin duda cree que se encuentra a mitad de algo importante, no lo sabe, sólo lo intuye, desde hace algún tiempo siente una presencia en forma de sonidos, revelaciones constantes, epifanías sonoras, vibraciones que vienen de su cabeza y parecen tener vida propia, escucha música que viene de alguna parte, tal vez fuera de este mundo, la música quiere ser un ente físico, materializarse; piensa en sus mascotas Banana y Louie. ¿Por qué no? El nuevo disco podría llamarse "Sonidos Mascota". Está consciente de la enorme influencia que sobre él ha tenido Phil Spector y su "muro de sonido" Pet Sounds llevaría también las iniciales del nombre de su mentor. Tiene muchas ideas y se siente elegido para realizarlas; hay algo de espiritual y religioso en el fenómeno de la creatividad. Brian afirmó más tarde que durante esos días sentía una aureola en la cabeza, no nos extrañaría que se tratara de esa presencia constante y fantasmal como las predichas por los estudios de Michael Persinger y su célebre "casco de Dios". Las drogas, la creatividad y la religiosidad van de la mano. Por fin empiezan a tocar, esta vez ya tienen el armazón de lo que más tarde será una canción legendaria y una de las más hermosas del la música pop. Se trata de God Only Knows. Brian Wilson desde la cabina dirige la grabación: "Vamos, que alguien cuente...." A continuación escuchamos un piano, bajo, corno francés. Son las primeros esbozos de una canción que pondrá a prueba sus capacidades de productor. Definida como una de las canciones de música pop más bellas jamás realizadas, el tema cierra con una laberíntica sucesión de voces. Con frecuencia, en uno de esos trayectos de autobús, me detenía a escuchar con atención ese cierre de la canción tratando de entender la sucesión que hace Carl y Brian Wilson junto con Bruce Johnson para después quedarme con una sensación de perplejidad y de sorpresa por un tema que en ocasiones me provocaba escalofríos.

Las épicas adolescentes tienen una atmósfera de anhelos apremiantes y de premisas insensatas; un olor de grafito en el ambiente, tinta de bolígrafo, vainilla y las rosetas de maíz de los cines que visitamos, el olor a polietileno de nuestros cuadernos, el regusto y picor burbujeante de una bebida carbonatada, los sueños gestados en el ice cream parlor, el sabor agridulce de la goma de mascar de tutti-fruti, las epopeyas que enfrentamos para conquistar a la chica que nos gusta, nuestra primeras lágrimas por desengaños; hemos cruzado la barrera que distingue al niño del hombre, no hay marcha atrás; las mañanas frías en donde caminamos cada vez más rápido a una clase que parece no va a empezar sin nosotros, pero sabemos que la escuela es un pretexto para volver a verla, a ella; Pet Sounds es una guía festiva y no estructurada acerca del milagro de ser joven e imprudente, de los rituales de paso e iniciación, con esa ignorancia feliz de quien desconoce la dimensión del misterio de cualquier vida. Una vida a priori en la que Brian Wilson buscó estancarse al grado de tener episodios regresivos en etapas posteriores de su vida.

Secretos, muchos secretos, cantidad de secretos.
Secretos, muchos secretos, cantidad de secretos. Es lo que acostumbro buscar mientras llevo los audífonos y cierro los ojos. Es lo que nos otorga un disco que no revela lo que es sino hasta después de una escucha mucho más atenta y de muchas tentativas de aproximación desde flancos distintos. En este proceso de descubrimiento a ojos cerrados con frecuencia buscaba el bajo, o la línea melódica de determinada canción, otras veces trataba de separar la voz de Brian de la de Carl, o de identificar la voz de Bruce Johnson, en ocasiones trataba de distinguir determinado instrumento como el theremín, los acordeones, el clavecín, el timbre de bicicleta de la canción You Still Believe In Me, los latidos del bajo que parecen emular los latidos de un corazón justo cuando en la canción Don´t Talk (Put Your Head on My Shoulders) dice:
Come close, close your eyes and be still / Don´t talk, take my hand and let me hear your heart…beat…[ Tum, tum, tum,] being here you will feel so right,… listen, listen, listen”;
En otras ocasiones buscaba separar la instrumentación de las armonías encontrándome sin querer con perspectivas nuevas de escucha que me remitían siempre a sensaciones epidérmicas o pensamientos no planteados previamente; varias veces la música era un pretexto para imaginar conversaciones que analizaba alguna canción como I Wasn´t Made For This Time con esos coros tan complicados en los cuales buscaba las diversas líneas melódicas que se contrapunteaban para crear un efecto babélico, de embrollo o confusión pero que terminaba siendo de una filigrana equilibrada y precisa que construía atmósferas etéreas que me remitían a buscar la participación de más sentidos.

La grabación de Pet Sounds fue proceso que dejó perplejos incluso a sus participantes: productor, músicos, ingenieros de sonidos; vocalistas, este caso, los miembros del grupo de regresaban de una gira por Japón y Europa y se encontraban con un Brian Wilson inspiradísimo, que acababa de desarrolloar técnicas de grabación innovadoras para ese entonces. Muchos, al ver el resultado del disco manifestaban su sorpresa: “No sabíamos que eso pudiera hacerse en un estudio de grabación”, manifestaban. Brian había trabajado en tres estudios distintos, capturando y utilizando los efectos sonoros que lograba rescatar de los mismos, siguiendo los pasos de Phil Spector. Pero aceptémoslo, la música de Spector no suena tan bien como la de Brian, quien tenía su propia versión de la técnica del muro de sonido, el caso de Pet Sounds vemos ese muro como una cascada voces que parece crear una dimensión alterna a la línea melódica principal, otorgando cierto relieve, una profundidad hecha de sonidos que quisieran crear habitaciones sonoras, zonas de seguridad, habitáculos privados, camarotes secretos. Pienso en canciones como In My Room e imagino a Brian tratando de protegerse de algo o de alguien, como cuando los infantes se refugian en una caja de cartón simulando que es su casa. Una infancia marcada por los maltratos un Herodes con atribuciones de padre pueden explicarlo. Los periodos regresivos de este músico confirman su miedo a salir de la zona de confort de su infancia.

Los músicos de The Wrecking Crew en sesión. Carol Kaye al frente en el bajo fender.

El proceso que empezó a dificultarse por la exigencias del productor quien había decidido experimentar con diversos planteamientos musicales para cada una de las canciones, los ensayos se prolongaban hasta altas horas de la noche sin poder dar con la toma definitiva, poco a poco todo fue adquiriendo forma. Había nacido un mito y como todos los mitos empezó a obsesionar a muchos, principalmente a los críticos y a los conocedores. Lo que sucede en el estudio de grabación se queda ahí para siempre, para la memoria de los involucrados. Un álbum es el remanente de ese producto, vemos el resultado final, perfecto, equilibrado, límpido, sin ninguna mácula que pueda contaminarlo; en mi caso, imaginaba sus procesos y sus problemáticas. No sé si la música tenga efectos terapéuticos sobre las personas pero Brian Wilson, quien tuvo problemas mentales toda su vida y le costó mucho superarlos de forma paradójica creó una música que si bien, no es la felicidad, parece remitirnos a ella, recrearla a pinceladas de sonidos que se van acumulando por capas multicolores. Brian creó una música para habitarla en esos "cuartos", en esos refugios que los adolescentes van abandonando en la medida en que se se vuelve hombres.


Publicado originalmente en:
    

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