martes, 14 de julio de 2009

Televisión y Poder




Por: Noé Vázquez Maldonado.
La telecracia mexicana (gobierno del duopolio televisivo en contubernio con funcionarios públicos, iniciativa privada, grupos empresariales y demás poderes de facto) aparece como una presencia omnisciente que no te deja pensar, sólo consumir. No genera manifestaciones culturales que puedan perdurar, no son depositarios de algún saber universal (el que desdeñan en beneficio de recompensas inmediatas: el rating, las ventas de tiempo aire en publicidad, la defensa unilateral de intereses empresariales, la promoción de sus reglas enajenantes para asumir actitudes, estilos de vida, formas de pensar…). Quienes forman parte de este gobierno de facto (no se concibe una elección, un mandato, la sanción y aplicación de una ley, una reforma pública, sin el concurso de este medio), es decir, los concesionarios del espectro radioeléctrico propiedad de los mexicanos, se ven a sí mismos como adalides de la justicia, el bien pensar, la defensa de los que menos tienen, la moral familiar, los valores católicos y guadalupanos del mexicano promedio; no nos dejemos engañar, no lo son nada de eso: su posición en este esquema de valores es, cuando mucho, acomodaticia, deprecativa, paternalista, indulgente, explotadora. Su esquema de transmisiones y contenidos no demanda inteligencia o creatividad; a lo mucho, una burda defensa del sentido común, la reiteración constante y sistemática de fórmulas aparentemente exitosas y generadoras de atención de parte del televidente y ese constante y omnisciente bombardeo publicitario. Este “gigante tímido” (nombrado así por McLuhan) reduce su libertad de acción a fórmulas machacadas, trilladas, gastadas desde hace mucho tiempo, o bien, esquemas extralógicos pretendidamente adaptados a la idiosincracia del mexicano: programas insufribles de chismes de personajes de la farándula, infoentretenimiento para amas de casa analfabetas funcionales, telenovelas o soap operas que aluden constantemente a los peores aspectos de la depauperización cultural: argumentos muy trillados, ausencia de innovación en el tratamiento de distintos temas, actores con poco valor histriónico. Esta televisión “ramplona y engendradora de mitologías pusilánimes” como la ha definido Sergio Pitol, no han logrado completar su tiempo al aire con una programación de calidad que abarque las veinticuatro horas otorgadas en concesión, han hecho algo más lucrativo: venta al mejor postor de infomerciales de una hora donde abundan los telepredicadores que quieren tu dinero, charlatanes de toda talla e índole, venta de productos de dudosa eficacia. La apuesta inmediata de este medio (¿hay otra?) ha sido y seguirá siendo vender, vender y seguir vendiendo. No importa qué, no importa cómo: nuestra atención de televidentes pasivos a los publicistas que pagan el tiempo de esa atención aderezada con una programación de quinta categoría; el tiempo otorgado en concesión por el estado mexicano revendido a proveedores de servicios de dudosa reputación (kilométricos comerciales); telejuegos ( concesionados a Televisa y TvAzteca por un oscuro convenio en los pasillos del poder) que parecen extenderse hasta altas horas de la noche y que se afanan en explotar la ludopatía incipiente y el aburrimiento crónico del desvelado, del insomne; venden también verdades a medias que no siempre abundan en perspectivas escépticas y críticas: no se vale cuestionar las creencias del mexicano o sus valores, es preciso censurar a quienes lo hacen. La televisión en México ha adoptado durante mucho tiempo una autocensura vergonzosa: no se tocan los mecanismos que puedan alterar el status quo como los mitos y creencias del grueso de la población (su creencia indestructible en la astrología, su fe en la lotería nacional, el Super Loto, el Melate); sus supersticiones, su idea cursi y patriotera sobre la mexicanidad. Jamás se pone en duda el desempeño de las autoridades en turno que reciben la protección mediática, tampoco son posibles los cuestionamientos críticos hacia magnates relacionados con las televisoras.
En esta realidad virtual y esquizofrénica se sacraliza la actualidad como un valor inobjetable, sólo cuenta lo presente que, de acuerdo con la televisión, es aquello con la preferencia de la generalidad; este mundo también se caracteriza por una valoración positiva de la estupidez: no se vale saber más que los demás, ser tonto e ignorante está bien, es una característica irreprochable del mexicano promedio, que opinen los expertos con vinculación universitaria y grados académicos, después iremos a comerciales y pasaremos a otra cosa porque el tiempo de la televisión es caro. La labor aprisionada del televidente es consumir, parece ser que no le queda de otra. Una y otra vez los corifeos de la telecracia dan muestras de su incuria, su estolidez, su nulo entrenamiento cultural y su falta de sensibilidad social. Los comunicadores y conductores de programas en el esquema de la telecracia no tienen ideas ni opiniones propias (y si las tienen se cuidan muy bien de ocultarlas), tienen lineamientos y directrices de productores, publicistas, diseñadores de imagen, accionistas y ejecutivos.
El espectador (el nulo espectador), es un individuo promedio, impotente, pasivo, impasible, hipnotizado que acepta lo que le dan sin capacidad o facultad de protesta o propuesta. No tiene ni voz ni voto en la creación de contenidos (alguien dirá que ese voto es el nivel de audiencia medido en puntos de rating pero hay que analizar que se ve lo que está disponible ya que no hay muchos opciones a elegir).
Lo cierto es que tristemente la televisión mexicana y sus dirigentes nos traicionaron. Televisa y Tv Azteca apostaron por un esquema duopólico donde se cerraron filas y en contubernio con los gobiernos en turno cerraron el paso a lo que hubieran sido otras propuestas televisivas: la entrada en el país de una tercera cadena televisiva en red nacional, la creación de una canal cultural que pudiera ser visto en toda la república con programas educativos que difundieran lo mejor de la cultura mexicana y universal sacrificado todo ésto por su miopía para aceptar nuevos contenidos en beneficio del entretenimiento fácil y de bajo riesgo en el rating. El asalto con un grupo armado de las instalaciones de CNI Canal 40 fue una muestra de la voracidad de Tvazteca y de su intolerancia movida por intereses creados, la avaricia les impidió a los dirigentes de las televisoras aceptar la libre competencia, lo que hubiera significado la posibilidad de transmitir nuevos contenidos o un nuevo enfoque de la información.
La telecracia adopta una lógica mezquina de tenderos, de moral de mostrador para un país globero, siempre bajo una perspectiva provincial, de patria chica, diminutiva, con propósitos nimios, mínimos: basta pasarla bien, basta pasar el tiempo sin importar estar a la orilla del mundo, sin perspectivas de acceso a bien espirituales y culturales. Se le olvida a este gigante tímido y pequeño burgués que hay un mundo allá afuera, que ellos son sólo el medio y no el fin, que ese fin puede ser mayor, mucho más ambicioso. La televisión se volvió fayuquera: se le olvidó la originalidad y la innovación, terminó conformándose con cualquier hueso que le aventaba el gigante del norte o los reality shows de la televisión europea. La televisión mexicana es una escuela de cinismo donde muchos mienten (“Díaz Ordaz recuperó la paz social y el estado de derecho”, “López Obrador es un peligro para México”, “Vivimos en una partidocracia”) o pecan por omisión (se han creado cortinas de humo con todo tipo de noticias sensacionalistas: náufragos que pasan meses en alta mar sin señales de locura o escorbuto, sin llagas en la piel ni señales de desnutrición; o bien, la invención y promoción mediática de seres míticos como el Chupacabras): la televisión omite cuestionarse a sí misma, eso sería dañar el centro de su poder, el núcleo de su pretendida credibilidad; miente aludiendo a un suspensión de la incredulidad de sus teleespectadores: un ejemplo es la campaña mediática de Tv Azteca en contra de una ley electoral que se oponía a los intereses de la televisora al limitar el número de spots que los partidos políticos y la iniciativa privada habrían de contratar con ésta (Televisa y Tv Azteca, espejos una de la otra, unieron fuerzas mediáticas, esta vez, movidos por su propia avaricia), la ley electoral limitó a los partidos a utilizar sólo los tiempos oficiales (aun así, parece que no perdieron mucho, el Estado mexicano otorgó una buena cantidad en recursos para publicidad), esto de alguna manera les afecto en sus costos de oportunidad, ellos hablan de un pérdida de millones, las televisora alegaron que vivíamos en una especie de partidocracia que gobernaba el país a su antojo (a los partidos se les comparó con los diputados italianos coludidos con la mafia), se hablo de censura, de que se les estaba limitando la libertad de expresión, todos los días bombardeaban notas relacionadas con el tema, pretendían convencernos de que vivíamos en un Estado gobernado por unos congresistas que aplicaban la ley mordaza. Creo que nadie les creyó. Televisa y Tv Azteca le dieron línea a sus comunicadores para atacar al IFE y a la supuesta partidocracia. Enviaron a sus perros Dobermann al Senado, financiaron mediáticamente al Partido Verde para tener una posición de poder en el Congreso y promover leyes que beneficiaran a las televisoras,
Ya que el nivel cultural del mexicano promedio es tan ínfimo, se le puede subvalorar, engañar, manipular, hacer escarnio de su inteligencia, subestimar su sentido común. Es importante notar que la televisión mexicana no contribuyó a la precariedad del sistema educativo en México ni a los pésimos resultados en la materia pero si se aprovechó de las lagunas culturales de la población para venderle una forma de entretenimiento fácil y barata. Emilio Azcárraga Milmo, El Tigre reconoció alguna vez: “México es un país de gente jodida” (todo un clásico de la cultura pop mexicana). En esta precariedad cultural y económica la televisión se convirtió en un gigante que sólo puede subvalorar al débil por ser débil, al jodido por ser jodido ya que a este jodido no le queda de otra, él no tiene acceso a medios de expresión (para eso están ellas, claro, las televisoras de quinta categoría). Este mexicano de a pie realiza cada día un trabajo monótono sin expectativas de crecimiento personal o profesional. Cuando se llega cansado del trabajo no hay tiempo ni energía para adquirir valores culturales, cuando mucho, sentarse adormecido en el sillón, sin más expectativas que la telebasura de la caja idiota, no hay oportunidades para lo otro: un buen libro, un concierto de música académica, la exposición de algún pintor conocido, la visita guiada a un museo, un concierto de jazz. Por el contenido de los medios que recibe en su casa conoceremos al mexicano promedio. Dentro del retrato robot del mexicano de a pie que se deleita con la estolidez de los medios de difusión podemos inferir que a este mexicano no le preocupa la ciencia ni siquiera a un nivel de aficionado (¿alguien ha visto programas serios de divulgación científica en las redes nacionales?). Este mexicano desprecia las leyes de su país, las obedece por inercia, por apatía, por un estado catatónico de su propio espíritu conformista o cuando conoce bien estas leyes busca torcerlas ya que padece de un cinismo endémico y arraigado ( “ya sabes que yo tengo palancas en el gobierno“, “si ellos lo hacen, yo por qué no“, “usted dice cómo le hacemos”, “¿no le podemos hacer de otra manera?”, “ahí lo dejo a su criterio”, “ya sabes que el que no transa no avanza”). Este mexicano, tristemente lee muy poco, uno o dos libros en promedio por año.
Otro aspecto de la autocensura es el poco vocabulario que existe en los contenidos de las televisoras (cuando mucho 200 vocablos) con lo cual es imposible formular ideas abstractas o referirnos a mundos simbólicos. Su apuesta es a la imagen autoreferencial, complaciente, diseñada para vender un mundo ausente de preocupaciones, glamoroso, un sitio donde no existen las crisis económicas ni las exigencias sociales ni las carencias de la población. El mundo vendido por el espectro televisivo empobrece el espíritu al escamotearnos una visión rigurosa de la realidad en que vivimos. La televisión no explica a la persona en su individualidad o particularidad sino que busca moldearla en esquemas homogéneos y unidimensionales donde no existe el individuo en su maravillosa particularidad y complejidad sino un mundo de mascaradas donde todos somos bellos, jóvenes, caucásicos, superficiales, tontos y despreocupados. El poder de la telecracia anula gradualmente la voluntad del televidente y le escamotea medios lingüisticos y conceptuales para poder ejercer la crítica de su entorno. Las palabras son ideas, la ausencia de un lenguaje de alto calibre en los medios de comunicación impide el razonamiento y el pensamiento crítico. El constante servilismo estatal de las televisoras le ha impedido a las televisoras llamar a las cosas por su nombre (se usaron eufemismos, se limitó el lenguaje como en el mundo orwelliano de 1984). Sus informadores han tomado el papel de voces autorizadas para conducir al rebaño sagrado hacia la felicidad (ellos tuvieron siempre la palabra), no faltó quien quiso ser gurú de la familia mexicana (patriarcal, monógama y por eso inobjetable y sagrada); otros fueron estatuas parlantes que nos dijeron sólo aquello que quisimos escuchar para mantener la conciencia tranquila, sin más preocupación que nuestra familia y trabajo; otros quisieron ser los chamanes electrónicos de una nueva era. Los informadores que hoy callan, ya no lo hacen por censura estatal o por servilismo, lo hacen obedeciendo intereses empresariales, de corporación, son títeres, simples emisarios del poder. En su inamovible zona de confort la televisión mexicana no parece tener intenciones de cambiar sus paradigmas: seguirán cultivando un infantilismo cínico y descarado que les permita medrar a su antojo y satisfacer sus incesantes necesidades de crecimiento, de utilidades, de proyección, de enriquecimiento. Seguirán fingiendo demencia, seguirán usando una piel de asno para comunicarse con sus televidentes cavernícolas.
Como en el mito de la caverna platónica, donde vemos las sombras en la pared de esa camera obscura, nuestros sueños de opio se reflejan en esas figuras alteradas, deformes, con muy poca contraparte con nuestra realidad diaria: figuras inducidas por esa mariguana del pueblo y chemo del espíritu Se nos quiere convencer de que hay grandeza y humanidad en las imágenes vertidas por los medios, puede haberla, claro está, pero sólo son imágenes con muy poco contenido, y mucho con la intención de dirigirse a la subjetividad del televidente, una subjetividad siempre deseosa de una identidad, de cierta noción de pertenencia. Lo cierto es que lo que vemos en esa pared de la caverna nunca representó nuestros sueños verdaderos, aquellos que eran asequibles, aquellos que tuvieran el tamaño de nuestras mentes. No fue posible acceder al mundo de las Ideas por medio de una buena educación, ese camino se nos vedó por una educación deficiente. Sólo unos pocos pudieron acceder al Arte y al Espíritu, sólo unos cuantos tuvieron contacto con la cultura griega o romana, de la que descendemos; para el resto hubo lo que conocemos como televisión: chicle de la mente (a decir de Andy Warhol).
Si la televisión nos desalentó para pensar por cuenta propia tal vez sea el momento de apagarla para siempre, de cualquier forma no creo que las televisoras vayan a cambiar. Seguirán traicionando nuestra inteligencia para siempre.
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