jueves, 26 de febrero de 2015

Patrick Modiano. La identidad y el arte de la memoria



Por: Noé Vázquez

“Por el arte de la memoria con el que ha evocado lo más incomprensibles destinos y descubierto del mundo real de la Ocupación Nazi de Francia”, así justifica la Academia Sueca el galardón al escritor francés Patrick Modiano, un autor caracterizado por una modestia a prueba de los premios más grandes (como el Goncourt, el Roger Nimier,  el Feneón);  un escritor bastante reacio a emprender viajes y cambios de domicilio y que ha preferido habitar distintos suburbios parisienses como si el mismo Paris fuera un país en sí mismo, un inagotable mar de historias difusas y soterradas que persigue vagabundeando de barrio en barrio. Lo imagino en alguna banqueta mientras se asoma a alguna cafetería o en alguna librería de saldos y piensa en las personas que están adentro. Lo veo reflexionando sobre la forma en la que, con el paso de los años, los rostros de los desconocidos terminan por parecernos extrañamente familiares, como si los hubiéramos visto antes; tal vez piensa que pudo encontrarse con ellos en otros tiempos, en otras circunstancias; o tal vez tuvieron alguna relación ya sea directa o indirecta con él. Es posible  que aproveche sus periplos para meditar sobre la forma en la que la distancia falsifica nuestras memorias, o las reinventa para luego quedarnos con una impresión rota, mistificada por la  bruma que trae aparejada el recuerdo. Tal vez reflexiona acerca los hilos conductores que relacionan una persona con otra, o en las distintas historias que parecen entrelazarse. Mientras camina por las calles parisienses conjetura ciudades posibles que destruyó el tiempo y cambió la guerra, fachadas de casas que ya no existen porque las absorbió el progreso. París alberga tras de sí otras ciudades que algunos no podemos ver. Afirma en Dora Bruder:
«Tengo la impresión de ser el único en establecer el vínculo entre el París de aquel tiempo y el de hoy, el único que se acuerda de todas esas minucias. En algunos momentos, el vínculo se adelgaza y está a punto de romperse; pero algunas noches la ciudad de ayer se me aparece con reflejos furtivos detrás de la de hoy. »
 Modiano quiere recordar una época que no vivió por haber llegado demasiado tarde, nació en 1945 pero sus novelas relatan el mundo perdido de la Ocupación; de inmediato se advierte que Modiano “nació” con  una memoria ajena que él considera que le incumbe.  Sus temáticas vertidas en su novelística reflejan constantemente esa época tal vez como una obsesión derivada de su entorno familiar: una madre, actriz de profesión, demasiado reacia a mostrar sentimientos a su hijo;  un padre destinado a llevar una vida al margen de la ley, siempre distante; un hermano, Rudy, quien murió muy joven y cuyo recuerdo perseguirá siempre al autor. Una manera de familiarizarle con la forma en la que usa la primera persona para viajar al mundo de la ocupación alemana es leyendo Los bulevares periféricos, novela que refleja la vida de un grupo de desclasados, trapicheros y extorsionadores que aprovechan el caos de la guerra para ganar un poco de dinero. En ese ambiente enrarecido el personaje principal Alexandre, ayuda a su padre a embaucar a coleccionistas incautos o bibliófilos inexpertos. Modiano lamenta no dar un mejor pedigrí de estas personas, pero son las historias y personajes que prefiere por que vienen como sombras, como presencias vagas y entrañables; son de una ternura que nos hace ser partícipes de su desarraigo, su vagancia y muchas, veces, de sus crímenes y pecados. Son cientos de personajes que circulan en la suma de sus pequeñas obras que rondan entre las 160 y 200 páginas cada una que reunidas forman un cosmos que le da preponderancia a lo sombrío y lo inconfesable, una especie de Commedia grisácea  que en este caso, sería una visita al Purgatorio.
Estoy seguro que la Academia Sueca, quien ve a Modiano como “un Proust de nuestro tiempo”, pensó en él por ser el restaurador de un valor muy caro a la literatura, la evocación, la reivindicación de pasado, la restauración de recuerdos que apenas entrevemos y que aparecen de repente, sepultados en los archivos, en forma de expedientes, de fotografías en blanco y negro a punto de volverse polvo por los efectos del tiempo pero que alguna vez tuvieron una contraparte real. En sus novelas están esos “nombres que la Historia desdeña”, como supo verlo Octavio Paz en su poema Nocturno a San Ildefonso.
 En caso de Modiano hay una obsesión con el pasado y una tendencia constante hacia la búsqueda de la identidad, de la reconstrucción de hechos y el compromiso con la verdad.  Se dice constantemente que la historia de la Ocupación Nazi en Francia es un capítulo desgarrador, lo forman una serie de relatos que se pierden en los túneles oscuros de la memoria como algo que se quisiera dejar enterrado; es un periodo inconfesable y doloroso por cuestiones como el colaboracionismo, el gobierno neonazi de Vichy y la participación del Estado francés en la deportación de judíos. Es así que en la narrativa de Modiano cobran vida esas historias personales que vuelven a nosotros con esa contumacia que hace que tengamos pesadillas que nos despiertan y nos cortan la respiración a medianoche. Podemos olvidar pero la culpa de nuestra Historia y nuestras historias nunca se olvida de nosotros. Cuando pienso en escritores como Primo Levi o Stefan Zweig quienes fueron testigos de la locura de la guerra y escribieron sobre ella para luego suicidarse comprendo esa pesadumbre que no los abandonó nunca. Estoy seguro que Modiano prefiere recordar a escritores de antes de la guerra que desaparecieron sin dejar rastro y cuyas obras fueron sepultadas en las librerías de viejo y nunca pudieron ser revaloradas por la crítica.
Para reconstruir ese mundo perdido se requieren intuiciones correctas, y apegadas a la verdad, pero al hacerlo, Modiano crea una ficción para sí mismo y sus lectores. Estas memorias reconstruidas, que son una constante de sus novelas, al trasladarlas a la formalidad de las palabras adquieren instantáneamente esa aura que las idealiza para convertirlas nuevamente en fantasía. La literatura tiende puentes entre con la realidad de los que el escritor de genio sabe aprovecharse. De un ir y venir de un mundo perdido sacó Proust sus recuerdos que, iluminados con su memoria lo llevaron a desarrollar una fórmula poética que iluminaba las vivencias con la comunión de todos sus sentidos. 
  Los materiales aportados son escasos, de ahí ese intento de recuperación que a través de una ficción que revele lo real. Cuando escribió su primera novela El lugar de la estrella  (La place de l’Étoile) estaba poniendo de una forma una tanto sarcástica, festiva y estrambótica los cimientos de lo que serían sus temáticas, sus obsesiones recurrentes que lo hacen referir detalles de su vida personal, de aquí que se le considere como una escritor de autoficciones. En las primeras novelas de Modiano que forman la Trilogía de la Ocupación, se advierte ese mundo caótico en donde abundan los negocios turbios e inconfesables;  las especulaciones con artículos de lujo, o la escasez constante de muchos de sus protagonistas que tienen que sobrevivir a menudo traicionando sus propias creencias, o reforzando las propias. Las obsesiones y manías de Modiano lo han perseguido hasta libros relativamente recientes como Dora Bruder o Un Pedigrí.
Teniendo como “ángeles tutelares” a  Marcel Proust y a Louis-Ferdinand de Céline, Modiano creó en su primera novela a un personaje que explica el deseo de pertenencia y el anhelo de pertinencia social que caracteriza al Narrador proustiano. Es verdad de Proust puso en evidencia el esnobismo de una clase social pero también es cierto que Proust, por sí mismo era un snob, la gran novela sobre el esnobismo que es En busca del tiempo perdido también es el ejercicio de esnobismo más grande toda la literatura occidental, tal vez sólo comparado a La comedia humana de Balzac, que retrataba muchas veces a una sociedad a la que, se dice, ansiaba pertenecer. Proust como escritor y personaje, y el Personaje-Narrador proustiano crearon un  monumento literario para que los biógrafos como Ghislain de Diesbach y George D. Painter pudieran asociar el nombre de Marcel Proust de una vez por todas y para siempre con esa marea de nombres relacionados con el gratin del Faubourg Saint-Germain: Geneviève Halevy, la princesa de Caramay-Chimay, los condes de Greffulhe,  Charles Haas, el barón Robert de Montesquieu, la reina de Nápoles, el pintor Whistler, los escritores León y Lucien Daudet, la actriz Sarah Berhardt, Horace Finaly y ese largo etcétera de quienes tomó prestadas sus personalidades para crear ese monumento al recuerdo que es su novela. Y esa voluntad de evocar también acompañará en un principio la narrativa de Modiano: las memorias alucinantes, carnavalescas, auto celebratorias y auto condenatorias de El lugar de la estrella. Nuevamente, como un name dropper donde hace desfilar personalidades asociadas a situaciones un tanto bizarras, a veces cómicas y en ocasiones absurdas; situaciones derivadas de una genealogía cultural que combina hechos reales con situaciones imaginarias.



Y todo empieza, no con los años oscuros y vergonzosos de la ocupación alemana en Francia; todo viene de más lejos, de esa suma de estereotipos y prejuicios que han señalado una raza y una religión. Tiene relación en el eterno problema judío, hay que rastrearlo en el mismo guetto de Varsovia y el Cementerio de Praga. Lo tenemos que buscar en los trenes que partían de Salónica para atravesar media Europa, o mejor aún, con el Caso Dreyfus y el J’accuse! de Emil Zolá y compañía.  El personaje principal de Modiano es un judío de nombre Raphäel Schlemilovitch que verbaliza su mundo de forma arrebatada para convertirlo todo en una farsa; el personaje parece intuir y vivir a medio camino entre el colaboracionismo y la rebelión para terminar burlándose de ambas desde una visión carnavalesca y bromista de la locura que engendra la guerra. Para el personaje de Modiano ser judío es serlo todo y al mismo tiempo nada: miembro de la Gestapo, colaboracionista, amigo de Goering o de Hitler, íntimo de Eva Braun o bien, inseparable de personajes de la más rancia nobleza francesa que pueden rastrear su ascendencia hasta Leonor de Aquitania. El personaje no parece definirse: a veces es partidario de los nazis, en ocasiones es hostil a ellos. Ser judío consiste también en dejar de serlo algunas veces y otras tanto, ser otras cosas: tratante de blancas, proxeneta, informante de la policía, estudiante del Liceo Francés, y siempre, un ávido e insaciable snob que presume ser más francés que los mismos franceses. Como un gran gesticulador buscar ser, en fin, todo lo que es dable ser, incluyendo ser judío.
  

“Soy judío”, parece gritar a cuatro vientos y al hacerlo se burla de los estereotipos y los malos entendidos respecto a esta raza y religión; esa postura sarcástica lo hace recapitular esa suma confusiones y resentimientos que castigó a una raza para luego desaparecerla del mapa de Europa en esos vagones que se dirigían a Belzec, Dachau, o Treblinka. El personaje prefiere hablar con ironía y sarcasmo sobre la conspiración judaica, la avaricia sin fin, el pan ázimo rociado con sangre de niños recién nacidos, la inmortalidad y la presencia funesta del Judío Errante, el Protocolo de los Sabios de Sión, la obras falsarias de Eugenio Sue, los tejes y manejes del capitalismo judío internacional, las conspiraciones bolcheviques… y otras tantas patrañas de la literatura sensacionalista. Concebido como una represalia hacía  esa suma de burlas, humillaciones y prejuicios alrededor de los israelitas, Modiano afirma que en El lugar de la estrella fracasó en su venganza. A fines de los sesentas, cuando se publicó la novela la literatura antisemita y sus autores ya estaban olvidados.
Cuando uno lee El lugar de la estrella se da cuenta de lo imposible que resulta despojarnos de la malicia de ver en cada hombre o mujer las huellas de una raza, de una religión, o de los antecedentes culturales y sociales que forman una personalidad. El personaje de Modiano no pude fundirse con el ambiente que le rodea, ser Otro y lo Otro como una especie de camaleón humano, como un Leonard Zelig (si pensamos en el personaje creado por Woody Allen, quien logró intuir ese desarraigo y búsqueda de identidad que es propio de una raza que tiene emigrar constantemente). Es como el Odiseo del poema homérico  que se llama “Nemo” o Nadie como una forma de decir que su identidad es secundaria. Imposible pensar en un ser humano sin adjetivos porque, para que haya un Schlemilovitch tiene que haber una suma de progroms, una Historia del Judaísmo, una Shoah, una tradición inagotable de odio, una ocupación alemana en Francia, una Gestapo; un Himmler, un Heydrich y un cabo del ejército llamado Hitler, a quien, un buen día le dio por conquistar toda Europa. Y es la identidad la que nos sofoca, es nuestra cultura la que nos pone en estado de sitio. Es nuestra raza la que nos pone el estigma: ser un meteco, un extraño, un animal con cuernos, un banquero de apellido “Israel”; o un pobre buhonero que vende castañas en las noches frías de Praga pero que también sabe citar a Heidegger y Marx si es menester. 
Pero ser judío en Europa, también es, de alguna manera, ser un agente doble en algún punto de la Historia, para empezar se tiene que buscar la forma de no perder la identidad, la lengua, la religión y las costumbres en un entorno extraño en el que hay que dominar como mínimo dos lenguas. ¿Y si pensamos en el yiddish, o en el español ladino, o el hebreo? Tal vez más entonces. Luego, pasar desapercibido entre los gentiles desempeñando alguna actividad, de preferencia, lo más lucrativa posible para poder “untarle la mano” a autoridades antisemitas que se hacen de la vista gorda cuando es necesario o para financiar a los nobles y aristócratas, quienes ya instalados en la molicie, han olvidado la “nobleza obliga” que trae aparejada su condición. Y si pretendemos ser judíos cultos, hay que dominar el alemán o el francés; asimilar una lengua extraña para entender una realidad fluctuante en donde siempre se es un peregrino, en donde siempre se incide con cierto genio para modificar la historia pensamiento. Y todo para que algún hebreo pueda convertirse en un Rainer María Rilke, en un Franz Kafka, en un Elías Canetti, en un Stefan Zweig, o bien, en un francés de ascendencia judío-italiana de nombre Patrick Modiano. Pero el judío modianesco también busca, a través del deseo de participar de todas las identidades, desaparecer en ellas; desaparecer con ellas para llegar al grado cero de su propia personalidad. La Historia de la civilización humana parece decirnos que todo judío es un “agente infiltrado” que por momentos no quiere serlo. 
Esa suma de clichés de los que Modiano parece aprovecharse refleja cierto horror a las identidades, pero al mismo tiempo cierta fascinación por ellas. Al combinar a través de una comparsa de nombres y referencias a la cultura literaria francesa, la historia y la heráldica, junto con elementos fantasmagóricos, delirantes pero al mismo tiempo de gran profundidad intelectual Patrick Modiano, en su primer libro sentó las bases de un mundo recreado una y otra vez como si se tratara de variaciones sobre un mismo tema, hecho que le mereció muchas críticas. Se ha reprochado a Modiano el escribir siempre el mismo libro, o de que cada libro que publica sea una variación sobre el anterior pero la impresión es falsa y obedece a malos entendidos. El espíritu y la intención son los mismos, pero los recursos formales y los procedimientos no lo son. Cada novela propone aproximaciones distintas. Hay que recordar que esta tendencia la podemos ver en escritores como Robert Musil quien se lamentaba de que lo único que podía hacer en la vida era “escribir El hombre sin atributos”.
Para terminar, Schlemilovitch, luego de pasar un tiempo con judíos de ultraderecha en Tel Aviv, recibe un balazo, para después acabar en el diván del doctor Sigmund Freud, engendrador de mitos científicos y “médico brujo de Viena” (a decir de Nábokov),  quien trata de convencerlo de que el judaísmo no existe, esta falsa idea de raza o nación es un simple y moderado padecimiento mental: “neurosis judaica”,  “paranoia yiddish”. Ya está. Asunto resuelto. Los judíos no existen y cada quien puede retirarse tranquilo a sus respectivas casas que aquí, no pasó nada. Schlemilovitch  afirma sentirse cansado, muy cansado. Y no es para menos, su desarraigo parece ser una larga espera en donde la vindicación nunca se presenta. 



Esa obsesión por la identidad es también explotada en novelas como Calle de las tiendas oscuras en donde el personaje principal Guy Roland, quien trabajó durante algunos años en una agencia de detectives, decide cierto día ir tras el rastro de su propio pasado en busca de respuestas sobre su propia personalidad ya que, luego de padecer amnesia, no recuerda ni siquiera su nombre real. La búsqueda gradual y constante su pasado tendrá la función de dar sentido a la vida del personaje principal. Las respuestas deseadas del pasado, las claves de su personalidad habrán de revelarse poco a poco como cartas puestas boca abajo que lentamente se voltean para darnos una serie de pistas que convierten el misterio de una persona en algo mucho más grande y complejo. Modiano apela a la curiosidad del lector que acompaña la narración en la que gradualmente se va desenmarañando la identidad del protagonista a través de un periplo que lo llevará a complicar aún más ese misterio. Si antes era el empleado de una agencia de detectives, la indagación del misterio de su pasado lo conducirá a un viaje que lo vinculará con muchas personas en una red de afectos e interrogantes que parecen no tener solución.
La memoria nos dice quienes somos, nos otorga una suma de códigos con los que nos presentamos; nos vuelve concretos y reales. Su ausencia nos hace etéreos, fantasmales; somos huellas que se borran y desaparecen sin dejar rastro  “como lágrimas en la lluvia”, si pensamos en los androides de Phillip K. Dick. Desentrañar el misterio de una vida es imposible: quedan las oquedades, las intrigas que determinan el destino de una persona, el misterio que envuelve cada ser que aparece en nuestras vidas y luego desaparece para convertirse en olvido. Sin un pasado del que pueda hacer acopio, Guy Roland termina por convertirse en un detective, su oficio le permite adquirir un arte que pueda ser utilizado en la investigación más importante de su vida. Así, revisa fotografías, entrevista personas desconocidas, hace toda clase de pesquisas en varios lugares del mundo. “Yo podría ser cualquiera”, piensa, es cosa de saber quién. Así lo expresa su personaje:
«Hutte me citaba, por ejemplo, a un individuo a quien llamaba “el hombre de las playas”. Aquel hombre se había pasado cuarenta años de su vida en playas o al borde de piscinas, charlando amablemente con veraneantes u ociosos acaudalados. En las esquinas y en los segundos planos de miles de fotos de vacaciones aparece en traje de baño en medio de alegres grupos, pero nadie podría decir ni cómo se llamaba ni por qué estaba ahí. Y nadie se fijó en que un día desapareció de las fotos. No me atrevía a decírselo a Hutte, pero creí que “el hombre de las playas” era yo. Por lo demás, no se habría extrañado si se lo hubiera confesado. Hutte repetía siempre que, en el fondo, todos somos “hombres de las playas” y que “en la arena —cito sus propias palabras— no dura más que unos segundos la huella de nuestros pasos”»
Seguir estos pasos equivale a desentrañar un drama que incluye el destino misterioso y a un tiempo adverso de ciertas personas que conoció y ciertos hechos que van saliendo a la luz poco a poco: su supuesta pareja Denise, por ejemplo, quien cruzó misteriosamente la frontera con Suiza, para nunca más volver a verla; sus contactos con una embajada extranjera, sus gestiones para cruzar la frontera y escapar; o su amigo Freddie, quien puede darle la pista definitiva. Cuando pienso en esta novela no puedo evitar recordar otra de Vladimir Nábokov La verdadera vida de Sebastian Knight, la cual más que resolver el enigma de una personalidad parece entrampar al lector con la idea de que Sebastian Knight, puede ser cualquiera: el narrador, el autor, el lector, o bien, el mismo Sebastian Knight. Al final no se presenta una respuesta sino que se enuncia una interrogante. La identidad no sólo es intercambiable por quien la posee o puede poseerla (podemos ser Otro y lo Otro, “todo es cuestión de distinguir las ondulaciones del alma de los demás”, dice Nábokov), también  es etérea, intermitente, efímera. Sirva esta carta de despedida del personaje para enunciarlo:
«Mi querido Hutte: me voy de París la semana que viene, a una isla del Pacífico en donde hay alguna probabilidad de que vuelva a encontrar a un hombre que me dará informaciones de lo que fue mi vida. Por lo visto, es un amigo de juventud.
Hasta ahora, todo me ha parecido tan caótico, tan fragmentario... Retazos, briznas de cosas me volvían de repente según investigaba... Pero, bien pensado, a lo mejor una vida es eso...
¿Se trata de la mía efectivamente? ¿O de la vida de otro, dentro de la que me he colado?»
Si Calle de las tiendas oscuras es la búsqueda de una identidad, Dora Bruder es la investigación de un destino trágico compartido por muchas personas durante la guerra. La búsqueda de Dora Bruder lo lleva a describir minuciosamente la ciudad y a un laberinto de oficinas burocráticas semejantes a guardianes del olvido, encargados que todo quede bajo el polvo. Modiano narra esa búsqueda emprendida en 1996, para describirla utiliza los recuerdos de su niñez y su juventud en distintos suburbios parisinos. También evoca a las personas arrastradas por ese apocalipsis de la guerra que segó la vida de tantas personas hoy olvidadas. Modiano tiene esa característica, rastrea el pasado pero no a través de una historiografía que engrandece ciertos nombres, sino a través de humildes pesquisas que lo llevan a personas desdeñadas por esa suma de nombres propios que es la historiografía de una guerra. Abre constantemente ese capítulo, muchas veces incómodo.
La rastrea desde su nacimiento hasta su internación en un campo de concentración. Vuelve a la cuestión judía que para los momentos de la guerra, en medio de tantas clasificaciones y etiquetas impuestas a las personas, no significa gran cosa. Rastrear a Dora Bruder tratando de llenar los espacios no documentados también es una buena ocasión de escarbar en sus propios recuerdos. El autor siempre recapitulará la conflictiva relación con su padre y sus constantes desencuentros.
Modiano se dio cuenta de muy joven, en la década de los sesentas que aquellos pequeños contratiempos como ser conducido a la comisaria por un furgón celular (anécdota que reinventa en Los bulevares periféricos y Dora Bruder), ser interrogado como un delincuente por un comisario de policía y todas aquellas pequeñas molestias experimentadas no eran más que “parodias”, representaciones inocuas de eventos que otros tiempos conducían a miles de personas a campos de concentración; eventos que en aquella época habían experimentado miles de personas hasta los límites infernales del sufrimiento, del dolor, del castigo infringido por una vorágine histórica que arrastraba a individuos hacia la tortura, la muerte, y esa segunda defunción que es el olvido. Por eso Modiano (cuyo padre era un delincuente quien, para sobrevivir en la clandestinidad, realizó toda clase de actos de dudosa moralidad) sabe justificar la mentira, el robo, el engaño; se siente solidario con las personas que llevan pasaportes falsos o desvalijan una casa con la esperanza de escapar de esa realidad sórdida de la guerra. Decir que Modiano “transmigra” es referir una característica común de todos los escritores pero también es decir una verdad. El autor sabe que es mejor aprender a sobrevivir como un proscrito que trafica para el mercado negro, que sencillamente, dejarse arrastrar a un Lager. La guerra vuelve comprensible muchos de nuestros pecados, incluyendo el robo.
En un principio refería ese París del que Patrick Modiano no sabe salir ni siquiera con invitación, y a ese París de la memoria de Modiano en la década de los sesentas (de donde parte para situarse en el mundo de la Ocupación a principios de los cuarentas) se regresa con estrategias propias de la literatura. Para empezar a recordar a París es preciso empezar a describirlo minuciosamente, calle por calle. Señalando sus puntos cardinales, sus monumentos, todas las señales que nos ayuden a orientarnos; pero también la ciudad se convierte en un “efecto personal” que adquiere valores distintos porque acogió y fue testigo de ciertos habitantes, de ciertos momentos, fue “intervenida” con un suceso, fue testigo de ciertas realidades: del hambre, del sufrimiento, del frío de sus habitantes. Sus calles, sus banquetas, sus paseos, sus bulevares, sus cafés, sus restaurantes, sus edificaciones, sus parques, sus negocios, su río Sena…cada vez que son referidos es para hacerle espacio a un fantasma. Todo tiene una identidad y un lenguaje cuyos rumores debe escuchar un autor. De hecho, la misma palabra en su etimología, auctor y augere nos remite al arte, no de reproducir de acuerdo a cierta tradición, sino de “añadir”, “completar”, “mejorar”, “agrandar”. La ciudad colmada de memoria se vuelve triste porque cada puerta alberga una despedida, cada calle refiere un drama, cada banqueta evoca un pensamiento doloroso, cada bulevar nos asalta con cierta nostalgia; y cada parque nos ubica en la espera angustiosa e interminable de alguien que no llegará porque fue apresado por la Gestapo, conducido a Brancy, luego a la prisión de Tourelle y por último, al Infierno, que tiene por nombre Auschwitz.
Sus novelas reiteran esto: vivimos tiempos difíciles, son tiempos extraños, un tanto bizarros; nos hemos quedados solos en la ciudad, habitamos casas que no son nuestras, sobrevivimos como las ratas en la espera de algo: tal vez un pasaporte falso que nos lleve a cruzar la frontera con Bélgica; hemos conocido a muchos que no lo han logrado, desaparecieron, tal vez ahora sean más felices, tal vez ya estén muertos, la guerra cambió tanto las cosas. Esa literatura quiere invocar una realidad que se quedó suspendida, quiere volver a dialogar con la esencia de lo que fue alguna vez una presencia real, lo que hoy es nada, lo que hoy son jirones de recuerdo. “Te acompañaré hasta el final de este libro” le dice Modiano a la presencia invocada de su padre en Los bulevares periféricos cuya vida trata de reconstruir con lo poco que queda; y de la voluntad de representar ese diálogo con espectros, de la costumbre de seguir con el espíritu a los demás, de la intención de visitar nuestras otras vidas, las que se quedaron a la deriva, las que fueron posibles; de la indagación de los destinos y las identidades, incluyendo la propia, de eso precisamente, está hecha la narrativa de Modiano.
Publicado orignalmente en  Revista Mito


domingo, 22 de febrero de 2015

Harold Bloom y el canon literario

Por Noé Vázquez

Bloom. Debate incansable, constante.

El libro de Carlos Gamerro sobre Harold Bloom representa una buena aproximación a las distintas propuestas teóricas formuladas por el citado autor. Harold Bloom nació un 11 de julio de 1930, en el Bronx, sus padres eran judíos que nunca supieron leer en inglés. Desde su niñez se destacó marcadamente por su afecto por la lectura. Fueron sus visitas a la Biblioteca Pública de Nueva York lo que inculcó el amor por ciertos autores a quienes empezó a leer a partir de los siete u ocho años: esta lista empieza con la poesía de Hart Crane, T.S. Eliot, W. H. Auden y William Blake. 

La importancia de Harold Bloom radica en haber revolucionado la forma de hacer crítica de parte de las academias popularizando conceptos como "la angustia de las influencias", la dualidad "efebos y precursores", define los conceptos de malas y buenas interpretaciones de una obra y, a partir de ahí, establece categorías o modalidades de mala interpretación en forma de seis cocientes revisionistas como el clinamen, la tésera, la kenosis, la demonización, la ascesis, y la apofrades. En todas estas modalidades o cocientes se analizan las tensiones entre los "efebos" y los "precursores", la forma en que unos y otros se aproximan entre ellos o se separan, la manera en la que estos establecen relaciones de continuidad y discontinuidad, de ruptura o complementación, la manera de vaciarse de una influencia o de llenarse de ella, la desvinculación con un autor, la renuncia a los dones otorgados al efebo, como en el caso de ascesis, donde éste se revela contra su precursor, se vacía de su influencia literaria y busca un camino alterno que lo separe de su predecesor. Las tensiones entre las influencias tienen cierto carácter definido por movimientos sentimentales como la humillación, la angustia, los celos, la envidia, la admiración. La relaciones complejas entre los autores de distintas épocas marca el desarrollo de las distintas obras literarias.

La angustia de las influencias.

Para Harold Bloom cada lectura errónea de una obra anterior será una lectura creativa, una mala interpretación engendrará nuevas creaciones; una interpretación "perfecta" sólo podrá dar origen exactamente al mismo texto, comparemos esto con el modelo ficticio creado por Borges en Pierre Menard, autor de El Quijote, el texto interpretado y creado es exactamente el mismo texto escrito por Cervantes. Los "efebos" crean de alguna manera a sus precursores, por poner un ejemplo, fue necesaria la existencia de Borges para poner en perspectiva y análisis la obra de un poeta como Evaristo Carriego; y fue también la idea de un "poeta fuerte" como Borges lo que permite que exista un Leopoldo Lugones agradecido de tener un lugar en la obra del gigante autor de Ficciones quien supera la angustia del influjo ejercido sobre él de parte de Lugones.

La literatura es una pugna por la inmortalidad, es el trofeo máximo del creador, el botín de esta guerra es una defensa contra el olvido. Las influencias entre distintos autores hacen que estos tomen lo que necesitan de los demás de manera egoísta para salvarse del tiempo que todo lo contamina y lo sepulta. En este sistema darwinista los autores son como vampiros, como leones que se alimentan de los corderos. Los fuertes echan por la borda a los débiles y los condenan al olvido, al ostracismo, en suma a la muerte. Hay una visión de agotamiento en la que las obras engendradas en etapas posteriores son espejos de las anteriores, simples remanentes que copian o remedan los modelos tempranos. El poema padre es la luz, la inspiración fundamental y los poemas posteriores representan un desgaste de esa inspiración.

Para las teorías de Bloom la influencia lo es todo. Incluso cuando hay un "apartarse de la influencia" podemos considerar que existe. La negación de la influencia es una parte del influjo de un autor sobre otro. Bloom también nos enseña ciertos principios sobre la lectura y sobre la forma en la que debe practicarse; principios como la soledad, el egoísmo, el placer y la contemporaneidad, sobre esta, Bloom anima al lector a no preocuparse por tener una lectura historicista sobre un texto antiguo, el que generalmente abruma al lector ya que está formado por códigos que ya no son vigentes, fue escrito para otras épocas, para otras personas y con un lenguaje ya muerto. La lectura historicista, que es propia de académicos es inasequible para el lector común. Para Bloom, hay que leer desde nuestro presente, desde nuestras propias circunstancias, esto le otorgará a al texto un sentido nuevo, muchas veces insospechado por los exegetas anteriores. El lector nuevo de una obra antigua va a interpretar mal una obra y esto representará una lectura fuerte. Otro elemento de la lectura es el humor, la interpretación abierta y la ironía, es decir, cuando el sentido literal de una frase es distinto del sentido real. La lectura debe relativizarlo todo porque debe tener un carácter abierto y no dogmático.


La mejor forma de asesinar un texto literario es ponerle los grilletes y la camisa de fuerza del dogma; la mejor forma de acercarse a un texto literario es a través de su comprensión estético-cognitiva, la lectura es un placer, un deleite solitario y una manera de acceder al conocimiento de la imaginación, la poesía es una manera de crear valores a través del conocimiento de lo otro. Hay otra manera de concebir la literatura, a través del dogma, éste puede ser religioso-moral, y político-ideológico. La lectura religiosa se dirige a la colectividad, más nunca al individuo en su soledad de lector; busca demostrar una tesis pre-establecidad por el intérprete que busca en el texto los argumentos con los que busca defender la misma e ignora aquellos que no le sirven para su propósito. Es la razón por la cual la Iglesia Católica no promueve la lectura en solitario, esta lectura deber darse a través de sus intermediarios que pueden ser los sacerdotes, los teólogos y los especialistas en el tema. La lectura dogmática restringe la libre interpretación y está dirigida a crear pautas para el mejoramiento espiritual y moral de las personas y de la comunidad. No hay placer en la lectura dogmática, pensemos en la forma compulsiva de los niños de padres musulmanes quienes deben aprender de memoria párrafos del Corán, aún sin entenderlos. La lectura dogmática desalienta el cuestionamiento, su mala interpretación se considera como herejía, pensemos en la fatwa ejercida contra Salman Rusdie, o en la censura de la película de Scorsese sobre un libro de Nikos Kazantzakis, o bien, en la condena de ciertos grupos fundamentalistas hacia la propuesta de Bloom de dar a los textos sagrados una aproximación en términos literarios.


Harold Bloom propone leer los cinco libros del Pentateuco tal y como leemos Hamlet, El Quijote, o Crimen y castigo. El riesgo de una lectura estética radica en dotar de un sentido distinto un texto cuyo propósito fue el de crear un conjunto de valores, su lectura siempre fue dogmática, promotora de pautas para el mejoramiento social. En este caso el sentido convencional del texto desaparece para dar lugar a nuevos valores que el lector irá creando a medida que lea. Esa mala interpretación convierte a la Biblia en un texto nuevo, muchas veces insospechado. Con El libro de J, escrito en colaboración con David Rosenberg básicamente propone la teoría de que las partes de la Torá consideradas como El libro de J fueron escritas no por un autor divino o colectivo, sino por un escritor individual de género femenino y caracterizado por una alta sensibilidad literaria y por un temperamento irónico. Este autor, que Bloom imagina, escribe estos textos alrededor del año 900 a. de C. en tiempos del rey Salomón. Para el momento en el que Bloom escribe este libro su fama ha llegado a muchas partes y se ha alejado de la escritura de libros académicos para convertirse en un escritor de masas. El libro de J empieza a causar mucho revuelo gracias a las argucias de los editores que logran crear cierto nivel de polémica alrededor del mismo. La controversia sobre los autores de la Biblia atrajo la atención de los integristas religiosos, sin embargo, la disputa no a pasó a mayores. Los historiadores, al menos, identifican a varios redactores del citado libro sagrado: o el Yahvista, E el Elohista, P el Autor sacerdotal, y R el Redactor, quien fusionó los textos anteriores, despojándoles de su carácter individual. 

Harold Bloom al ser uno de los defensores del canon occidental de obras, es decir, la lista de obras y autores que representan la alta cultura de la civilización occidental y que han dado la pauta para creadores posteriores y no ha perdido vigencia; se ha enfrentado con duras críticas de parte de otro grupo de estudiosos a los que Bloom califica como la "escuela del resentimiento" o resentniks, encontrando un símil con el grupo de escritores beatniks. Estos son algunos de los que Bloom llama "resentidos": la crítica marxista, que ve todo como un reflejo de cuestiones de producción y de la dinámica de la lucha de clases que generalmente usa categorías para calificar a los autores como revolucionarios, reaccionarios, proletarios, burgueses, materialistas e idealistas, realistas y fantásticos. La lista negra continúa: La crítica feminista, los estudios coloniales y postcoloniales, la políticas de razas, las políticas de género, los estudios culturales, la semiología y las escuelas francesas de la crítica.


jueves, 19 de febrero de 2015

La insensatez de escribir.





Por: Noé Vázquez

Pensar que cada página escrita es una manera de ganar tiempo a la muerte. Reflexionar sobre la naturaleza de la escritura como sucedáneo del tiempo. Engañarse felizmente con la idea de que escribir es una forma de “estar ahí”, de ser uno y el mundo como si se tratara de un ejercicio de panteísmo. Creer que la escritura es, más que una disciplina, una religión a la que nos entregamos, un estilo de vida que defendemos y una cura estética de toda tristeza. Considerar el oficio de escribir como catarsis: una manera de resolver disyuntivas, de zanjar problemáticas personales por medio de la emoción estética. Ver en la  página en blanco un campo de pruebas, el ring-side donde se resuelven nuestros conflictos existenciales. Cabalgar quijotescamente sobre el campo minado de las palabras, sorteando  siempre (y siempre cayendo) en los ripios, los lugares comunes, la intención vana, el afán pretensioso, la cursilería, las pifias, las lagunas mentales que nos asaltan, la errata que aparece casi sola y por generación espontánea. Pensar la página en blanco como una pista de hielo donde sólo es seguro el error, el resbalón y las cuchufletas del respetable. Sea como sea la escritura por momentos resulta inevitable, y cuando lo es, nos llena de satisfacciones. Dejar de escribir, callarse de una vez, ¿qué más se puede decir?, ¿qué es aquello tan importante que si no lo dices terminará por crear un tumor cancerígeno en el espíritu que ya comienza a apestar? O seguir escribiendo como alguna vez lo quiso Kerouac: "escribir todos los días como una verdadero adicto a las anfetaminas".


Pensar en los inviernos creativos que se aproximan, la falta de ideas y de interés, la apatía que se vuelve una enfermedad crónica. Pensar en las preocupaciones cotidianas que nos alejan de las páginas, las escritas, las leídas. Pensar en el aislamiento del escritor que va de lo underdog a lo beyond the underdog y que, como cualquier espontáneo en una tarde de toros corre temerariamente hacia el redondel donde, con aspavientos azuza al toro bravo para disputar un poco de la gloria que cree merecer, sin que importe la rechifla del público que, indignado, pide a la expulsión del imprudente. A ese escritor underdog no le importará que la crítica, como burlones monosabios, lo saquen a empellones de la plaza. Tarde magnífica para llorar una derrota nueva. Escribir es imprudente, consume horas que deberían dedicarse a tareas de naturaleza más productiva o más práctica. Escribir es insensato porque en ocasiones no paga. Como quiera que sea, escribir se vuelve necesario sobre todo cuando el traje de luces de los que tienen la gloria resulta tan admirable y digno de posesión.



Blanco, blanca es la página en blanco, blanco el silencio, la ausencia de ideas. No es coincidencia que black en inglés se refiera a la ausencia de color y blanco en español se refiera a lo mismo. Negro y blanco. Negro es el silencio al cerrar los ojos de manera somnolienta, pensando quizá que ya no hay nada que decir y que hablar es, ya en sí mismo, hablar de más; y callar es una manera de volver a vivir esa vida que, de suyo ya resulta intransferible, incomunicable. Tal vez escribir sea esa excrecencia que queda luego de haber vivido, lo que dejamos como remanente de nuestras experiencias vitales, simples palabras a escribir cuando la experiencia cotidiana nos hacer morir un poco cada vez. Palabras que quedan como marcas de haber estado ahí, como señales de una vida que constantemente parte, que se despide con sus palabras. Y así, escribiendo como si se tratara de una despedida incesante se han gestado las grandes literaturas.

Podríamos decir que hay quienes escriben porque le temen al vacío, horror vaccui. Otros porque precisan la limpieza de su alma, los hay más que ven en la palabra escrita una manera de pedir cuentas al mundo que les rodea, para otros es un ajuste con la creación, una manera de levantar un proceso a aquello que en muchas culturas llaman Dios. Pensemos en un escritor como Kafka, a quien su propia tradición y la manera de expresar su religiosidad lo imbuía de una necesidad de consignar en palabras su relación con los misterios del mundo y su propia condición de marginalidad, hablo de una segregación como raza, y al mismo tiempo la manifestación de una singularidad expresada como un escritor de genio. En muchas ocasiones la escritura es un acto de rebelión, una forma más de sublevarse contra la realidad. Una sociedad cuestionada engendra una cofradía de escritores contestatarios capaces de propagar, a través de la creación literaria, la idea de otro mundo. Macondo no sólo le corresponde a un país como Colombia, surge constantemente como paradigma cada vez que un escritor cuestiona su propio entorno y decide engendrar nuevos mitos a través de la ficción. No debe extrañarnos que las grandes obras de la literatura latinoamericana (los escritores del boom) hayan surgido en países donde por lo regular, vivían regidos por las injusticias, las desigualdades sociales y los regímenes dictatoriales. O bien, pensemos en el Siglo de Oro español donde las constantes guerras imperiales promovidas por los monarcas Habsburgo habían expoliado completamente el futuro del pueblo español. Vemos a una España antirreformista, religiosamente dogmática, resistente al empirismo y el racionalismo que otros países empezaban a descubrir. Esa España había creado una clase parasitaria de nobles y había cancelado la posibilidad de una tradición liberal y democrática a la que tuvieran acceso otros pueblos. El Siglo de Oro, que para los estudiosos se extiende hasta el siglo XVII también es el siglo de Lope, de Quevedo, de Cervantes, de Góngora, de Tirso de Molina. Como la poesía de los pueblos es una manera de decirnos lo infelices que son, no es de extrañar que Octavio Paz defina al ser humano como un olmo cuyos frutos, extralógicamente, son peras.

La imaginación literaria es una rebelión contra el estado actual de las cosas, una reinvención de la realidad, una crítica hacia ella, un replanteamiento de nuestra comprensión del mundo, un afán de construcción de algo alterno que purifique y al mismo tiempo destruya la noción establecida de lo “real”, es la inclusión de una nueva realidad y la tenacidad para reconstruir constantemente un mundo que se aleja de nosotros. La escritura es intención de recuperación no siempre vana.  Pero también es una necesidad de invocación del recuerdo, de la memoria, de la pulsión interior, de la fantasía que nos abruma con su presencia constante. El escritor es el enamorado de la palabra pero también es aquel que se siente avasallado por su mundo interior al que hay que exteriorizar, el mundo que hay que verbalizar a toda costa.

martes, 17 de febrero de 2015

Gabriel García Márquez, historia de un deicidio.



Gabo con ojo morado, producto de una riña con Vargas Llosa. Fotografía: Rodrigo Moya
Por: Noé Vázquez.

Gabriel García Márquez, historia de un deicidio es una guía profusamente documentada de las motivaciones e influencias del escritor colombiano. Combina alternativamente la biografía del escritor con el análisis de su literatura a sabiendas que una no puede entenderse una sin la otra. Las múltiples “vidas” del escritor. Las distintas facetas de su literatura son analizadas de manera detallada sin dejar nada al azar. Concibo el libro como una guía de estudio para quien decida, más que disfrutar las obras del colombiano, adentrase mucho más en los influjos que definen la obra del escritor. Este documento escrito en forma de ensayo, de estudio literario y de anecdotario es una buena herramienta para el conocimiento de la vida de un escritor así como también el contexto histórico y social en el que se desenvuelven los personajes garciamarquianos.

Para Vargas Llosa, el deicida es el suplantador de Dios, aquel que subvierte el orden de la realidad para pasarlo al tamiz literario: por ambición totalizadora, por necesidad fabuladora, por intención transgresora, por necesidad de ficcionar. Este deicidio lo llevaría a incorporar a los hombres y sus fantasmas en una ficción que abarcaría la totalidad “en una sola representación verbal”. A través de su ensayo, Vargas Llosa analiza el sustento rabelesiano de la obra garciamarquiana y también las obras que parecen engendrar su producción literaria y nutrir con su influencia. Las referencias son variadas, tal y como lo distingue el autor: Orlando de Virginia Woolf, la saga Yoknapathawpha de William Faulkner, ese estilo periodístico tan trabajado que es propio de las obras de Ernest Hemingway, así mismo, le encuentra paralelismos con las novelas de caballería como El Amadís de Gaula. Como infancia es destino, tal y como se dice comúnmente, la de Gabriel García Márquez está marcada por el sino de ciertas historias cuya memoria lo acompañó por muchos años hasta verlas convertidas en gran literatura. El ensayo de Vargas Llosa abarca de manera muy detallada y rigurosa la niñez del autor en Aracataca, Colombia y su formación posterior como periodista. Esa niñez vuelve comprensibles las temáticas que abordaría tiempo después, así mismo, es el cimiento de toda una carrera literaria. La tradición de contar, profundamente imbricada en nosotros como especie encuentra en el escritor de genio su médium que transformará en arte esa conjunción entre el espíritu de una época, y hablo del momento históricos, junto con las pulsiones y motivaciones personales e individuales que forma el estilo de escribir, de narrar. La casa que García Márquez habita desde niño está poblada de fantasmas, no puede desplazarse de una habitación a otra porque teme que en alguna habitación intermedia pueda encontrarse con un aparecido, las historias de terror se le revuelven en la cabeza. Aún así es un paraíso perdido capaz de suministrarle las fórmulas poéticas que serán en el futuro parte de sus ficciones

La realidad del escritor colombiano vertida en este ensayo nos hace pensar en un niño que vivió un periodo de su vida en donde notaba a su alrededor toda clase de dichos e historias, el sustrato lingüístico y mitológico que hizo de él el escritor que llegamos a conocer. Un mundo de símbolos y de fantasmas que su imaginación se atrevió a nombrar y a recordar mucho tiempo después. La pulsión y rebeldía del escritor contra esa realidad que le había tocado vivir se despierta cuando regresa con su madre a Aracataca y las imágenes de su niñez vuelven como un aluvión de recuerdos, imágenes, visiones fantasmagóricas que demandan ser convertidas en literatura.

Existen ciertos ejemplos muy notorios de lo real-imaginario abordado por las obras de Gabriel García Márquez, por ejemplo, cuando el personaje de Úrsula Iguarán persigue un hilo de sangre que parece tener vida propia; o bien, notar la evolución de la vejez que convertirá a Úrsula en un personaje diminuto; e incluso, observar perplejos la ascensión de Remedios La Bella como si lo estuviéramos leyendo de una hagiografía. Todo ello es preferir los “imposible” sobre lo “improbable”. Sin la preponderancia del pensamiento mito-poético en nuestra vida diaria, la gran literatura, tal y como la conocemos, sencillamente no tendría cabida. El libro de Vargas Llosa nos permite tener atisbos de la vida de García Márquez, una infancia colmada de seres imaginarios, de mitologías sociales y personales, de una visión fantasmagórica del mundo que le rodeaba; además, por si fuera poco, de una familia sui generis caracterizada por dichos y hechos no precisamente ordinarios. Es del todos conocida aquella anécdota en donde el García Márquez niño observa a una de sus tías confeccionando su propia mortaja a la espera de su muerte y ver la manera en que esta tía cumple su promesa de morir en la fecha prevista y con la misma mortaja que había estado elaborando. Otro aspecto que el autor absorbió fue la forma de hablar cotidiana de su abuela, hecha de aforismos singulares. Ese anecdotario de su niñez formaría el sustrato lingüístico de un escritor singular.


Visto como un deicida, como un hombre que se rebela contra el creador y la creación del mundo conocido, García Márquez rompe con lo real, su combate es contra la estructura formal de los hechos, contra esa lógica convencional que tienen. Le gusta soñar con eventos que si bien, tienen un origen “real” o una fuente histórica (la United Fruit, las guerras entre liberales y conservadores, las constantes migraciones de su familia); su propósito al novelar es crear una realidad alterna que rivalice con la realidad formal, una ficción que transmute el infierno de la realidad colombiana y la latinoamericana con sus dictadores, la invasión de empresas transnacionales, la explosión demográfica, la inflación galopante, la corrupción constante; todo ello convertido en una serie de narraciones que vuelven vital, celebratoria y hasta carnavalesca la visión de un país o de una sociedad. La literatura del boom representada por José Donoso, Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Carlos Fuentes, José Lezama Lima, Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, entre otros, buscó siempre tener un compromiso con una realidad que abrumaba con su complejidad. Su literatura muchas veces tuvo una visión un tanto barroca y exhuberante, con pretensiones totalizadoras. Los escritores del boom no parecían apartarse de la realidad en la que se desenvolvían, querían explicarla a través del recurso de lo imaginario. Lo vemos en libros como Conversación en la catedral, una novela ambiciosa que pretende explicar el fenómeno de la peruanidad, si es que la hay, una manera de poner las cartas sobre la mesa para indagar en la pregunta fundamental sobre la identidad de su país, quiere responder "¿En qué momento vino a joderse Perú?", pregunta necesaria que también llegó a compartir Carlos Fuentes, en caso de México, con novelas como La región más transparente o La muerte de Artemio Cruz.

Celebridad, esnobismo y luto.





Por: Noé Vázquez.

     No me gustan las plañideras que van tras el féretro del personaje ilustre (llámese jefe de Estado, líder religioso, escritor de renombre y relumbrón,  figurón del cine o del teatro, o lo que sea), me parece de mal gusto hablar de la buena y no tan merecida fama del muerto, me desagrada el esnobismo de los cuantiosos deudos que afirman categóricamente lo bien que conocían al finado alegando una amistad entrañable de tantos años en los que compartieron tales o cuales vivencias inolvidables. No me gustan los homenajes gratuitos de quienes, con marcada necrofilia, afirma “extrañar” al fallecido, echarlo de menos y recordarlo por la herencia cultural de la cual se sienten merecedores, de los libros que el augusto muerto publicó en vida y que lo convertirán en una referencia cultural. Aún así existe una categoría peor de homenajeantes: aquellos que desde su mutismo y su falta de agilidad cultural salen de su inercia una vez que las malas nuevas los distraen del sopor intelectual en el que habitan para referirse al muerto con toda clase que términos laudatorios, su cursilería se parece a la de una Salomé pidiendo para sí la cabeza de Juan El Bautista como si ello le otorgara prestigio ante sus iguales.

Pensemos en esa actitud tan predecible de recordar al fallecido siempre con los remanentes de su buena fama, sus logros intelectuales, los cuantiosos premios que le dieron nombradía en tierras latinoamericanas y europeas, de los merecidos reconocimientos como el Rómulo Gallegos, el Nóbel o la Legión de Honor; o bien, de los Emmys, Tonys y Oscares obtenidos. Cómo es imaginable, abundan los que se cuelgan a esa procesión funeraria que explota en las agencias informativas de todo el mundo para postear alguna nota luctuosa que nos recuerde al fallecido, o bien, algún artículo presumiblemente de mucha garra que les hará parecer bastante imparciales y objetivos, quizá tomando una prudente distancia crítica del personaje en cuestión (como si tal cosa fuera posible). Habrá ahora un pretexto para recordarlo y regodearse con el conocimiento de las obras del difundo, del trato con su persona y de esa amistad de tantos años, y para muestra, parecen decir, “aquí está la foto en donde estoy acompañado de la ilustre gloria” eso sí, colgada en Twitter, o presumida en el muro de Facebook para envidia de aquellos que ni siquiera conocen una celebridad de medio pelo.

La memoria mercantilista se regodea con la muerte, la parafernalia virtual expresa el homenaje porque la muerte en sí misma (con todo su aparato de dolientes), como las procesiones, como los exvotos, como los desfiles, también es un ejercicio de mnemotecnia. Se vende  la despedida al querido autor y personaje famoso porque se conoce el morbo que se despierta el rey que se destrona, el árbol que cae o el ídolo que parte. Hay algo de perverso en esta convulsión que nos provoca el fallecimiento de alguien conocido. Para muchos, la nota necrológica es un recordatorio de la vida del personaje como si se dijera: “mueres para que todos recordemos que alguna vez estuviste con nosotros, mueres para recapitular tu propia vida, mueres para que te des a notar por última vez”. Si los muertos célebres pudieran hablar no dudo que, ante la avalancha de homenajes que parece darles una segunda defunción, dirían cosas como “de haberlo sabido,  juro que me muero antes”. La muerte física restablece la memoria del homenajeado, rescata su presencia espiritual, pero también se regodea con su ausencia material y le otorga un nuevo valor a su  presencia, ahora, irremediable mistificada por una fama que nunca es merecida; a su persona (limitada y humilde por la enfermedad, por los malos entendidos, el abandono, las depresiones, la falta de comprensión del medio en que se desenvuelve y en algunas ocasiones tristes, el olvido del establishment cultural) la rodeará una fama estilo “rey muerto por un día” que es una burbuja que termina por reventar desplazada por noticias nuevas, y si son necrológicas, mejor.

Me parece sumamente descortés esperar la muerte de un escritor famoso para empezar a leerlo o notarlo; es de pésimo gusto no estar al tanto de la fama del personaje en cuestión sino hasta que aparece en primera plana como noticia mortuoria; considero el colmo de la afectación suponer que nuestro dolor moral por la muerte del citado personaje tenga algún tipo de repercusión o importancia. Parecería que nuestro afán de pertenencia social opacara muchas veces nuestra independencia crítica. A todos nos pasa, creo que no podemos evitarlo. Nos desagrada la idea de estar fuera del trending topic de tal forma que, para no quedarse en la marginalidad, debamos incluir en nuestro muro de Facebook las noticias más recientes sobre la partida de algún protagonista del mundo de las letras o la farándula del cual, todos sabemos, el resto está hablando. Comentar es importante, es una manera de no quedarse fuera de ese Zeitgeist tan cambiante que define las frases y palabras en los motores de búsqueda.

Somos seres gregarios y nos interesa ser notados, “existir” es ser percibido de alguna manera, pero siempre desde el ámbito de la normalidad, de lo correcto, de lo aceptable para nuestros congéneres. Si nos dolemos por algo particular, también podemos condolernos por los demás, el sufrimiento también demanda ser compartido. No basta llorar desde nuestro fuero interno, es necesario que nuestro dolor sea público. Compartimos el dolor como compartimos el goce, la alegría, el conocimiento de un tema y la indignación por algo, pero hay algo un tanto vulgar en agregarse sumisamente a una manifestación de dolor colectivo, tal vez sea la impresión que me causa el hecho de que muchos de los homenajeantes parecen creer en la importancia de sus condolencias, como si pensaran que sí no suman a las exequias virtuales con el consabido moño negro, la fotografía oscura y el meme laudatorio y encomiástico, no podrán ser notados, no tendrán la presencia necesaria en las plataformas de redes sociales  y dejarán de existir de manera social. Lo privado es menospreciado. Facebook es el nuevo esnobismo, el promotor principal de la necesidad de reafirmación y el sonsacador de las egolatrías.


   Pero hay algo de engañoso en el dolor colectivo, yo lo relaciono más con una fascinación mórbida que con un proceso natural de tristeza. Lo asocio con una sensación de alivio al saber que es otra la persona que se va de este mundo y no nosotros. Esta fascinación por la muerte nos distrae de una vida si se quiere, insignificante, anodina. La muerte es un fenómeno que los medios han convertido en un evento sensacionalista capaz de congregar a multitudes ansiosas de compartir ese embeleso por el ser que parte. Recuerdo a algún líder religioso  global cuyo nombre no quisiera recordar que, ante la inminencia de su sueño eterno, provocó tal vez conscientemente, el despliegue de todo un aparato de comunicación y propaganda entre sus fieles de todo el mundo. Su proceso de agonía se estaba volviendo demasiado público, percibíamos el progreso degenerativo de su enfermedad terminal en tiempo real. Su declive físico derivaba en espectáculo. Lo que me sorprendía entonces (y me sigue sorprendiendo) era la falta de pudor ante un desenlace inminente. Iban y venían informaciones que ya le daban determinadas horas de vida, o daban explicaciones sobre sus afecciones terminales, o explicaban los preparativos del tan esperado funeral. Entre tanto, los fieles de todo el mundo se congregaban a orar por su partida. Se acercaban poco a poco y gradualmente llenaban la plaza para darle una despedida multitudinaria y pública, ruidosa, si se quiere, ansiosa por el desenlace previsto, que era lo más probable. Al final, ante en final esperado, colocaron al ilustre fiambre en una especie de túmulo a la vista de todos, vestido con toda la dignidad y la pompa necesaria, tocado con una mitra y rematando su atuendo con unos zapatones que parecían no ser de su talla. La multitud, reunida en la plaza, que para entonces ya era una turbamulta vulgar e inoportuna, estaba extasiada. Mientras tanto, dignatarios de todo el orbe se reunieron a dar el pésame necesario y políticamente correcto, no asistir hubiera sido una descortesía. Para mí todo esto era vulgar esnobismo diplomático. El ilustre eclesiástico, en vida santo padre, rey del mundo y delegado de alguna entidad ultraterrena cuya naturaleza desconozco, devenía gradualmente en reliquia cuyo contacto (sigue creyendo la masa inoportuna y vulgar) tendría propiedades terapéuticas. Luego de eso viene el cinismo facineroso, manipulador y farsante de sus deudos principales que se sacan un as bajo la manga declarando lo que todos ya imaginaban: “el hombre era un santo”. Después vino un proceso de canonización fast track demasiado taimado y cínico. El resto es parte de la historia de la desfachatez humana.

Los esnobs no me sorprenden nunca. Si son capaces de tomar fotografías de sus alimentos para que todos sepan que el bistec que comieron es término medio y el vinillo de su mesa es de la mejor fruta qué más da que pongan en Facebook fotos con difuntos ilustres como Juan Gelman, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, José Emilio Pachecho, Salvador Elizondo y ese largo etcétera que irá para los panteones. Creo más en el silencio y la reserva, en el homenaje en vida, en un saludo cercano y discreto a nuestros conocidos, en la preocupación honesta por el bienestar de nuestros seres queridos, en  la distancia  respetuosa pero no fría hacia las personas tocadas por la fama. La admiración no necesita presumirse, las amistades no requieren de un escaparate.  Apoyarse en el conocimiento de una persona famosa es una manera de decir que no creemos en el  valor que tenemos por nosotros mismos.

En un mundo definido por la presentaneidad y la instantaneidad de todas las informaciones a veces nuestra propia muerte, más que ser una cuestión de tiempo, parece ser un asunto de buen timing para no morirse cuando el resto de nuestros conocidos están demasiado entretenidos con un trending topic inevitable y crucial. Después de todo, la búsqueda de notoriedad es un accidente del que ni la muerte puede salvarnos.
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